Un amor inventado 20.PARECE QUE HE ACERTADO
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20.PARECE QUE HE ACERTADO

PARECE QUE HE ACERTADO

Ronan

Al cabo de varias semanas conviviendo con Delilah y después de un rodaje lleno de intensidad, conocía un montón de cosas sobre ella.

Era una lástima que Tim y mi compañera de reparto no pensaran lo mismo y se empeñaran en organizar nuestra primera cita romántica, que no era más que una excusa para intercambiar información personal durante una cena.

—Si vamos a meternos en esto, tenemos que hacerlo bien —dijo Delilah ante su humeante plato de raviolis con setas y almendras.

—¿A qué te refieres exactamente?

—Si vamos a fingir que estamos juntos, tendremos que conocernos, saber cosas el uno del otro.

—Yo ya te conozco.

Ella me taladró con la mirada en medio de aquel restaurante italiano, el más solicitado y chic de la ciudad. Era la última sensación culinaria y presentaba una decoración vintage repleta de cerámica, textiles a cuadros y velas altas en cada mesa.

—Crees que me conoces, pero no es así.

—Ah, ¿no? Te fascinan las cerezas. —Puso los ojos en blanco—.

Y tener todo bajo control. Llevas muchos años en el mundo de la actuación y eres una chica inteligente y aguda, por eso estudias al milímetro cada paso que das.

Posees un manejo absoluto de la imagen que muestras al mundo.

Tu artista favorita es Lana del Rey. Y, aunque no lo reconozcas, te encanta ayudar a los demás.

Y que los de tu alrededor estén contentos.

No tienes muchos amigos, quizá como resultado del ritmo agotador de esta industria, pero darías la vida por Jane.

—Delilah se limpió las comisuras con una servilleta, apartando su mirada de mí—.

Tal vez el blanco sea tu color preferido.

Te chifla la comida italiana y te gustan las buenas películas.

Y, sobre todas las cosas, amas actuar y también los caballos.

Me dijiste que tenías una yegua, ¿no? Te encanta ir descalza, a pesar de que siempre tengas frío en los pies.

Y disfrutas observando lo que te rodea, quizá para alejar tu atención de ti misma...

A mí me estudiaste concienzudamente durante las semanas de ensayo. Igual que hice yo contigo.

Con un movimiento brusco y repentino, Delilah tomó la botella de vino y se sirvió en su copa.

—Muy agudo, Ronan —refunfuñó—. ¿Cómo has sabido lo de la comida italiana?

—Por cómo mirabas hace un momento el plato de raviolis.

Un gesto de desagrado se dibujó en su expresión y tuve que esconder mi satisfacción.

—A ver, ¿qué es lo que más te gustó de mí para que cayeras rendido a mis pies? —quiso saber ella, acusándome con la mirada.

—Bueno, creo que nadie va a tener ninguna duda acerca de eso.

Mi sonrisa era tan amplia como el espacio exterior y estaba plagada de picardía. Ella se ruborizó con un bonito rosado en las mejillas. Hasta que volvió a tomar las riendas de la conversación.

—Vale, Ronan. —Suspiró—. ¿Y qué hay de ti?

—Dímelo tú. ¿Qué hay de mí?

—Eres un irlandés que ama mucho a su país.

Y, por ende, desprecia a todos los demás países.

—Solté una carcajada—. Atraes a la gente con algo que no se puede explicar.

Aunque por dentro estés inseguro, rezumas confianza por los cuatro costados.

Amas la actuación por encima de cualquier cosa y te gusta ir mucho más allá del texto, siempre.

Deseas esta vida de actor desde hace bastante tiempo y harías lo que fuese por conseguirla.

Tú también darías la vida por tus amigos, por Finn y por Martha.

Y echas de menos a tu madre cada día. Esos libros que siempre te acompañan y que parecen más viejos que tú son una extensión más de tu cuerpo.

Y, cada vez que tienes un poco de tiempo, escribes concienzudamente en esas libretas tuyas.

—Con eso bastará —le aseguré henchido de orgullo al ser consciente de todo lo que Delilah había observado de mí durante este tiempo.

—Veo que hoy estás de buen humor. Ya sabes que no estoy de acuerdo con esto. Es algo serio y no quiero que la caguemos, sobre todo en lo que a ti respecta. ¿Me entiendes?

Dejé de cortar la pizza y me encontré con su expresión angustiada.

—Tienes que tranquilizarte, Del. Te recuerdo que somos actores. Somos expertos en fingir.

Delilah suspiró y se metió un ravioli en la boca. Lo masticó con gusto y, cuando se tomó un sorbo de vino segundos después, le pregunté:

—¿Algo de vital importancia que tenga que saber como falso novio tuyo que soy?

—Pues sí. —Hizo un mohín adorable con la boca y registré mentalmente ese gesto—. Que soy intolerante a las estupideces.

—Y también a los irlandeses guapos, ¿no?

—Estoy aquí porque tiene que parecer justo lo contrario.

—Ya.

Yo aún no había borrado mi amplia sonrisa de la cara.

Porque, mientras ella se entregase a mis juegos y a mis piques, estaría alejada de todo el odio que seguía recibiendo día tras día.

Quería que se concentrara en mí y no en el maremoto de atención que la esperaba fuera.

Quería que hablara conmigo porque necesitaba que se olvidara de todo lo demás.

—El punto de inflexión llegará mañana, cuando acudamos a la gala de disfraces de la London Night.

—¿Por qué?

—Porque posaremos por primera vez como pareja, fuera de la promoción de la película —me informó colocándose un mechón de su brillante melena detrás de la oreja—. ¿Estás preparado para eso? El alcance de este evento suele ser abrumador. Los ojos del mundo entero estarán puestos en nosotros.

—Por supuesto que estoy listo. —Ahora mi voz sí sonó seria—. Aunque aún no tengo el disfraz. ¿De qué vas a ir vestida tú?

—De Lana del Rey en su videoclip Born to Die .

—Bueno —murmuré—. Parece que alguien ha acertado con lo de la artista favorita, ¿no?