Un amor inventado 4. LA CIMA
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4. LA CIMA

LA CIMA

Ronan

Estaba sufriendo un ataque de algún tipo.

La ansiedad y la preocupación se habían colado dentro de mí para sumirme en un estado de sobreexcitación insoportable.

En el hall del Chateau Marmont, mi equipo revoloteaba a mi alrededor encargándose de que el traje negro combinado con la perla blanca que decoraba mi oreja estuvieran en su sitio.

La maquilladora me pasó una última ronda de brochazos por la frente para aplacar los brillos que surgían de mi rostro caldeado.

Reconozco que tuve miedo de que mi cuerpo no pudiera moverse cuando fuera la hora.

Porque había llegado el día con el que había soñado toda mi vida.

El estreno de una de mis películas en Hollywood.

Estaba orgulloso de todo el trabajo que habíamos hecho. De la maravilla que habíamos creado. Pero nunca podías anticipar la respuesta de los críticos. Tampoco la del público. Incluso cuando algunos rumores presuponían una expectación gigante por la película.

Para mí, era la primera vez. Y, como toda primera vez, era aterradora.

En el teatro veías de inmediato la respuesta del público, la sentías antes incluso de que el telón bajase.

En el cine tenía que esperar, y eso me impacientaba.

Las manos empezaron a temblarme cuando se oyó un murmullo cada vez más ruidoso colándose por el patio del hotel.

Giré la cabeza en dirección a los arcos de mármol que nos rodeaban y toda mi atención se dirigió al destello dorado que se impuso a todo lo demás.

Delilah Wil­liams venía hacia nosotros con elegancia y un control absoluto de la situación palpitando en su mirada.

El temblor de mis manos se detuvo, porque mi mente estaba demasiado ocupada observándola existir.

La estancia se convirtió en un río de diamantes dorados arrastrados por la corriente.

Ella era toda la belleza que había en el mundo condensada en un solo cuerpo.

Pero también había algo de peligro detrás de la belleza.

¿Un pasaporte a la locura, quizá? Sin poder remediarlo, los recuerdos de la última noche que habíamos compartido en aquella fiesta en Inglaterra atravesaron el escudo de mi mente.

Y percibí su sabor en mi lengua. Joder.

Delilah se detuvo a unos metros de donde estaba.

El séquito que era su equipo se empeñaba en dar los últimos retoques a una imagen inmejorable.

Cuando me miró, mi corazón derrapó en esos labios de color cereza, los mismos de aquella noche en aquella maldita caseta de la piscina.

Le devolví un saludo serio, ansioso por esconder todo el miedo que no sabía controlar.

—¡Ey, chicos! —gritó Leah desde un lateral con su móvil en la mano. Era la mánager que se iba a encargar de la promoción de la película—. ¡Los coches nos están esperando fuera! Hay que salir porque ya llegamos tarde. Las estrellas pueden retrasarse, pero tampoco llegar al día siguiente...

Después, todo se aceleró y me vi arrastrado y escoltado por un barullo de gente hasta la salida. Apenas tuvimos tiempo para fijarnos en los fotógrafos que nos esperaban allí porque nos montamos a toda velocidad en los coches y pusimos rumbo al Village Theatre.

Tras veinte minutos de camino en los que me había abstraído contemplando las palmeras desfilar por la ventanilla, no estaba preparado para afrontar la magnitud de aquello.

Igualmente, tuve que apearme del coche en cuanto se detuvo frente al cine donde los medios estaban congregados y la gente esperaba impaciente.

Cuando posé los pies en el suelo, me miré las manos.

El anillo de águila brillaba en el dedo índice y pensé en aquel animal.

En la leyenda que un día le había contado a Delilah.

Los gritos y los vítores que provenían desde las vallas dispuestas en la acera me llevaron directamente a la realidad.

En ese momento, el ahora se solapaba con los sueños que había tenido despierto mirando al techo de mi habitación.

Cientos de personas esperaban, ilusionadas, levantando los móviles y agitando en sus manos decenas de carteles.

En la mayoría de ellos se podía ver el rostro de Delilah.

Y todos gritaban estimulados por los primeros invitados que comenzaban a desfilar por la alfombra roja.

El sonido era ensordecedor y la felicidad de aquel acontecimiento me tenía paralizado.

Hasta que la mano de Leah me agarró del brazo y me condujo hacia el mismo centro de atención.

Me vi obligado a levantar la palma en un simpático saludo a medida que escuchaba mi nombre resonar por todos lados.

Las sonrisas, los gritos, las luces. Todo aquello era algo tan distinto a lo que hasta entonces había sido mi vida...

¿Acaso era real? ¿O era algo que llegaba para luego dejar un vacío?

Lo que estaba claro es que ese día había llegado.

Eso era el ahora, siendo perfecto tal como estaba sucediendo.

Abrí la boca en una sonrisa exultante de felicidad y enseguida alcancé la entrada lateral del photocall .

Y allí estaba ella.

Por segunda vez ese día, creí que iba a desmayarme.

El tiempo se detuvo mientras la observaba posar y abrirse como una flor en primavera delante de las cámaras y las luces que rebotaban contra el brillo de su vestido.

«¡Delilah! ¡Aquí!».

«¡Delilah, estás guapísima!».

«¡Delilah, por favor! ¡Regálanos una de tus sonrisas!».

«¡Delilah, la cámara te adora!».

De lejos, Delilah parecía una figura de mármol imponente e inalcanzable.

Pero de cerca yo había visto las grietas.

Quizá otros no las percibieran debido al destello de su luz innata y perfeccionada con los años.

Pero yo las veía. Eran oscuras, se abrían sobre su cuerpo etéreo y, a veces, de ellas supuraba la tristeza.

—Ronan, es tu turno —murmuró Leah en mi oído, sacándome del trance.

Caminé hacia el photocall invocando la fuerza que llevaba dentro de mí.

Cuando me paré delante de aquella masa de gente que me reclamaba, me acordé de mi madre.

Me pregunté si me estaría viendo desde dondequiera que estuviese.

Si se sentiría orgullosa del niño que trajo al mundo.

Entonces los gritos se dirigieron a mí, y las luces cegadoras de los flashes me engulleron.