9. BERLÍN Y ROSAS MOJADAS
BERLÍN Y ROSAS MOJADAS
Delilah
Delan era el término que habían acuñado para nosotros como pareja. El resultado de juntar la primera y la última sílaba de nuestros nombres.
Del ilah y Ron an .
Delan.
Lo habíamos escuchado en el estreno de la película en Berlín, que estuvo precedido por unos gritos enloquecidos que terminaron por corear al unísono aquel nombre.
También lo repetían hasta la saciedad todos los admiradores con los que nos encontrábamos en la calle o en los restaurantes a los que acudíamos.
En internet, el término se había viralizado de inmediato.
El resultado de todo esto había sido la fuerte creencia de que Ronan O’Connell y Delilah Williams mantenían una relación amorosa.
Y de que ese había sido el principal motivo de mi ruptura con Alan Jones.
Los adeptos de la estrella del rock estaban por todas partes, gritaban más fuerte que nadie y emponzoñaban con su odio opiniones escondidas detrás de usuarios anónimos.
En los días anteriores, los titulares y los artículos en la prensa amarillista se habían multiplicado y las últimas declaraciones de mi ex no ayudaban en absoluto.
Por fin habían encontrado un motivo para la ruptura de la pareja perfecta.
Y a una culpable. Delilah Williams, la parte femenina de la ecuación.
Aquello no era más que otra mentira contra la que luchar.
Por otro lado, Heights había desatado una fiebre explosiva en todo el mundo y, en medio de tal acontecimiento, estábamos nosotros, la pareja protagonista que no paraba de generar sensaciones entre el público.
Por eso ahora nos encontrábamos en una mansión a las afueras de Berlín, dentro de una bañera enorme de porcelana.
Un espasmo me recorrió la columna y pegué mi espalda mojada al pecho desnudo de Ronan.
El agua había perdido toda la tibieza del principio, pues el equipo de fotografía llevaba horas trabajando alrededor de nosotros, en el set que habían recreado en aquella habitación.
—¿Tienes frío? —me preguntó Ronan deslizando su aliento demasiado cerca de mi cuello.
Asentí.
—Podemos decirles que renueven el agua y que la calienten de nuevo —sugirió él.
—Créeme, es mejor no perder más tiempo. Así podremos terminar antes.
—Como quieras. A mí no me importa que tardemos más.
Giré la cara para encontrarme con la suya. Con el pelo empapado y peinado hacia atrás, los ojos delineados de negro y los rasgos más angulosos que nunca, era la tentación de cualquiera.
En el espacio reducido de la bañera no nos había quedado más remedio que tocarnos, fieles siempre a las directrices de los fotógrafos y los realizadores.
Yo iba ataviada con un top oscuro y rabillos en los ojos estirados hasta el infinito.
Ronan había entrado en el agua con un pantalón tejano, dos aros como pendientes y las uñas pintadas de negro.
Dos roqueros que se habían caído en la bañera después de una noche de desenfreno.
Ese era el punto. El creativo quería retratar lo extremo de la belleza en un blanco y negro lleno de contrastes.
La cosa mejoró cuando esparcieron rosas blancas por la superficie del agua y me pusieron una de esas rosas en la mano para que la hiciera partícipe de la escena.
Al principio, estaba demasiado concentrada en hacer bien mi trabajo, por lo que no reparé en la electricidad que emanaba en el ambiente sofocado cuando nuestras pieles entraban en contacto.
Pero ya habían pasado horas, su cuerpo caliente se rozaba contra el mío y el fotógrafo nos había pedido unos minutos para hablar con su equipo.
De modo que era más consciente que nunca de cómo sus brazos firmes me rodeaban el cuerpo y se apoyaban en el borde de la bañera, envolviéndome por completo.
Lo oí masticar una de sus hojas de menta y el olor me atravesó.
—¿Cómo llevas haberte convertido en un ídolo de masas de la noche a la mañana? —pregunté en un intento de alejar un latigazo en el estómago al que no estaba acostumbrada.
—¿Ídolo para quién?
—Ya sabes a lo que me refiero.
—Estoy agradecido por estar viviendo todo esto y por poder hacerlo siendo tan joven... —confesó, aunque de repente dudó si continuar hablando.
—¿Pero...?
—Estamos jugando tan bien nuestro papel que se creen que estamos enamorados, joder. Y tú sales bastante mal parada.
—Siempre ha sido así. Estoy acostumbrada.
—No le has sido infiel a Alan conmigo, Delilah —apuntó él—. No lo has traicionado. Y, en lo que sea que compartimos aquella vez, él nunca estuvo involucrado, ¿verdad?
—Por supuesto que no.
Su asentimiento comprensivo provocó que otro escalofrío agitara mis brazos en un espasmo. Él me posó una mano sobre el hombro para infundirme algo de calor y yo simplemente dije:
—No me importa ser el muro al que dirigen sus ataques, Ronan. Siempre y cuando todo a mi alrededor continúe en equilibrio.