34. UN DESEO ABRUMADOR
UN DESEO AbrUMADOR
Ronan
El espacio se llenó con nuestros jadeos.
Un instinto casi animal se apoderó de mi cuerpo para que la colocara de esa manera frente a aquella estantería repleta de toallas.
No podía pensar. No podía parar. Solo podía olerla, saborearla en mi saliva y sentirla en mis dedos.
Estaba empapada. Su cuerpo empezó a temblar con violencia cuando aumenté el ritmo y lo acompañé de las embestidas de mis caderas contra su espalda.
Adivinar su deseo de liberación me pareció igual de natural que leer en sus ojos.
Iba a contraerse en torno a mí, por mí, y mi corazón jamás había retumbado con tanto frenesí contra mi pecho.
Un segundo después, se corrió como lo hace una diosa.
Con el cuello estirado hacia arriba y la boca gritando de gozo.
Presenciar aquello hizo que me replanteara la puta existencia.
Y tener la evidencia de que ese quejido final de placer tan hermoso que había emitido lo había provocado yo hizo que fuera suficiente.
Suficiente para derramarme dentro de mis pantalones.
Atravesando el éxtasis más absoluto, comprendí que ella también había descubierto mis instintos.
Con el movimiento lento y sensual de sus caderas, me acompañó hacia mi propia liberación.
Le mordí uno de sus hombros descubiertos y, después, nos quedamos abrazados en la misma posición mientras recuperábamos la normalidad.
Al rato, ella se dio la vuelta y su aspecto me traspasó dejando paso a un aturdimiento del que era muy difícil escapar.
Otra vez se había convertido en un animal mitológico, en esa mujer irreal con la que yo había soñado. Y jamás había estado más lejos de la Delilah Williams que alumbraban los focos. Estaba deshecha, tenía el pelo despeinado y los ojos extasiados de liberación.
Y yo solo tenía los calzoncillos mojados.
De repente, la vergüenza se apoderó de mí y reculé hacia atrás al tiempo que me llevaba una mano a la frente para limpiarme el sudor. Agaché la mirada, martirizándome por la cagada que acababa de protagonizar.
—Pensaba ayudarte a libertarte, Ronan —habló ella, hundiéndome aún más en mi deprimente autocontrol.
Decidí subir la cabeza y enfrentarla. Lo que vi me hizo arder en deseos otra vez. El vestido aún más caído por los hombros, la parte superior de los pechos apretados y la falda subida anclada en sus caderas.
—Parece que con tu presencia es más que suficiente —solté con un enorme descaro del que no me enorgullecía.
Encontramos nuestras miradas de nuevo. Ella me estudió de arriba abajo, una y otra vez.
Estaba exhausto, mojado y a punto de empalmarme de nuevo.
Cuando levantó la cabeza, recuerdo que me llamó la atención cómo su expresión mudaba a otra de absoluta entereza y control.
La Delilah bajo los focos. Una sonrisa superficial le trepó por el mentón hasta llegar a sus labios y se colocó bien la ropa con una parsimonia envidiable.
—Tengo que salir para empezar a lidiar con este puñetero circo —dijo con firmeza antes de dirigirse a la salida.
No sabía a qué se refería, porque yo estaba en otra galaxia, suspendido en el espacio exterior. Aún no había logrado regresar del mejor viaje de mi vida. Y eso que había rodado una película a su lado. Cuando por fin bajé a la realidad y quise pedirle que se quedara, Delilah ya se había marchado.