3. EL DORADO ERA UN DISFRAZ
EL DORADO ERA UN DISFRAZ
Delilah
El espejo reflejaba una imagen poderosa.
Mi rostro maquillado y preparado para enfrentarse al mundo.
Las ondas de mi cabello cuidadosamente moldeadas, cayendo en cascada sobre mi espalda.
Y el atuendo perfecto para envolver a una estrella de cine.
Un vestido encorsetado que se abría en una falda acampanada sobre la cintura y que recordaba al de una princesa.
El color dorado me cubría todo el cuerpo, combinando a la perfección con mi piel clara.
Cada rincón de la tela brillaba con una fuerza cegadora, como si un manto de estrellas hubiera inundado un amanecer.
La vuelta de Delilah Williams a la alfombra roja era inminente.
Su imagen, deslumbrante. Entonces, ¿por qué no me reconocía mientras me observaba en la soledad de mi habitación de hotel?
¿Quién era realmente esa persona que me devolvía la mirada?
Pensé que quizá nunca había sabido quién era en realidad.
Al principio, había seguido el mandato de una madre obsesionada y comprometida con el mundo del espectáculo.
Después, el peso de la industria me había arrastrado con su exigencia y su ritmo descomunal.
Era la viva imagen del éxito, de una chica que vivía dentro de su propio sueño y que marcaba tendencia con cada paso que daba.
Y había llegado un momento en el que era la opinión pública la que dictaba mi camino.
La que tomó el control. Ese era el precio que tenía que pagar. Y me consideraba afortunada de hacerlo.
Sin embargo, de nuevo el vacío que se abría en mi interior amenazaba con tragarme entera.
No era nadie . A pesar de que todos creían saber quién era yo.
Nunca sabes cómo empieza el descenso a los infiernos.
Es algo paulatino que pesa cada vez un poco más.
Pero llega un día en el que reconoces el fondo duro y frío que tocas con los pies.
En mi caso, había sido una semana después de retomar mi relación con Alan a los dos meses de terminar el rodaje de Heights .
Si hubiese visto a alguna mujer recibir de nuevo en su vida al hombre que no la había apoyado en su carrera, que la había traicionado y que había buscado herirla de la manera más pública posible, no lo habría entendido.
Pero cuando yo misma lo viví en mis propias carnes, me di cuenta de lo complicada y oscura que puede ser la vida.
Por primera vez, estaba sola, muy sola. Sin mi omnipresente madre guiándome por el camino, sin Alan, sin una Jane que había regresado a casa para acompañar a su tía enferma, y sin un rodaje en el que pudiera volcar todas mis obsesiones.
Los pensamientos destructivos y de autodesprecio no tardaron en aparecer y tomaron el control de mi mente.
Era insuficiente, estaba rota, vacía. Era una mala actriz.
También una mala persona que no paraba de fingir porque no sabía si realmente tenía algo propio que ofrecer.
Y fue en ese momento cuando Alan llamó a mi puerta.
Al principio me resistí, pero sus disculpas, sumadas a los bonitos recuerdos compartidos, terminaron por convencerme.
Dejé un resquicio abierto a la posibilidad de darle una nueva oportunidad, y Alan la aprovechó, implacable.
Cuando me quise dar cuenta, estaba entre sus brazos envuelta en la mentira que era su amor.
Un consuelo temporal, un parche para mi herida que me pudría la piel.
El agua caliente de la ducha me caía sobre la cabeza cuando pensé que el amor no debería ser como un cuchillo afilado que te rozaba el cuello.
Tampoco como una sensación de terror absoluto hacia el futuro.
Pero yo necesitaba que funcionara. Porque no quería estar sola.
Y también porque ansiaba un equilibrio en mi vida, aunque ese equilibrio fuera un espejismo.
Me había pasado el último año haciendo malabares entre volver a lanzar la imagen impoluta de una de las artistas jóvenes más amadas de Hollywood y el intento de salvar una relación tóxica que se alimentaba de su propio veneno.
Hasta que el engaño fue tan grande que tuve que recular y alejarme de lo que me hacía sangrar por dentro.
Alan Jones se había ido de mi vida con el orgullo machacado y jurándome que aquello aún no había terminado.
Las semanas habían pasado entre el terror de las noches solitarias y el compromiso que había adquirido con un proyecto que me había hecho feliz en medio de la tormenta.
Más allá de la gira de Heights , mi futuro era incierto.
A pesar de mi vida de ensueño. A pesar de tener mucho más de lo que cualquier mortal pudiera llegar a imaginar.
A pesar del dinero, de la fama y del lujo.
Cuando el corazón estaba roto, todo lo demás desaparecía.
Y la culpabilidad por ser la mayor privilegiada del planeta y, al mismo tiempo, la chica más triste del universo me consumía día a día.
Solo deseaba agarrarme a algo sólido. Dar mi mejor versión para la promoción de una película que había sido mi bote salvavidas.
Añoraba las semanas que había pasado en Inglaterra, la familia que se había creado dentro del set.
Añoraba el talento con el que Eliza me había dirigido.
Su confianza plena y ciega. Añoraba perderme en el guion y en los diálogos de Catherine Earnshaw.
Y lo añoraba a él . La sensación de compartir los días con Ronan y de que ambos navegásemos en la misma dirección.
Esa atmósfera que se creaba cuando los dos nos poníamos frente a la cámara.
El día anterior, en la sesión de fotos para la portada de Views , había comprobado con cierto alivio que aquella conexión irreprimible no había desaparecido entre nosotros.
Pero ahora Ronan me odiaba.
Y yo sabía que no había vuelta atrás después de la línea que habíamos traspasado en aquella caseta de la piscina.
El deseo nos dominó. Y, en todo este tiempo separados, había hecho lo imposible para no recordarlo a él en aquel momento, lo que habíamos sido entre jadeos y respiraciones agitadas.
Lo había conseguido a duras penas, hasta que se cruzó de nuevo en mi camino con todo lo que él era. Con todo lo que había significado.