10. UN PASILLO SOLITARIO Y LA MADRUGADA
UN PASILLO SOLITARIO Y LA MADRUGADA
Ronan
Enfilé por fin el pasillo que llevaba a mi habitación en la última planta del hotel.
Hacía solo unos minutos que me había despedido de Eliza y de algunos compañeros en el bar de copas de la calle de enfrente.
Necesitaba silencio y una cama en la que tumbarme.
Era mi tercer día en Berlín y el ritmo de trabajo no había hecho más que aumentar.
Por eso, las noches se habían convertido en un pequeño refugio que me mantenía pegado al suelo. Sujeto a la realidad.
A esas horas, el corredor permanecía iluminado por pequeñas lamparitas incrustadas a lo largo de una de las paredes.
Estaba pensando que tal vez me tomaría una última copa antes de meterme en la cama cuando algo llamó mi atención.
Delilah, que iba en pijama y estaba sentada sobre la moqueta con la espalda apoyada en la pared, me miraba desde la distancia.
Ralenticé mis pasos y, cuando llegué a su altura, me detuve.
—Ey —la saludé con un movimiento de cabeza.
—Ey.
Una sombra gris se había posado bajo sus ojos.
—¿Qué haces aquí? —pregunté notando el sabor amargo del whisky en la lengua.
—No puedo dormir. Quería tomar un poco de aire.
—¿Para eso no es mejor salir al balcón?
—En este hotel no hay.
Eso era cierto, así que solo pude asentir.
—Me voy a mi habitación, es tarde y mañana madrugamos.
Delilah apoyó su cabeza contra la pared y recogió las piernas contra su pecho.
Y yo aproveché para echar una última mirada a sus pies descalzos sobre la moqueta clara.
Aquella me pareció una imagen tierna y alejada del poder que mostraba de cara al público.
Empecé a caminar de nuevo para llegar a mi puerta, que estaba unos metros más al fondo.
—Ronan —me llamó con voz suave.
—¿Qué?
Me volví y me apoyé en una de las paredes a la espera de oír su voz de nuevo.
—¿Es verdad eso que contaste en la entrevista...? ¿Lo de tu adolescencia...?
—Sí. Es cierto. Nunca ha sido mi estilo mentir y menos en cosas así.
—Lo siento. Por lo de tu madre, quiero decir.
—No importa. Ha pasado mucho tiempo y ya no estoy en ese punto. —Soné débil y un poco roto, por eso quise alzar una barrera entre los dos—. No todos podemos tener la infancia de ensueño que tuviste tú.
Ella abrió mucho los ojos y luego esbozó la sonrisa más triste que yo había visto nunca. Y la más hermosa, también.
—No pretendía molestarte.
—No lo has hecho —contesté mientras me daba la vuelta para llegar a mi puerta.
Antes de abrir y adentrarme en mi habitación, me descubrí llamándola de nuevo.
—Delilah.
—¿Sí?
—A veces es mejor simplemente decir la verdad. Porque debe de ser jodidamente agotador mantener una fachada.