Un amor inventado 1. LA DANZA DE LOS PÁJAROS
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1. LA DANZA DE LOS PÁJAROS

LA DANZA DE LOS PÁJAROS

Ronan

El odio era un sentimiento poderoso que te empujaba a vivir.

Una fuerza que te impulsaba a querer arrasar con todo.

Mientras caminaba por el desierto de Mojave, al sur de California, me sentía más vivo que nunca.

No era que el último año no hubiera disfrutado de cada una de las oportunidades dentro del mundo del entretenimiento que se habían abierto ante mí.

Lo había hecho, sí. Habían aparecido otros papeles, otros personajes, otros proyectos interesantes, pero ninguno de ellos había sido Heights .

Yo estaba a la búsqueda de lo impredecible, algo que me mantuviera al borde del precipicio.

Y ahora percibía otra vez mi corazón acelerado.

Y solo porque Delilah Williams se sumaba de nuevo a la ecuación después de un año sin saber de ella.

Todo estaba preparado para la sesión de fotos.

El equipo se había desplegado sobre el terreno llano y seco y la concentración se reflejaba en cada uno de los rostros a los que me dedicaba a saludar.

Cuando me acerqué al tramo acotado de la localización, vi el burro con toda mi vestimenta.

Al lado, el de ella, el doble de grande y voluminoso.

Y mis piernas se ablandaron al pensar que nos mezclaríamos de nuevo.

El horizonte se extendía hacia el infinito y el cielo nos rodeaba por los cuatro costados.

La luz naranja que antecedía a los violetas del atardecer caía sobre nosotros.

La temática de la sesión era más bien minimalista y de una belleza salvaje.

Un desierto antes del anochecer, la brisa haciendo ondear nuestro pelo, un caballo blanco, ella y yo.

Nada más. Cuando levanté la cabeza, el animal estaba parado frente al paisaje, sereno y poderoso.

A unos metros, Lisa Evans, la famosa fotógrafa de celebridades, danzaba alrededor de él disparando con la cámara.

Fue su olor lo que me hizo saber que ella había llegado y que estaba detrás de mí. El aroma a canela se coló por mi nariz y los recuerdos de aquellos días en York me golpearon tan fuerte que las montañas lejanas empezaron a difuminarse.

No quería girarme.

Sin embargo, tenía que hacerlo. Porque necesitaba mirarla.

Un año era mucho tiempo. Por más que hubiera aceptado todos los proyectos posibles para abrirme camino en el mundo de la actuación, por más que me hubiera empeñado en mantener la mente y el cuerpo ocupados, por más que cada día libre me las hubiera apañado para volar hasta Dublín para ver a Erin y Finn, ella siempre irrumpía en mis pensamientos.

Para Delilah fui solo la distracción durante una fiesta en la caseta de una piscina, nada más.

Lo había aceptado, sí, pero aún me quedaba el resquemor de haber confiado en algo que no existía.

Di media vuelta y, entonces, ahí estaba.

En lo primero en lo que me fijé fue en el color aguamarina que salpicaba sus ojos.

Después, reparé en toda ella, enfundada en una gruesa y larga falda de paño a cuadros y una camisa con flecos.

Estaba arrebatadora, y su pelo largo abandonado al viento remarcaba el poder que emanaba desde la misma tierra.

No había cambiado, si acaso resplandecía aún más.

—Ronan —saludó.

—Delilah.

—Ey, chicos —nos llamó la primera asistente de Lisa—. Ya está todo listo, así que cuando queráis podéis acercaros al caballo.

—Ronan no es muy amigo de los animales.

—No sabes lo mucho que pueden cambiar las cosas en un año.

No quiso responder a mi pulla envenenada.

En lugar de eso, Delilah enfiló el camino con su impecable sonrisa de siempre y no me quedó más remedio que seguirla.

Cuando estuvimos en nuestro sitio, Liza Evans comenzó a darnos instrucciones sobre la dinámica de la sesión y su manera de trabajar.

Nos dejaba cierta libertad de improvisación dentro de unas posiciones muy marcadas.

Así que nos colocamos al lado del caballo, cerca el uno del otro, y observamos cómo la fotógrafa se alejaba para convocar a su equipo principal.

La brisa del desierto levantaba la arena sobre nuestros pies. Delilah cogió las riendas y empezó a acariciar el pelaje blanco del animal con los ojos cerrados.

—¿Por qué tengo la sensación de que estás resentido conmigo? —No supe si se lo estaba diciendo al animal o a mí, pero la mirada que me dedicó un segundo después de hablar sirvió para sacarme de cualquier duda.

—Porque así es —solté colocándome bien el cuello de la bomber que vestía.

—Pues entonces tenemos un problema.

—Siempre lo hemos tenido, en realidad.

El sonido del disparo de una cámara resonó en el ambiente y ni siquiera me interesé. Mi atención estaba fija en ella, en cómo la luz de la tarde se enamoraba de su piel mientras la coloreaba. El débil destello de un flash nos cayó encima. Y luego otro. Y otro...

—Tenemos que caernos bien por contrato, ¿recuerdas? —dijo Delilah mientras posaba con maestría ante la cámara.

Así era. El día anterior, los productores nos habían citado por videollamada para arrancar de cuajo cualquier enemistad que pudiéramos tener.

Las rencillas que habíamos arrastrado Delilah y yo en el rodaje no eran un secreto.

Y ellos querían asegurarse de que nada ni nadie empañara una promoción en la que se había invertido demasiado.

Así que nos habían reunido con la excusa de informarnos de los detalles de la gira de promoción de Heights y nos habían recordado, amablemente , la cláusula de moralidad de nuestro contrato, la cual nos prohibía hacer nada que pudiera dañar la reputación de la película.

Eso incluía enfrentarnos de manera pública.

Por el contrario, debíamos mostrar una relación idílica entre dos compañeros actores que se habían convertido en amigos.

Delilah y yo habíamos escuchado sin rechistar al otro lado de la pantalla.

Y, en ese momento, sentía por ella un odio enquistado que nada tenía que envidiar al resentimiento de Heathcliff.

—Tenemos que fingir llevarnos bien. Que no es lo mismo que llevarnos bien —la corregí—. Creo que podré hacerlo.

Ella me miró enarcando una ceja, angulosa y elegante como el ala de una gaviota.

—Y también estaría genial que controlaras a tu novio —repliqué, envalentonado—. No es justo que esté empañando el estreno con sus declaraciones después del trabajo que hemos hecho.

—No es mi novio.

—¿Estás segura? Dijiste lo mismo la última vez.

—¡Muy bien, chicos! —gritó Lisa acercándose a nosotros con su cámara—. ¡Me encanta cómo la miras, Ronan! Vamos a hacer una tanda en la que los dos os contempláis con pasión y también con algo de rencor. La luz está preciosa y vamos a sacar todas las fotos del tirón.

Nos miramos.

Flash.

Nuestras miradas desempolvaron una rivalidad conocida.

Flash.

Sus putos ojos me hechizaron.

Flash.

Mi boca se abrió por el deseo.

Flash.

—No entiendo por qué te comportas así —murmuró Delilah acercando su rostro al mío—. Al final todo salió bien. Mejor que bien. Lo logramos.

Flash.

—Eres la chica más inteligente que conozco, no hace falta que te cuente los motivos, ¿verdad?

El destello del flash iluminó la incomprensión en su semblante.

—No me conoces —me cortó ella—. Y tú ya no eres el mismo.

—Exacto. Ya no soy el idiota de antes.

—Creo que ahora incluso lo eres más.

Le puse una mano en la nuca y la observé desde arriba mientras respirábamos el mismo aire. Una ráfaga de disparos descontrolados se cernió sobre nosotros.

—Estoy intentando parecerme a ti, reina del desierto —le susurré—. Y, viendo tu reacción, debo de estar haciendo un trabajo cojonudo.

—¿Por qué? —Sus ojos desbordados de sorpresa fueron un regalo que no había pedido.

—Porque tienes la misma cara de fastidio con la que yo me levantaba cada mañana cuando estábamos en el rodaje.

Flash.

—Delilah —la llamó la fotógrafa—. Ahora quiero que te montes en el caballo y te tumbes sobre él. Y tú, Ronan, aléjate un poco y simplemente obsérvala. Embelesado. Saca todo lo que tengas dentro.

Hicimos lo que nos pedía con una contundente profesionalidad.

Y, cuando me llegó el momento de mirarla, quise enterrarme en todo mi rencor.

Delilah estaba encima del caballo, tumbada de espaldas.

Su melena caía sobre el lomo y sus piernas apretaban al animal.

Me miraba con la cabeza ladeada. Y yo la miraba a ella.

La agitación que sentía dentro se debía a su presencia. Solo a su presencia.

Detestaba admitirlo, pero, cuando Delilah y yo nos juntábamos, las cosas encajaban, se transformaban, viraban en la misma dirección.

Todos los elementos de la naturaleza estaban en su sitio.

La armonía reinaba, a pesar de nosotros.

De las diferencias. De las tensiones. Éramos como una bandada de estorninos coordinándose en la danza del atardecer.

Una cosa innata. Y eso era algo que ni siquiera mi odio podía hacer desaparecer.