Un amor inventado 14. EL ALMA LO TRASPASA TODO
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14. EL ALMA LO TRASPASA TODO

EL ALMA LO TRASPASA TODO

Ronan

Salí al jardín de ensueño de esa villa de fachadas de piedra y vegetación romántica.

Nunca, en mis veinticuatro años de vida, imaginé que podría pasar un solo día en un lugar como ese.

Una hilera de habitaciones con ventanales gigantes que se complementaban con antigüedades restauradas con elegancia.

Ese fin de semana de descanso nos había caído del cielo como un auténtico regalo, pero, por desgracia para mí, debía emplearlo en estudiar los proyectos que no paraban de llegar.

Era ilusionante e inspirador, pero también agotador.

Más aún cuando varios de ellos, en los que soñaba con estar, coincidían en el tiempo.

Tim me había asegurado que teníamos que movernos con inteligencia el próximo año para hacerme un hueco dentro de la industria.

Estaba de acuerdo. Aunque también me había advertido de que esos problemas de coincidencias en calendarios existían y se solucionaban decidiendo firmar por el que más nos interesara.

La cuestión era que ya habíamos aceptado estar dentro de una película que se convertiría en mi segundo papel protagonista, un joven irlandés en Brooklyn que acepta una oferta de trabajo que termina por convertirse en un infierno.

Era una buena oportunidad. Desde luego que sí.

El problema era que esa misma mañana había estado leyendo un guion brillante sobre un antiguo boxeador venido a menos que empezaba a entrenar al amigo adicto de su hijo fallecido.

Era una de esas historias que me traspasaban la piel, con la que había empatizado de un modo especial, a pesar de que mi personaje fuera un secundario que contaba con muchos menos minutos de metraje.

No sabía qué hacer. Y mi cabeza no paraba de darle vueltas y más vueltas. Había llegado a la conclusión de que necesitaba ayuda. Por eso buscaba a Delilah por el exterior de aquella villa.

Minutos después la encontré en la piscina.

Tirada en una tumbona y con un bañador de rayas rojas y blancas, escuchaba música mientras miraba al cielo con sus enormes gafas de sol.

No reparó en mi presencia hasta que estuve frente a ella y le bloqueé la luz.

Entonces, de inmediato, se quitó los cascos y se los dejó sobre el cuello.

Su imagen imponía porque de su cuerpo solo emanaban fuerza, poder y belleza.

Una triada que me hacía temblar cada vez que estábamos juntos.

—Delilah —la saludé mientras me sentaba en la tumbona de al lado y me colocaba el guion sobre las piernas.

—Ronan.

Por un segundo me quedé suspendido en su sonrisa arrebatadora de labios brillantes.

—Verás... —comencé a decir—. No sé si es una tontería y no quiero molestarte en tu día de descanso, pero estoy un poco inseguro sobre un asunto y me preguntaba si me podrías ayudar.

—¿Qué asunto?

—Me han ofrecido algunos papeles para los próximos meses —le conté—. Últimamente Tim está concentrado en gestionarlo todo para empezar a impulsar mi carrera.

Observé cómo ella relajaba los hombros y se quitaba las gafas para mirarme con sorpresa en esa aguamarina que era del mismo tono que el agua de la piscina.

—Vale. ¿Qué necesitas?

—Hoy me ha llegado un guion para valorar y, desde que lo he terminado, no he parado de pensar en él —confesé mientras me rascaba la nuca—.

Su rodaje se solapa con otro en el que quieren que sea el protagonista...

Y entiendo que para Tim la decisión esté clara.

Pero yo estoy hecho un lío porque esta historia es realmente buena.

Señalé el guion que descansaba sobre mis piernas.

—¿Podrías echarle un ojo y darme tu opinión? —pregunté de pronto con cierto nerviosismo—. Son pocas escenas porque es un personaje secundario... Te las he señalado con un separador y las he subrayado en amarillo para que te sea más fácil encontrarlas. El personaje se llama Carter.

Abrí el guion y le mostré un ejemplo de lo que le estaba comentando. Delilah puso su mano en el manuscrito y lo cogió, tomándome desprevenido. Empezó a ojearlo.

—Al menos, ya no me rehúyes como antes; es un verdadero avance —soltó con cierto aire burlón.

—Nunca te he rehuido.

—Ah, ¿no? —Me miró e inclinó la cabeza esperando mi respuesta.

—No.

Aún no conocía a nadie dentro de ese mundo. No sabía a quién acudir. Pero confiaba en Delilah, a pesar de todo. Y ella me había tendido su mano, dispuesta a ayudar. Al igual que lo había hecho algunas veces en el rodaje, solo que aquello era algo que el rencor se había empeñado en esconder.

Sonreí mientras observaba cómo se encajaba de nuevo las gafas en el puente de la nariz.

—Te dejo en paz —dije—. Y gracias, Delilah.

—De nada —respondió ella antes de abrir la primera página de aquel guion.