Un amor inventado 11. PARÍS, FRANCIA
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11. PARÍS, FRANCIA

PARÍS, FRANCIA

Delilah

Eros y Psique estaban envueltos en un abrazo que representaba la antesala de un beso.

Contemplé sus cuerpos esculpidos en mármol blanco en medio de una sala vacía del Louvre.

Durante un rato, me quedé sumida en la elegancia de los brazos de ella rodeándolo a él; la mano de él sujetando la cabeza de ella con una ternura desgarrada.

Aquella era una de las representaciones del amor más bonitas que había visto nunca y, sin embargo, me invadió una tristeza repentina.

Sabía el motivo. Nunca me habían sostenido de esa manera, en un acto casi devoto. Nunca había sido reanimada con amor.

Aún me daba vueltas en la cabeza lo que Ronan me había dicho hacía unos días, en Berlín.

Sí. Yo había tenido una infancia feliz. Desde cierto punto de vista.

Nunca me había faltado nada. Ni una casa, ni comida, ni ropa para vestirme, ni lujos que nunca pedí. Tampoco pedí que, con tan solo cinco años, mi madre me arrancara de la cama casi a diario para conducir horas y horas hasta llegar a las soporíferas y demandantes audiciones.

Tampoco que, cuando esas audiciones empezaron a dar sus frutos, ella decidiera sacarme del colegio para centrarme por completo en mi carrera interpretativa.

No había pedido que mi padre muriera en un accidente de vela cuando yo apenas tenía cuatro años.

Y detestaba que mi madre hubiera creado una narrativa en torno a aquella tragedia para conseguir que yo fuera la única niña que lograba llorar de un modo desolador para impregnar de dramatismo las escenas.

Durante un tiempo me apodaron «la chica de las lágrimas».

Para llorar, solo tenía que recordar las palabras desgarradoras que Rose Andersen, mi madre, había enterrado dentro de mi vulnerable mente de manera que anidaran en mi subconsciente.

Y lo más triste de todo era que había llegado un momento en el que tuve que inventarme recuerdos, porque el paso del tiempo provocó que empezara a olvidarme de mi propio padre.

Yo no había querido que mi madre me tratase como a una adulta funcional con tan solo ocho años. Ni que nuestra relación girase, solo y exclusivamente, en torno a los rodajes cada vez más recurrentes que anotábamos en el calendario.

Esa mujer me había manipulado de un modo terrorífico y me había hecho creer que jugar era pasarme tardes enteras memorizando escenas de guion porque, cuando lo lograba, había un pequeño premio para mí.

Para ella, que la felicitaran en cada ocasión como la artífice absoluta de la estrella infantil en la que me estaba convirtiendo era alcanzar el nirvana.

Mi infancia había consistido en viajes agotadores de Nueva York a Los Ángeles y viceversa.

En jornadas infinitas frente a un espejo tocador mientras mi madre me susurraba al oído que la belleza que yo poseía era un regalo de los dioses.

Y un regalo así no se podía desaprovechar.

Me pasaba las horas estipuladas por la legalidad rodando y las otras horas no estipuladas manejada y absorbida por una persona empeñada en perfeccionar mi técnica.

Mi infancia había consistido en vivir por y para el sueño que mi madre había albergado tiempo atrás. Ese no era otro que convertirse en una aclamada actriz. Pero ella no lo había conseguido y empezó a proyectar en su hija aquel enfermizo propósito.

Sí. Había sido una infancia de ensueño si teníamos en cuenta que los pocos ratos libres de los que disfrutaba los pasaba dentro de una lujosa piscina. Nadando mientras ensayaba una y otra vez la sonrisa que mi madre me había enseñado.

«Sonríe y finge ser feliz —decía con su cuerpo dorándose al sol en la hamaca de nuestra mansión—. Con eso lo conseguirás todo».

Y lo conseguí. Pero... ¿para qué?

Una solitaria lágrima resbaló por mi mejilla y me trajo de vuelta al presente. Frente a aquella escultura rebosante de amor, tenía que seguir manteniendo una imagen, a pesar de que nos habíamos levantado temprano para visitar el museo más famoso de París, cerrado al público solo para nosotros.

Me volví a anudar bajo el cuello los extremos del pañuelo que me cubría la cabeza.

Caminé por los pasillos de aquel museo lleno de silencio, quietud y un arte descomunal.

Hasta que me descubrí subiendo por unas escaleras infinitas que conducían a una diosa alada y sin cabeza que parecía levantarse ante el mundo.

Y entonces me percaté de que Ronan, vestido de negro y con una gorra, estaba de pie en un extremo, observando la escultura y anotando algo en una libreta.

Con esa concentración tan pura y ese cuerpo tan elegante, parecía ser una continuación de aquella obra de arte.

Y me limité a observarlo desde la distancia mientras los minutos de privacidad que nos habían concedido en el museo se consumían en el reloj.

Jane había insistido en que la acompañara a una reunión de trabajo con una importante marca de perfumes.

Pero decliné su oferta inventándome la excusa de que, con todo el ajetreo que habíamos tenido durante la tarde, me había dado un horrible dolor de cabeza.

Ella se lo creyó a medias, porque me vio consultar el móvil con una mano temblorosa antes de salir de mi suite.

Alan me había mandado un mensaje de texto, pero ahora era yo la que no quería contestar.

Menos aún si aquellos mensajes contenían un subtexto amenazador como aquel.

Lo nuestro aún no ha acabado, Delilah. Cógeme el teléfono.

Intenté meterme en la cama, cubrirme con las sábanas e incluso recurrir a una música relajante. Pero mis ojos estaban igual de abiertos que los de un búho en plena noche. No quería tomarme una pastilla, porque era algo de lo que me estaba intentando alejar ese último año.

Cansada de mirar el techo con la respiración alterada, salté de la cama y crucé toda la habitación hasta llegar a la entrada.

Salí con una pulsión nerviosa, decidida a recorrer las diferentes plantas, arriba y abajo, para cansarme.

Quizá podría ir al gimnasio y entrenar un rato en la cinta.

Inmersa como estaba en mis pensamientos no advertí el ruido de pasos que se acercaban y, al girar en una esquina, me choqué de frente contra un cuerpo duro como el granito.

Por lo visto, alguien había tenido la misma idea que yo. Alcé la cabeza y observé cómo Ronan fruncía el ceño mientras se apartaba por el impulso del choque.

—Perdona —me disculpé, reparando en la camiseta de tirantes que se le había pegado al pecho por el sudor—. Iba distraída.

—¿Hoy tampoco puedes dormir?

Negué con la cabeza, colocando uno de mis pies desnudos sobre el otro.

—Pensaba que no eras alguien que iba al gimnasio.

—Y no lo soy —soltó él—. Pero me ayuda a gestionar el chute de adrenalina diario. Deberías probarlo, puede que te ayude a dormir...

—Yo entreno todos los días durante una hora y media —le expliqué.

La sonrisa que intentó esconder me dio a entender que ya lo suponía.

—Que vaya bien, Delilah.

Ronan se secó la frente con la toalla que llevaba en el cuello y sorteó mi cuerpo para continuar con su camino.

—¿Sabes? —preguntó sin apartar la cabeza del frente—. No deberías ir descalza por los pasillos.

—Es solo que he salido deprisa y no me he dado cuenta...

Me quedé ahí plantada, observándome los pies.

Hacía días que era consciente de que compartir espacio profesional con Ronan me hacía estar anclada en el lugar correcto.

Estaba lejos de entender el porqué. Él me odiaba, y yo me sentía mal por cómo había acabado todo al final del rodaje.

Sin embargo, estar a su lado me ataba de algún modo a la realidad.

Mi cuerpo lo sabía. Y mi mente llevaba demasiado tiempo buscando una sensación como aquella.

Supongo que por eso me atravesó el impulso de llamarlo de nuevo.

—Ronan —subí un poco la voz a pesar de las horas.

Él se detuvo, lejos de mí, ya casi en la otra punta del pasillo. Me miró con una expresión interrogante en la cara. Y yo, con la boca un poco pequeña, me atreví a preguntar:

—¿Te apetece ver una película?

Contemplé cómo su cuerpo se tensaba, cómo su mandíbula mordía algo inexistente, y me arrepentí de inmediato. ¿Por qué había hecho aquello? Estaba a punto de darme media vuelta cuando el sonido de su voz llenó todo el aire que nos separaba.

—Sí.