Un amor inventado 6. OTRA VIDA
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6. OTRA VIDA

OTRA VIDA

Ronan

La chica que tenía delante me había dicho su nombre hacía solo unos minutos, pero yo ya no lo recordaba.

La fiesta posterior al estreno estaba en su punto culminante y ya había perdido la cuenta de las personas que se me habían acercado a felicitarme entre elogios y curiosidad por saludar al desconocido actor protagonista.

Dudaba de si al día siguiente recordaría algo de todo aquello debido al estado de frenesí en el que me encontraba y que no conseguía apaciguar.

En medio del barullo y con una copa de whisky en la mano, reparé en la chica sin nombre. Tenía un aspecto radiante, con el pelo castaño peinado en un recogido hacia atrás y los labios brillando en color rosa. No dejaba de sonreír mientras intentaba llamar mi atención con su conversación.

—Ha sido impresionante, Ronan, de verdad que sí —me elogió—. Estás increíble en la película, con ese pelo rebelde cayéndote por la frente. Tienes unos planazos espectaculares y ese porte de chico malo en busca de venganza te va a abrir muchas puertas. Ya lo verás.

—Gracias... —contesté dubitativo antes de dar un trago a mi copa—. Me alegra que hayas disfrutado de la película y que...

—Créeme —me interrumpió—. Entiendo de estas cosas y ahora mismo tu cara es una de las más buscadas en internet —me informó sacando su móvil de un pequeño bolso—.

Ahora tendrás que acostumbrarte a la fama.

Y disfrutar de todo lo que trae. Te aseguro que muchas de las personas que están en esta fiesta quieren terminar la noche en tu habitación.

Claro, al igual que ella. Al menos eso me daban a entender sus ojos acaparadores y anhelantes de atención.

—Debes tener cuidado con quién se te acerca —me advirtió con una ceja alzada.

—¡Eh! ¡Amigo! ¡Aquí estás! —Noté la mano de Finn posándose en mi hombro con fuerza—. Lo siento, preciosa, pero tengo que llevarme a Ronan porque lo necesitan urgentemente.

La chica le dedicó una mirada amenazadora.

Le sonreí a modo de disculpa y dejé que mi amigo me arrastrara hacia una parte de la barra donde nos esperaba Martha.

Ella y Finn habían volado a Los Ángeles el día anterior para acompañarme al estreno.

Nunca te sentías tan solo en la vida como cuando pasabas por una mala época y no tenías la red de seguridad de tu familia.

O también como en aquel momento, a las puertas de algo grandioso que celebrar sin nadie con quien compartirlo.

Pero ellos hicieron que no fuera así. Mi amigo se había empeñado en escoltarme y, por lo visto, había sido la mejor decisión de su vida, si teníamos en cuenta el alcohol que llevaba en la sangre y la sonrisa permanente pintada en su cara mientras alardeaba de ser mi amigo.

Martha era una de mis compañeras de teatro, con la que mantenía una buena amistad y con la que compartía un amor descomunal por la interpretación.

Y ella se había empeñado en acompañar a Finn.

—Menos mal que apareces —dijo Martha con ojos divertidos—. ¿Otra chica te ha atrapado en su red?

—Negativo. —Finn estaba exultante—. Pero solo gracias a mí. De nada, por cierto.

La verdad era que no podía sentirme más agradecido a esos dos.

Ante toda aquella avalancha de atención, se respiraba mejor con alguien de confianza al lado.

La mayor parte de la noche me habían cubierto las espaldas, impregnándose de aquel mundo que se abría bajo mis pies y que era tan extraño para mí como para ellos.

—¿Os hace falta algo más? —quise saber, centrando toda mi atención en mis amigos—. ¿Os lo estáis pasando bien?

—¡Ronan O’Connell! —vociferó Finn haciendo que se girara hacia nosotros una pareja que estaba sentada al lado—. ¡Relájate! ¡Es tu noche! ¡Y tengo como amigo a la persona más famosa del puto planeta!

—Tampoco te pases. ¿Queréis tomar algo más?

—Jamás voy a negarme a tomar algo más. —Como si no lo conociera—. Una copa de whisky de ese tan caro.

Asentí con una sonrisa y llamé al camarero, que me atendió al instante y le sirvió la bebida a mi amigo. Este se llevó la copa a la boca y, después de dar un sorbo infinito y quedarse mirándome durante al menos un minuto, habló.

—Esto es la hostia de lujoso, Ronan. ¿Cómo puede cambiar tanto la vida de alguien en tan pocos meses?

Me encogí de hombros. Hacía tiempo que vivía en mi propia nube.

—Espero que todo el brillo y este clima soleado no escondan lo que en realidad eres... —oí decir a Martha.

—¿Y qué es lo que soy exactamente?

—Eres un actor comprometido con el arte y con las injusticias. Y siempre has preferido el teatro, ¿no es así?

—Creo que ahora soy simplemente un privilegiado.

—Mierda. Lo hemos perdido, Martha.

—¿Piensas que por ser un privilegiado no puedes comprometerte con algo?

—¿Sinceramente?

Ella asintió con la cabeza.

—Creo que en este mundo de apariencias todos rehúyen de cualquier cosa que tenga un trasfondo. Aquí mandan las modas —declaré—. Y todos bailan al son de la tendencia del momento, sea cual sea.

—¿Hola? Estoy aquí, también soy parte de esta conversación —nos interrumpió Finn llamando nuestra atención—.

Me aburre ese rollo intelectual que os traéis.

Trabajo en un pub, a mucha honra, y no me gusta el teatro ni leer libros —se quejó entre trago y trago, y finalmente sonrió con malicia—. Hablemos mejor de Delilah Williams.

Su nombre me escoció por dentro y dirigí mi mirada hacia él, de pronto más interesado en todas esas tonterías que salían de su boca.

—¿Qué pasa con Delilah?

—He hablado con ella y me ha contado cosas.

—¿Te ha contado cosas? —solté, abriendo los ojos—. ¿A ti?

—Me la esperaba mucho peor después de todo lo que nos dijiste de ella —admitió.

—Eso es cierto. Es muy amable y cercana —añadió Martha—. Y parece que te tiene mucho aprecio. Ha sido una de las pocas que esta noche ha estado pendiente de nosotros.

Estaba atónito, con la boca abierta en medio de esa fiesta de gente poderosa con la que no tenía nada en común.

Gente entre la que se encontraba Delilah.

Ella y mis amigos en un mismo saco era algo inimaginable.

Como la posibilidad de que hubiera vida en la superficie de Venus. Algo que no podía suceder.

—¿Vosotros dos os habéis olvidado de que es una de las mejores actrices de Hollywood?

—¿Insinúas que estaba fingiendo? —preguntó mi amiga, llevándose la mano al pecho con indignación.

—Os aseguro que estaba fingiendo.

—Fingiendo o no, nos ha soltado cosas bastante bochornosas sobre ti. —Finn sonrió con todos los dientes.

—¿Estáis de coña o qué? —pregunté como pude a medida que mis mejillas se acaloraban.

—¿Qué es eso de que eres un auténtico negado para los caballos?

El calor se intensificó tanto que tuve que quitarme la chaqueta. Después, me pasé la siguiente hora narrándoles a mis amigos las anécdotas más catastróficas del rodaje. Su compañía hizo que me crecieran las alas, que esa noche me sintiera invencible en la ciudad de las estrellas.