12. ETERNO RESPLANDOR
ETERNO RESPLANDOR
Ronan
Cuando salí de darme la ducha más veloz de mi vida, me encontré de sopetón con una estampa que nunca olvidaría.
Delilah estaba sentada en la enorme cama de mi habitación, en pijama y con la mirada fija en el ventanal, donde brillaban las luces nocturnas de París.
Se había recogido la melena en un moño despeinado que le daba un aspecto más informal y absolutamente encantador.
Las orejas me ardieron y contrastaron con el cabello mojado que en ese momento intentaba peinarme con los dedos.
—Ya estoy —la avisé atravesando la habitación para llegar al mando olvidado en mi mesilla—. ¿Qué película te apetece ver?
—Prefiero que la elijas tú. No he visto muchas últimamente.
—Tengo una lista con algunas que me han ido recomendando a lo largo de los años... Podemos buscar ahí.
Encendí la televisión y empecé a trastear por el portal de video on demand , aturdido porque ella estuviera tan solo a un metro de mí, relajada e impaciente, con la vista clavada en la pantalla.
—Cualquiera estará bien.
En ese momento estaba tan nervioso que ni siquiera prestaba atención a lo que hacía. De pronto apareció una película en la selección y quise acabar con aquello cuanto antes.
—Una opción es ¡Olvídate de mí! , ¿la has visto? —pregunté sentándome a su lado, y apoyando la espalda en el cabecero tal como había hecho ella.
Delilah me miró, negó con la cabeza y volvió su atención a la pantalla.
—Ponla —me apremió—. ¿Es una película romántica? Porque por el cartel no lo parece.
—Hay historias que hablan del amor y que no son románticas. Creo que esta es una de ellas.
—Ahora tengo curiosidad —dijo mientras se movía—. ¿Puedo taparme con las sábanas?
—Claro.
Se cubrió los pies desnudos y pensé que quizá necesitaba concentrarme en otra cosa para acallar las emociones que empezaban a embargarme.
Yo no quería tener nada que ver con Delilah más allá del trabajo en común que compartíamos.
No quería volver a enredarme en su mundo.
Ni atender con fascinación a todo lo que decía.
No quería entregarle el mismo poder que le había entregado en el pasado para que volviera a mostrar su indiferencia por mí.
Pero allí estaba, incapaz de decir no a lo que me había propuesto en medio del pasillo, y preguntándome cuánto rencor de antaño me quedaba dentro.
Puse la película y me concentré en atender al inicio.
Jim Carrey empezó a actuar con cierta melancolía bajo una atmósfera fría y azulada.
Hasta que Delilah estrelló la espalda contra el cabecero y recogió sus piernas para luego envolverlas con los brazos.
Mientras ella miraba expectante y sin parpadear a la televisión, las sábanas se le resbalaron por los pies.
Y ya no pude despegarme de ese rostro lleno de emoción, de esos ojos tan brillantes.
A los pocos minutos, dejé de atender a las escenas porque no podía apartar mi mirada de ella.
Menos mal que yo ya había visto aquella película como mínimo una decena de veces.
Cuando presté atención de nuevo, en la pantalla Clementine y Joel estaban tumbados sobre un lago de nieve helado.
«Podría morir en este instante, Clem. Simplemente... soy feliz. Estoy exactamente donde quiero estar».
No sé qué mosca me picó en el momento en que escuché esa frase, pero me incorporé de manera sigilosa sobre el colchón, agarré la sábana y volví a cubrirle los pies.