Un amor inventado 16. ERA IMPOSIBLE
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16. ERA IMPOSIBLE

ERA IMPOSIBLE

Ronan

Cuando el último plano se fundió a negro, Delilah no apartó los ojos de la pantalla. La brisa nocturna mecía las cortinas y se colaba por todos los rincones de la habitación. Mientras veíamos la película yo había percibido cómo a mi compañera la piel se le ponía de gallina varias veces.

—¿Te ha gustado? —pregunté reparando en el bol con los huesos de cereza que reposaba entre nosotros.

—Me ha encantado, sobre todo esa escena donde él escurre los espaguetis en una raqueta y ella aparece por detrás.

Sonreí ante el recuerdo de ese mítico momento entre Jack Lemmon y Shirley MacLaine.

—Me alegro de que la hayas disfrutado.

—Me han parecido los mejores diálogos que he escuchado nunca. Ojalá hubiese protagonizado una de esas películas.

—¿Crees que si hubieras vivido en los años sesenta también hubieras sido actriz? —pregunté, ansioso por conversar un poco más con ella.

—¿Si hubiera sido actriz? No... no lo sé... —contestó como si una gran tristeza la invadiera de repente.

Algo cambió entre nosotros. Su rostro se volvió a enfundar la máscara de indiferencia que llevaba soldada a la piel. Delilah bostezó un par de veces antes de desperezarse como un gato y salir de la cama.

—Buenas noches —me deseó, mirándome por encima del hombro antes de llegar a la puerta.

—Buenas noches, Delilah.

La seguí con la mirada hasta que desapareció de la habitación, llevándose consigo ese destello de emoción, de pirueta en el estómago, de vida. No era un ingenuo. Y sabía que, al igual que el amor terminaba agotándose con el tiempo, el odio también lo hacía.

Y esa noche me di cuenta de que era imposible seguir odiando a Delilah.