Un amor inventado 7. LAS PISCINAS
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7. LAS PISCINAS

LAS PISCINAS

Delilah

A las seis de la madrugada, la piscina del Chateau Marmont estaba desierta.

El viento en calma y ni un solo ocupante en las tumbonas tapizadas en color naranja.

Las sombrillas blancas destacaban sobre la vegetación verde oscura de los alrededores.

No había rastro de los trabajadores que se encargaban de poner todo en funcionamiento cada mañana.

Cerré los ojos y me dispuse a disfrutar de esa quietud envolvente tan opuesta al frenesí de la fiesta que acababa de abandonar.

Sentada en el bordillo de la piscina y con la falda del segundo vestido de la noche —más sencillo, y también dorado— arremangada, sumergí los pies en esa agua de un tono indefinido entre el verde y el azul.

Moví los dedos como si estuviera mezclando acuarelas y, entonces, oí un ruido en medio de aquel silencio.

Abrí los ojos, alcé la cabeza y me lo encontré allí.

Ronan estaba de pie en el lado opuesto de la piscina, con la americana en la mano y los botones de la camisa desabrochados.

Nos saludamos a nuestra manera, con esa mirada afilada de desafío que alzaba murallas entre los dos.

Sin despegar sus ojos de los míos, se quitó la camisa con un movimiento felino y dejó al descubierto su torso definido.

Ahora, uno de sus costados estaba adornado por un águila en pleno vuelo con las garras preparadas para cazar.

Tenía que reconocer que aquel tatuaje le pegaba.

Aparté la vista del dibujo cuando observé que sus manos se dirigían al pantalón.

Sus dedos abrieron el botón y bajaron la cremallera.

Después, Ronan se quitó los pantalones y los zapatos y se quedó solo con unos bóxers negros, a juego con su pelo, ahora más corto que hacía un año, con más cantidad por la parte superior de la cabeza que por los costados.

Él continuaba mirándome, al igual que yo a él.

Sin pizca de vergüenza. Aquellos días no cruzábamos más palabras de las estrictamente necesarias, pero que Ronan estuviera así delante de mí me parecía natural.

No quise ahondar más en ese pensamiento y detuve mis ojos en su rostro intimidante, serio y manchado con trazos de color rosado en sus mejillas, resultado, supuse, del carmín de los besos que se habían posado allí a lo largo de la noche.

Me lanzó una última advertencia con la mirada antes de tirarse a la piscina de cabeza.

«Lánzate tú también si te atreves», imaginé que había querido decirme.

Pero me mantuve impasible, en calma, sentada en el bordillo con la espalda recta y los pies sumergidos.

Segundos después, Ronan emergió del agua, se sacudió el pelo y se lo peinó hacia atrás con los dedos cubiertos de anillos, antes de quedarse a un par de metros de distancia de donde yo me encontraba.

—Sabes que la piscina está cerrada y que a estas horas está prohibido el baño, ¿verdad? —Mi voz sonó firme en medio de la quietud del lugar.

—¿Crees que esta noche alguien me va a decir algo?

Tenía razón. Era el nuevo enfant terrible del gremio. En cada una de mis conversaciones de ese día, había aparecido su nombre. Y no habían sido pocas.

—Todos me reclaman como si fuera una especie de dios o algo parecido. Es raro de cojones. —Sus labios mojados se curvaron hacia un lado, en una media sonrisa tensa—. Incluso Tim Johnson, tu agente, me acaba de decir que quiere que me convierta en su representado.

Ladeé la cabeza en un gesto amable porque no quería que supiera que yo ya lo sabía.

Desde hacía meses, en realidad. Había sido yo quien había empujado a Tim a tomar la decisión porque había tenido la oportunidad de apreciar en primera fila el talento de Ronan.

Y porque, por suerte o por desgracia, sabía cómo funcionaba el mundo del espectáculo.

—Me alegra saber que a partir de ahora vas a tener a tanta gente alrededor que ya nunca vas a encontrar un ratito para estar aburrido —bromeé mientras movía las piernas dentro del agua en una danza relajante.

—No hacía falta que mintieras delante de mis amigos —soltó él al cabo de unos segundos—. Ellos saben que tú y yo no nos llevamos bien. Y no se van a ir de la lengua, por si acaso te preo­cupa el contrato.

Mis ojos se entornaron escapándose de mi férrea expresión de control.

—No lo he hecho por eso —le dije.

—Ah, ¿no?

Era oficial: el capullo de Ronan O’Connell me veía como un auténtico demonio americano. Lo supe por la mueca repleta de sarcasmo que me estaba dedicando en ese momento.

—Claro que no —sentencié con voz cortante—. Me parecía apropiado saludar a la gente que ha venido desde tan lejos para apoyar a uno de mis compañeros. Sobre todo porque se los veía bastante solos mientras tú te paseabas de un lado para otro presentándote a cada una de las chicas de la fiesta.

La sorpresa explotó en su rostro. También en el mío. No tenía ni idea de dónde habían salido esas palabras. Tal vez del tiempo, entre copa y copa, que me había dedicado a observarlo para distraerme durante la fiesta.

—Por lo visto, también tienes la habilidad de cotillear además de la de quejarte por todo —expuso él, sin más, dejando que las ondas del agua lo mecieran.

—¿Por qué me odias tanto? —quise saber—. ¿Por qué ahora me tratas como si no existiera, Ronan?

Él me recorrió el cuerpo con la mirada a medida que se acercaba, nadando, hacia el bordillo donde yo estaba sentada.

Luego, apartó sus ojos de mí. Esa pequeña batalla la había ganado yo, porque lo seguí observando cuando se alzó con los brazos sobre la piedra y salió de la piscina.

Cuando sacudió la cabeza como un león, me salpicaron algunas gotas.

Ronan estiró el brazo para alcanzar una toalla olvidada en una de las hamacas y se la colocó sobre el cuello antes de detenerse a mi lado.

—Quizá... —empezó a decir—. Quizá te odio porque enterré mis dedos en ti y al día siguiente desapareciste.

Su sinceridad, tan cruda, me dejó sin palabras. Con el corazón acelerado en medio de la madrugada y con un calor que no podía controlar subiéndome a la cara. Aquella noche, en la fiesta de fin de rodaje, en ningún momento me planteé que él pudiera sentirse abandonado.

—Podemos... —No sabía qué decir, pero él esperaba, acechante—. Somos adultos, Ronan. Podemos olvidarlo y comenzar de nuevo.

Él negó con la cabeza y miró hacia un lado.

—Aquella vez me dijiste que eso era imposible —recordó.

—Me equivoqué. Los dos nos equivocamos y nos dejamos llevar por la magia del momento.

Su carcajada rajó la apacible atmósfera azulada en la que nos encontrábamos, y mi cuerpo se encogió.

—Bueno, supongo que estás hablando por ti —declaró él—. Adiós, Delilah.

Sus manos, que ahora quedaban a la altura de mis ojos, me hicieron volar al pasado.

El vientre se me contrajo. Un apetito animal se despertó dentro de mí.

Más que el placer que me habían provocado sus dedos, yo anhelaba que alguien me tocase del modo en el que él había acariciado mi espalda, mi nuca, todo mi cuerpo.

Cuando regresé al presente, observé cómo Ronan daba media vuelta, recogía su ropa y se marchaba por el mismo lugar por el que había llegado.