17. LO QUE HAY DETRÁS
LO QUE HAY DETRÁS
Delilah
En Londres, el público lucía particularmente emocionado.
El teatro en el que presentábamos la película estaba ocupado al completo, incluso la zona del anfiteatro superior, que solía permanecer cerrada pero que habían habilitado especialmente para nosotros.
Al final, aquello se estaba convirtiendo en una rutina.
Ronan y yo, en medio del escenario, presentando la película antes de que diera comienzo el visionado.
Aunque esta vez también nos acompañaba Eliza, que había podido cuadrar sus compromisos profesionales.
—Hoy nos sentimos especialmente contentos de estar aquí, en Inglaterra, donde nació esta historia tantos años atrás y donde hemos rodado esta película durante varios meses —dijo Eliza con una sonrisa espléndida—. Espero que la disfrutéis y que os guste esta nueva versión del clásico...
La presentadora miró con admiración a la directora antes de dar paso a una de las preguntas del público.
—Esta es para Ronan: ¿alguna vez pensaste que este papel te haría tan famoso? —quiso saber una fan.
—Para nada —contestó él con sinceridad—. Uno siempre se ilusiona con que las cosas salgan bien, pero yo ya me llevé la mejor de las experiencias en el rodaje y pude disfrutar de...
La tensión que encerraba un murmullo comunitario se instauró en el teatro y Ronan guardó silencio ante el ruido que nos llegaba desde el patio de butacas.
La presentadora, que portaba un pinganillo en la oreja, parecía absorbida por lo que estuviera escuchando en ese momento.
Empezaron a sudarme las manos, porque no me gustaba nada aquel ajetreo que se estaba produciendo.
Era evidente que algo ocurría. Algo de lo que todo el mundo parecía tener cosas que decir.
Me giré hacia Ronan para preguntarle con la mirada, pero su respuesta fue levantar las cejas en señal de no tener ni idea.
—Bien... Vale... —murmuró la presentadora con la cara lívida—. Es mejor que demos paso a la película...
Pero entonces se escuchó cómo un dedo golpeaba uno de los micros. Y todos buscamos aquel sonido con la mirada. Se trataba de un periodista al que ya habíamos contestado varias preguntas sobre la película en la conferencia de prensa de esa misma mañana.
—Mi pregunta es para Delilah. —Sonreí, poniendo todo mi empeño en permanecer tranquila a pesar de la incómoda situación—. ¿Cómo te sientes respecto a las últimas fotos íntimas tuyas que se han filtrado?
Un pitido envolvente me estalló en el oído y mi boca fue incapaz de abrirse.
Giré la cabeza hacia el extremo derecho de la sala, donde se encontraba nuestro equipo de prensa y publicidad.
Jane estaba concentrada en los dos teléfonos que sostenía en cada una de sus manos y, al observar su expresión, simplemente lo supe.
Había pasado algo conmigo.
Habían filtrado unas fotografías íntimas.
No podía derrumbarme. Ahí no. No delante de todo el mundo.
Tenía que fingir.
Fingir.
Fingir...
La voz de Ronan me devolvió a una realidad en la que la falta de aire empezaba a marearme.
—No sé de qué estás hablando, pero esa pregunta está fuera de lugar —dijo con dureza a través del micrófono, y luego fijó su mirada de preocupación en mí.
Por primera vez en mi vida, sentí cómo me derrumbaba ante aquel ambiente hostil.
Por primera vez en mi vida, la expresión de pánico borró mi sonrisa triunfal de felicidad.
Tuve que fijarme en los ojos negros de Ronan antes de sujetarme la falda del vestido con manos temblorosas y enfilar el camino hacia la salida.
Un revuelo aún más aterrador me alcanzó antes de que por fin me adentrara en el pasillo que conducía al camerino.
Empujé la puerta como pude y, una vez dentro, me coloqué delante del espejo.
Las lágrimas cayeron con la misma libertad que una cascada.
Notaba la lengua dolorida, los dientes apretados.
Estaba conmocionada. Sin que pudiera evitarlo, los sollozos escaparon de mi cuerpo para avisarme de que aquello terminaría dejándome fuera de mí.
Tan solo tenía que esperar...
La puerta se abrió y Jane apareció tras ella.
—Lilah...
—¡No! —grité, alterada y rota—. ¡No quiero saberlo!
—Vale.
Porque no me hacía falta comprobar nada.
Sabía cuáles eran las fotos que todo el mundo estaría viendo en las pantallas de sus teléfonos, de sus ordenadores, incluso en los canales de televisión de todo el planeta.
Había hecho esas fotos cuando Alan y yo cumplíamos seis meses de relación y estábamos separados por kilómetros de distancia.
Estaba frente al espejo de cuerpo entero del baño, desnuda, y, por algún motivo, en aquel momento me había parecido una buena idea enviárselas como muestra de mi amor.
Había sido una tonta enamorada.
Al final Alan había cumplido con su amenaza.
Y ahora mi imagen estaba destruida.
Esa certeza hizo que una ira inhumana se adueñara de mí y empecé a arrancarme el vestido.
Tiré del escote. Rasgué la tela. Me bajé la falda.
Hice todo eso mientras gritaba y respiraba por la boca como un animal herido.
Al final, me quedé delante del espejo con la ropa desgarrada y el rostro encendido por el delirio.
La vergüenza me golpeó como un látigo y deseé con un alarido de rabia detener aquella rebeldía del pasado.
Una mano se me posó en el hombro y vi a Jane detrás de mí reflejada en el espejo. Me cubrió el cuerpo tembloroso y maltratado por mí misma con su propia chaqueta.
—No puedo..., Jane... —sollocé sin atisbo de voz—. No puedo con esto...
—Ven, Delilah. —Jane me dio la vuelta y nos quedamos la una frente a la otra—. No tienes por qué poder. Tranquila. Vamos, respira.
Los ojos amables y compresivos de Jane eran un refugio en el que resguardarse, al que acudir cuando todo se venía abajo.
Pero en esta ocasión los límites se habían traspasado.
No encontraba las fuerzas para continuar con aquello.
Quería cavar mi propia fosa y enterrarme viva en ella.
Dejar de respirar. Mi amiga me acogió entre sus brazos y la abracé con fuerza.
Lloré contra su hombro. Y, cada vez que me venían a la mente aquellas fotografías, sollozaba como si me hubiera quedado atrapada en una trampa para ratones.
En este mundo, ser joven significaba ser siempre juzgado. Sobre todo, si también eras una mujer.