Un amor inventado 33. UNA DESPEDIDA #3
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33. UNA DESPEDIDA #3

Alcé mi cabeza y le aticé un mordisco travieso en el labio inferior.

Sus ojos se encendieron aún más y luego ya no hubo nada lento.

Con un movimiento veloz, Ronan puso sus labios sobre los míos y reclamó mi boca.

Ese beso no era suave como la pluma que Heathcliff me había pasado por la piel.

Ese beso era el vuelo frenético de un ave rapaz.

Abrí los labios húmedos y él los atravesó con su lengua hasta alcanzar la mía.

Y lo olvidé todo. Mi mundo en ese momento estaba conformado por unos labios carnosos que se movían enloquecidos, el aroma de la menta y el roce de mis dedos con el pelo que le crecía en la nuca.

Nuestras lenguas se abandonaron a una batalla por conquistar el gemido más apasionado que brotara de nuestras gargantas.

Solo sentía. Volaba. Y caía...

Pero sus manos me sostuvieron. Una, afincada en el cuello, me acariciaba con cierta ternura, un gesto que contrarrestaba con la dureza de su lengua reivindicando cada rincón de humedad.

La otra mano, posada en mi cintura, reteniéndome contra él.

El pecho de Ronan se apretó contra el mío y su mano descendió hasta la manga de mi escote barco.

Yo no quería que se alejara, pero en medio de los jadeos contenidos y de una fricción que se volvía insoportable, tuvimos que tomar aire.

—Joder... Me tienes fascinado —murmuró mientras me miraba desde arriba—. Sabes a cerezas, Delilah. Y quiero seguir. Ahora mismo no estoy siendo razonable.

—Es que no quiero que lo seas.

Me quedé suspendida dentro de la imagen más erótica que había visto en mi vida: sus labios maltratados por los míos contemplados desde abajo.

Su boca sí que era una obra de arte, la protagonista de una historia antigua.

Y sus ojos... sus ojos me observaban con hambre.

Y yo estaba segura de que los míos gritaban de sed.

—Tócame. —Mi voz sonó atrevida—. Ni se te ocurra quitarme las manos de encima.

—Créeme cuando te digo que no pienso hacerlo.

Con un movimiento sofisticado me di la vuelta ofreciéndole la espalda, y lo miré por encima del hombro.

—Ven —le ordené—. Abrázame.

No había terminado de decir aquellas palabras cuando tuve su pecho presionando mi columna.

Sus manos se aferraron de nuevo a mis caderas y eché la cabeza hacia atrás.

Sus dedos apartándome la melena a un lado.

Sus labios en mi cuello. Su lengua acariciándome el mentón.

Una de sus manos viajó hasta uno de mis muslos y empezó a trazar caricias que ascendían más y más arriba.

—Espera un momento... —Paró, y lancé un suspiro de contrariedad—. Voy a quitarme los anillos para no hacerte daño.

—Déjatelos puestos... —El tacto de su nariz rozando mi cuello me estaba volviendo loca—. Podemos jugar a que yo soy Cathy y tú eres Heathcliff durante una noche más.

La risa oscura de Ronan me retumbó en la nuca. Luego, la mordió. Tiró de la piel con cuidado antes de besarme y respirar profundamente contra mi cuello.

—No eres Cathy —sentenció con la voz ronca—. Tú eres Delilah Williams y yo soy el puto Ronan O’Connell. Y puedo notar tu calor en mis manos.

Sus dedos llegaron al vértice de mis muslos y se detuvieron. Me arqueé sobre su pecho para pedirle clemencia, o lo que era lo mismo, que continuara.

—¿Y bien? —preguntó, dueño de un autocontrol que yo desconocía.

Giré la cabeza, choqué con el perfil de su rostro y enterré mi boca en su cuello.

Lamí aquella piel que se erizaba bajo mis labios y su mano empezó a moverse.

Busqué la que tenía libre y se la coloqué encima de uno de mis pechos.

Ronan lanzó un gruñido salvaje que me hizo entender que su deseo solo crecía más y más.

En cuanto sus dedos palparon mi ropa interior, mi respiración se intensificó.

—Por Dios —maldijo en un susurro a la vez que frotaba por encima de la tela mojada.

Gruñí de puro alivio y apreté su mano contra mi seno. Me abrazaba por detrás y yo sentía que me iba a desmayar. Le busqué la boca y él me alcanzó un segundo después para intentar devorarnos vivos en una lucha que no estaba claro si tendría un perdedor.

—Joder... —jadeó sin aliento cuando nos separamos un poco—. ¿Puedo...? ¿Me dejas...? ¿Me dejas meterte un dedo?

Teníamos nuestras caras a centímetros de distancia y los ojos fijos en los del otro.

—Te odiaré si no lo haces.

Le vi sonreír antes de sentir cómo me apartaba las bragas, deslizaba un dedo por aquella hendidura agonizante y me penetraba hasta pararme la respiración.

Tuve que apoyar la frente contra la estantería mientras le suplicaba con mi propio cuerpo que continuara.

Me retorcí contra su mano de una manera obscena mientras él me besaba la nuca y se frotaba contra mí emulando el mismo movimiento de su dedo.

El metal frío de su anillo se abría paso por mis paredes calientes y me abandoné a aquella sensación que me hacía viajar a un lugar blanco, celestial, apartado de todo.

Un lugar inalcanzable en el que solo existían los sonidos que brotaban de mi garganta y el envite embriagador de su mano dentro de mí.

Llegó un momento en el que no podía soportarlo más.

El auge antes de derrumbarme por el placer más puro y visceral me acechaba. Solo aumentaba, aumentaba, aumentaba...