Un amor inventado 18. LA REVELACIÓN
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18. LA REVELACIÓN

LA REVELACIÓN

Ronan

Llevaba horas dando vueltas por mi habitación, cabreado, y también con una necesidad imperiosa de saber cómo se encontraba Delilah.

La presión mediática había aumentado aún más después de la filtración.

Se había vuelto insoportable, intransitable, tanto que nos habían mandado a pasar la tarde al hotel y habían programado una reunión de urgencia para la mañana siguiente.

Delilah estaba destrozada.

Mi móvil no paraba de sonar.

Y yo solo esperaba un mensaje de Jane que me asegurara que ella estaba bien. Pero ese mensaje no llegaba.

Un rato después, estaba plantado ante la puerta de la habitación de mi compañera de reparto sin aliento y esperando a que alguien me abriera. Fue Jane quien entreabrió para asomarse.

—¿Cómo está? —pregunté.

—Un poco mejor, pero... —Con mi expresión, le supliqué que siguiera hablando—. Esto es gordo, Ronan. Lo peor que le ha pasado de lejos. Está conmocionada.

—¿Quién es, Jane? —quiso saber Delilah desde el interior.

—¡Ronan!

—Quiero pasar —le advertí.

—No sé si es buena idea...

Pero yo ya había empujado la puerta y estaba sorteando su cuerpo.

Caminé hacia la cama; Delilah estaba sentada contra el cabecero, y tuve que hacer la mejor actuación de mi vida para esbozar una sonrisa que no me apetecía.

Estaba furioso, mucho más que furioso, porque alguien la hubiera traicionado de ese modo.

Tampoco ayudaba el aspecto desencajado de su rostro y la de­sesperación que reflejaban sus ojos hinchados.

—Delilah.

—Ronan...

Durante unos segundos nos miramos como si nos estuviéramos abrazando, pero ni siquiera estábamos cerca. Jane carraspeó detrás y anunció:

—Será mejor que me vaya ya. Esta noche hay que trabajar en una nueva estrategia.

—¿No te quedas un poco más?

—Luego subo otro rato, ¿vale?

Delilah asintió con tristeza. Si lo que deseaba era no quedarse sola, yo la acompañaría hasta que ella quisiera, pensé. Sus deseos se convirtieron en los míos. En el instante en que la puerta se cerró, ella se llevó las manos a la cara y comenzó a sollozar.

—Seguro que piensas que fui una idiota.

—Ni se te ocurra decir eso. Que dejaras que un tío te hiciera unas fotos no le da derecho a filtrarlas.

La miré y su imagen se me quedó grabada. Esa chica abatida sobre la cama no era la misma que cuando posaba frente a una cámara en cualquier photocall , donde siempre mostraba poder y seguridad en sí misma.

—Ronan, son selfis. No me las hizo nadie.

—¿Y qué? Eso tampoco da derecho a nadie...

—¿No las has visto?

Entendí que se estaba refiriendo a las fotografías. Sus fotografías.

—Por supuesto que no, Delilah.

—¿Por qué? —El mohín que esbozó me hizo anhelar poner ahí un dedo.

—¿Cómo que por qué? —La ira amenazaba con salir—. Porque te respeto. Tienes derecho a mantener tu dignidad a pesar de que hayas entregado tu vida a este puto circo, joder. Nunca dudes de eso.

Ella se encogió sobre sus rodillas y se llevó una mano a la garganta. Respiró hondo.

—Esta vez no voy a poder sobreponerme, ¿sabes? —murmuró—. Es demasiado bochornoso. Hay tertulias y debates en la televisión hablando sobre las fotos íntimas de la actriz del momento filtradas por su exnovio despechado.

De pronto, quise matar a alguien. A alguien no, al puñetero Alan Jones.

—Te juro que vas a superarlo. Y tienes que mantener la frente bien alta, ¿me oyes?

Sacudí la cabeza y me acerqué a los pies de la cama.

—Lo había conseguido, Ronan. Hacerlo bien esta vez. Dejarme la piel por esta película para que me volvieran a tener en cuenta más allá de los escándalos y de mi fama. Más allá de Alan Jones.

—Y eso nunca te lo van a poder quitar —enfaticé.

—Creo que lo acaban de hacer.

La lágrima que se le derramó por la mejilla me destrozó. También que tuviera algo de razón. Pero necesitaba hacerla sentir mejor.

—¿Sabes una cosa, Delilah?

—¿Qué? —Ella volvió a poner toda su atención en mí.

—Siempre nos quedarán las películas. —Sonreí mientras abría los brazos y me esforzaba en dibujar una de mis sonrisas más encantadoras—.

Las películas que vamos a hacer. Las que ya existen, las obras maestras que se convirtieron en historia, las desconocidas en las que nadie ha reparado, y también las películas que vamos a ver tú y yo... Juntos.

—¿Te refieres a esas películas que pretenden ser historias de amor pero que no tienen nada de románticas?

—Las mismas. Además, tengo que confesarte que he hecho una lista. Y le he dedicado mucho tiempo.

Entonces Delilah soltó una carcajada y yo quise retroceder el tiempo. A unos segundos antes, para volver a oír ese sonido.

—¿Y cuál es la siguiente?

— Antes del amanecer .

Ella asintió con ganas. Y yo me enfrasqué en la tarea de sacar mi pendrive del bolsillo, el mismo que ahora siempre llevaba encima, y conectarlo. Después me senté en la cama junto a ella y encendí el televisor.

—Ronan —susurró con la voz ronca.

—¿Qué?

—Durante toda mi vida mi cuerpo ha sido para ellos el gran tema de conversación y ahora les he dado más material para que critiquen...

—Tú no les has dado nada, Delilah. Y, aunque así fuera, nadie tiene derecho a hablar de los cuerpos ajenos con esa inquina. Casi parece una obsesión.

—Es que, desde que era una niña, todas las miradas estaban puestas en mi aspecto, en cómo iba a cambiar cuando me convirtiera en adulta.

Fue duro, y durante un tiempo hice todo tipo de dietas con tal de alcanzar la mejor versión de mí —confesé—.

La verdad es que siempre he tenido un poco de complejo con mis pechos...

No son muy grandes, que digamos. Y, aunque mi madre insistió durante meses en que me operara, yo no iba a ceder una segunda vez.

Sus ojos se oscurecieron y fijó la mirada en la pantalla. Yo me estaba impregnando de ese olor suave a canela que emanaba de su cuerpo, de su pelo.

—¿Una segunda vez...?

—Ella me obligó a operarme la nariz. Porque, según su criterio y el de su cirujano de confianza, era necesario para sacarle el máximo partido a mi rostro.

—¿Cuántos años tenías?

—Tenía quince años y una bonita nariz romana que me encantaba porque me recordaba a mi padre.

—Delilah. —Un dolor agudo se me había incrustado en el pecho.

—¿Qué?

—Tu nariz es preciosa —fue lo único que se me ocurrió decirle.

—Pero no es mía.

Ella se volvió y me sonrió con una tristeza coloreada de azul. Tal vez me estaba gritando en silencio que esa vida tampoco era la suya.