Un amor inventado 36. HUIR
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36. HUIR

HUIR

Ronan

Mis anillos desprendían su aroma. Su esencia estaba anclada en mi piel.

Y mis ojos no se habían cerrado en toda la maldita noche.

La emoción que me provocaban los recuerdos era tan poderosa que rememoraba el tacto que habían tenido sus labios sobre los míos.

Era tan grande la necesidad de ella que me había mantenido en vela a la espera de un nuevo día para correr a buscarla.

Cuando salí de mi habitación esa mañana, el hotel estaba más en calma que de costumbre.

Recorrí varias plantas con un nudo en el estómago y enfilé el pasillo que sabía que conducía a su suite.

Llamé al menos seis veces con la intención de ponerla contra la pared de nuevo y hundirme en su boca.

Pero allí no había nadie. Solo yo con mi silencio y el ruido sordo de pisadas lejanas en los corredores.

Volví sobre mis pasos y entré en el ascensor para bajar a la recepción.

La chica ya me conocía y, cuando le pregunté por qué no me habían contestado en la suite de Delilah Williams, solo me respondió:

—Porque hace un par de horas que se ha marchado.

La falta de sueño me golpeó de pronto. ¿Se había ido? ¿Adónde? ¿A dar un paseo o a los putos Estados Unidos?

—¿Y no ha dejado ninguna nota o mensaje para mí? —me atreví a preguntar, sintiendo cómo la esperanza me destruía por dentro.

—Nada, señor —contestó la chica negando con la cabeza—. Lo siento.

Un escalofrío que llevaba su nombre me atravesó la columna.

Había llegado el final, y ni siquiera se había dignado a despedirse después de todo lo que habíamos compartido. Después del encuentro de la noche anterior.

Supongo que así era sentirse usado.