Un amor inventado 21. UNA CORONA DE ROSAS AZULES
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21. UNA CORONA DE ROSAS AZULES

UNA CORONA DE ROSAS AZULES

Ronan

Cuando Delilah dijo que se disfrazaría de Lana del Rey, lo que quería decir en realidad era que se enfundaría en un precioso vestido blanco que realzaba su figura y que poseía un escote fragmentado en la parte superior del pecho.

Era evidente lo que necesitaba gritarle al mundo con esas franjas de piel descubierta que parecían dos medialunas.

Deseaba dirigir toda la atención hacia la zona de sus senos.

Esos que representaban la intimidad que le habían arrebatado.

Delilah quería demostrar que seguía teniendo el poder.

Y la corona de flores azules que llevaba encajada en la cabeza vaticinaba que esa noche también reinaría.

Vestido de un joven Axl Rose, me sentí insignificante en su presencia.

Una chaqueta de cuero negra, pantalones vaqueros y botas militares.

Una melena castaña que no me quedaba mal y un pañuelo violeta alrededor de la frente.

Ese era mi sencillo atuendo. Sin embargo, mi compañera de aventuras me agarró del brazo cuando nos detuvimos delante de la flamante alfombra roja que era la antesala de unas colosales escaleras.

Nos habían indicado que teníamos que ser los últimos en aparecer.

Eso significaba que éramos los más esperados.

Todos querían ver nuestro posado.

Caminamos juntos hacia el lugar donde sacarían las fotos.

Seguí la estela blanca que era Delilah como si fuera un lacayo que descansaba a sus pies.

Porque la admiraba, joder. La admiraba tanto que, cuando la tenía delante, ni siquiera podía pensar.

Nos paramos el uno frente al otro y la sonrisa roja de sus labios me hizo derrapar.

Los flashes comenzaron a rebotar contra nosotros, pero yo ya me había olvidado de ellos.

Allí solos en el centro de la diana, éramos eléctricos.

Seres capaces de conectar con las personas y cargar con la responsabilidad que conllevaba ese poder.

Éramos estrellas. No podíamos dejar de brillar.

Nadie podía apagarnos. Pero estábamos condenados a estar solos.

A mirarnos desde lejos. A sentirnos sin tocarnos.

Y todas las estrellas, tarde o temprano, también morían.

Se apagaban. El «para siempre» nunca existiría, porque el brillo de la fama era efímero.

Pero, en ese fugaz instante, ella y yo, éramos . Y no necesitábamos más.

Delilah me contemplaba con la felicidad que les mostraba a los demás.

Pero en sus ojos yo percibía todo el agradecimiento, en ese gesto apaciguado y pequeño que era solo para mí.

La manera en que se aferraba a mi brazo me hizo entenderlo.

Posamos varias veces, uno al lado del otro, ante aquella manada de fotógrafos y periodistas.

Luego, ella se giró hacia mí para que nos acercáramos más.

—Sé que somos muy diferentes, Ronan —murmuró en voz baja—. Pero tienen que creernos, al menos bajo los focos. Así que finge y mírame como si me quisieras. Como Heathcliff miraba a Catherine cuando era solo un adolescente que no sabía nada del mundo.

Una punzada en forma de epifanía me atravesó: ¿había fingido alguna vez con respecto a ella?

¿Alguna vez había mentido? Empecé a pensar que toda nuestra relación se había basado en esa mentira.

Lo nuestro siempre había sido algo parecido al odio, pero, al mismo tiempo, muy alejado de él.

Las diferencias entre nosotros estaban ahí, sí, si nos quedábamos en la superficie.

Si nos metíamos bajo la piel, ella y yo hablábamos el mismo idioma.

Ambos éramos parte de un mismo cuadro. Los protagonistas de una historia.

Éramos los amantes de los que hablaban los poemas antiguos que versaban sobre amores imposibles.

Con una sonrisa despampanante y también verdadera dibujada en mi boca, me incliné hacia su oreja.

—Somos diferentes —susurré, y ella tembló—. Pero siendo tan distintos, tú y yo, en el fondo, en lo verdaderamente importante, somos la misma cosa. Nunca lo olvides, Del.

Y las cámaras lo captaron todo.

La cercanía. El roce. Las pieles. Todas nuestras miradas. Y ese deseo irreprimible que reflejaban nuestros ojos.