Un amor inventado 8. TORONTO, CANADÁ
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8. TORONTO, CANADÁ

TORONTO, CANADÁ

Ronan

La fama era como un puño que te golpeaba en el estómago para recordarte que todo había cambiado.

De la noche a la mañana, el mundo entero te reconocía, habías ganado unos privilegios desor­bitados y también habías perdido algunas libertades sencillas.

Como la de pasear por una calle concurrida sin que te interrumpieran.

Como entrar en internet sin que los cientos de titulares masivos que te aparecían ante las narices trataran sobre la buena pareja que formabas con tu compañera de reparto.

Las vistas desde mi habitación del hotel frente al lago de Ontario eran espectaculares.

Toronto dormitaba de madrugada entre los reflejos de las luces y las siluetas de los rascacielos de la ciudad en el agua.

Y, apuntando hacia el cielo, la aguja infinita que era la torre CN.

En la terraza de mi habitación, el aire fresco de las alturas me hizo arrepentirme de no haberme puesto una sudadera.

Después del que había sido probablemente el día más largo de mi vida, la adrenalina aún corría por mis venas hasta el punto de haberme privado del sueño.

El cansancio de una jornada extenuante repleta de viajes en coche de un lugar a otro, pruebas de vestuario, entrevistas y más sesiones de fotos no lograba combatir la excitación por esa nueva vida soñada.

En lo único que pensé antes de meterme en la cama fue en asomarme a ese balcón de lujo para sacar una foto panorámica del paisaje.

Finn me había advertido de que quería documentos gráficos de cada lugar en el que estuviera para que él los mirara muerto de envidia detrás de la barra del bar.

Con una sonrisa en la cara ante el recuerdo de mi amigo, agarré el móvil y saqué la instantánea.

Un aroma en la brisa que se levantó me hizo advertir que alguien me estaba observando.

Miré hacia un lado. Nada. Luego hacia el otro.

Y me choqué con unos ojos conocidos que me observaban desde un piso superior en la fachada lateral.

Por lo visto, Delilah tampoco se había encontrado aún con Morfeo.

Llevaba puesta una bata de satén y un cigarrillo encendido brillaba en su mano mientras el aire se llevaba los trazos de humo.

No nos saludamos desde la lejanía. Solo nos quedamos contemplándonos en silencio.

Ella, fumando. Yo, apoyando los brazos en la barandilla para encontrar algo de comodidad.

El juego que nos traíamos entre manos me causaba incluso más diversión que el que se podía encontrar en la promoción de la película.

Esa misma mañana, Tim nos había sentado a los dos a una mesa.

Durante dos horas seguidas tuvimos que escuchar, sin ninguna opción a réplica, lo que no debíamos decir bajo ningún concepto en nuestras intervenciones públicas.

También había pautado la dirección que debían tomar dichas intervenciones y lo que teníamos que dar a entender en las entrevistas que ofreciéramos a partir de entonces.

Básicamente, había que representar la relación ideal entre dos compañeros de equipo que se han convertido en imprescindibles el uno para el otro.

Delilah no había parpadeado durante todas las indicaciones de Tim. Y yo la había imitado con miedo a que aquello no saliera bien.

Pero la agenda se impuso con sus tiempos imposibles y nos vimos arrastrados de un lado para otro. Y cada vez nos acercábamos más al borde de una tensión que terminaría por explotar.