Un amor inventado 19. UNA NUEVA JUGADA
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19. UNA NUEVA JUGADA

UNA NUEVA JUGADA

Delilah

—No —sentencié con una firmeza amenazadora—. Ni hablar.

Todos los presentes en la sala mostraban los mismos signos de agotamiento bajo los ojos.

Era la señal inequívoca de que se habían pasado toda la noche trabajando para buscar soluciones.

Y yo siempre sería la estrella fría y egocéntrica que se quejaba.

Y eso que, al fin y al cabo, era mi honor el que estaba en juego.

—La productora nunca os pediría algo así, por supuesto, pero parece la mejor opción para tu bienestar —se dirigió a nosotros Buster Montgomery, uno de los productores.

La noche anterior, Buster había viajado de urgencia desde Los Ángeles, dejando descolgados otros proyectos.

Así que, cuando nos había dicho que iba a acudir a la reunión porque quería apoyarme, no me lo creí.

Tampoco que lo más importante fuera mi bienestar y no las enormes pérdidas que la productora podría sufrir por culpa de mi último escándalo...

Cansada de aquel paripé, enarqué las cejas.

—¿La única solución que habéis encontrado es que Ronan y yo finjamos una relación amorosa?

—Sí —afirmó el productor.

Sobre la mesa se habían barajado muchas posibilidades.

Cancelar la gira, lo que habría sido catastrófico; continuar sin mí, lo que según ellos habría sido mucho peor.

Yo había propuesto seguir sin más, pero no confiaban en que no me fuera a romper por el camino, pues la presión mediática cada vez era más acentuada, y los ataques hacia mí, mucho más demoledores.

—No tenéis por qué hacer nada distinto, con que alarguéis un poco las miradas es suficiente. Un guiño por aquí, una sonrisa por allá. Sois actores, sabéis improvisar. No se trata de mentir, sino de dar material a la prensa para que sean ellos los que mientan —explicó Tim, mi agente.

Sentía todas las miradas sobre mí, penetrantes, acusadoras.

No bastaba con que las redes estuvieran inundadas de comentarios y fotos humillantes, también tenía que enfrentarme a los allí presentes.

Clavé mis ojos en el chico que estaba sentado en el otro extremo de la mesa.

Tenía su particular ceño irlandés fruncido y la cabeza inclinada como si los miembros de la mesa lo hubieran insultado personalmente.

—Pues entonces me temo que el asunto no va a solucionarse.

—¡Vamos, Delilah! —gruñó mi agente desde su sitio—. Sabes que un escándalo de estas proporciones solo se puede tapar con otro escándalo.

—Es una mentira, Tim —escupí, exasperada.

—Todo en este puñetero sector es una mentira —vociferó él—. ¡Creí que lo entendías!

—Y solo será por poco más de un mes, hasta que acabe la gira —añadió Jane con cierto tacto, a mi lado.

—Eso elevaría el fenómeno fan y conseguiríamos salvar la promoción, porque, si aparecéis juntos, la narrativa cambiará a nuestro favor —sentenció Buster a la vez que estiraba el cuello.

—A costa de perder nuestra privacidad.

—A costa de recuperar tu imagen —contestó Tim, exasperado—. ¿Es que no lo ves?

Me llevé el índice y el pulgar a los lagrimales. Los masajeé. Los apreté. Porque yo tampoco había logrado dormir nada en toda la maldita noche.

—Me niego —repetí con la misma contundencia del principio—. No voy a hacerle eso a Ronan. ¡Él no tiene nada que ver con esto!

La habitación enmudeció y mi compañero por fin alzó la cabeza para revelarme el huracán negro en que se habían convertido sus ojos. La ira que brillaba en ellos. Y, por primera vez, me puse de su parte. Él no se merecía que...

—Lo haremos. Fingiremos una relación —determinó Ronan con el tono más grave que le había escuchado hasta el momento—. No hay nada que no vaya a hacer por esta película.

Alguien lanzó un suspiro de alivio y, de pronto, toda la tensión se disipó. Abrí la boca, perpleja. No. De ninguna jodida manera.

—Ronan... —lo llamé, y me puse de pie—, ¿puedes acompañarme un momento?

Él asintió con seriedad antes de levantarse y seguirme al pasillo. Una vez allí, me acerqué para que solo él me oyera.

—No me parece bien —le dije—. No es justo para ti.

Ronan enterró la mano en su pelo y se lo despeinó. Y, después, su frustración encontró la salida por medio de un bufido.

—No soporto lo que te están haciendo —confesó endureciendo el mentón. Y pareció que le costaba un mundo soltar sus siguientes palabras—: No puedo permitir que sufras más.

El corazón se me encogió y tuve miedo de que se detuviera. De que todo aquello terminase por fin para mí en ese mismo momento.

—Pero no es culpa tuya —susurré.

—No. No lo es. Pero no puedes impedirme que intente ayudarte.

—¿Estás seguro de que comprendes lo que significa, Ronan?

Él asintió al tiempo que se mordía un carrillo.

—¿Entiendes tú que estoy hasta el cuello contigo, Del?

Una emoción verdadera que creía perdida en algún lugar de mi infancia me alcanzó los ojos y los aguó.

—Nunca me han llamado así. Simplemente Del .

—Por eso lo he hecho.