Un amor inventado 33. UNA DESPEDIDA #2
30%

33. UNA DESPEDIDA #2

—¿Y bien? —quise animarlo a arrancar.

Me apoyé en una de las estanterías para quedarme frente a él, a un par de metros de distancia. Encontré cierta comodidad en la tela esponjosa de las toallas que percibía contra mi espalda, parcialmente descubierta. Él aún me observaba desde cerca de la puerta.

—Solo quería darte las gracias.

—¿Y eso por qué? —pregunté, confundida. Y también un poco decepcionada.

—¿Que por qué? —repitió él, con un gesto de querer pelearse con todo el mundo sin excepciones—. Bueno, por dejarme acompañarte en este viaje. Me he pasado todo el día de hoy pensando en cómo llegar a ti para agradecértelo antes de que volvamos a lo de antes.

—No creo que podamos volver a lo de antes, aunque lo intentemos con todas nuestras fuerzas —lo interrumpí; necesitaba parar lo que me estaban provocando sus palabras.

—Bien. Porque no quiero volver. Esta ha sido la mejor experiencia de mi vida y estoy empezando a creer que es porque tú has participado en ella.

Temblé y me apreté más contra el montón de toallas al observar cómo Ronan comenzaba a acercarse lentamente hacia mí.

—No puedo más que alucinar al pensar en todo lo que he aprendido de ti, en lo generosa que has sido en el set conmigo.

Yo no tenía ni idea de todo lo que implicaba hacer una película como esta.

Y tu experiencia me ha acompañado y me ha ayudado.

Creo que hasta esta misma tarde no he sido consciente de todo eso.

—Solo lo hacía por beneficio propio. Confié en este proyecto desde el principio, sabía que tenía muchas posibilidades de salir bien.

—¿Por beneficio propio? —bufó—. Ya. Lo siento, pero no te creo.

Te conozco. —Sus ojos me atravesaron sin escapatoria—.

Al menos conozco a la actriz que me ha robado la puta cordura.

Ante un talento así, a uno solo le queda entregarse al arte y convertirse en uno de sus discípulos.

Porque déjame decirte, Delilah Williams, que tú en ti misma eres una definición de arte.

Y de la inmortalidad que arrastra consigo.

Su discurso provocó que mi máscara cayera y que me fundiera con el calor que emanaba de mis mejillas.

Ronan me estaba abriendo el pecho y yo quería que se colara dentro.

Solo él. La distracción. La confianza mutua.

Era lo opuesto al miedo que sentía en relación con el mundo exterior.

Mi cuerpo anhelaba sus manos. Y mi mente añoraba un motivo por el que sentirme viva, y también deseada.

Algo que me hiciera escapar de la cárcel de la humillación.

Así que solo me sumergí en el negro de sus ojos, en su rostro iluminado por el tenue resplandor azul que se colaba por una pequeña claraboya.

Él esperaba una respuesta por mi parte y yo no podía dejar de mirarlo, de sumergirme en su cuerpo, en su pelo desordenado, en la argolla minúscula que atravesaba el lóbulo de su oreja.

Decidí que también quería palparla, al igual que ese anillo de águila en su dedo.

La tensión en sus hombros era evidente y yo necesitaba el consuelo que él podía ofrecerme.

—Contéstame a una pregunta —solté.

—Adelante.

—¿Te gustaría besarme, Ronan O’Connell?

Aquellas palabras salieron disparadas de un lugar escondido muy dentro de mí. El silencio se volvió espeso a medida que su mirada recorría mi cuerpo y sus ojos se posaban de nuevo sobre los míos. Él era actor, pero no podía ocultar el deseo. Hay cosas que no se podían disfrazar.

—¿Es una pregunta trampa?

Me reí ante su duda, pero enseguida respondí:

—No.

—Sí.

—Sí, ¿qué?

—Me has preguntado si me gustaría besarte. La respuesta es sí .

La postura de Ronan era la de un animal salvaje antes de lanzar un ataque mortal.

—¿Pero? —Otra vez había leído su duda.

—Tengo otra pregunta para ti. —Asentí para que continuara—. ¿Qué pasa con Alan Jones?

El miedo volvió a despertarse en mi cabeza y sé que él pudo percibirlo.

—Alan y yo ya no somos nada.

Lo desafié con la mirada. Fueron segundos, o minutos, ni siquiera lo sé.

Pero mi piel me gritaba que quería que él la tocara de nuevo.

El impulso incontrolable que sentía en mis entrañas contrarrestaba el debate interno que parecía mantener Ronan, quien en ningún instante había cortado el contacto con mi mirada.

—A la mierda... —rugió.

Dio un paso adelante y luego eliminó la poca distancia que nos alejaba.

El animal se liberó. Su cuerpo chocó con el mío y nos apretamos.

Reconocí su aliento en mis labios mientras nos mirábamos desde tan cerca que incluso me fijé en el pequeño lunar que florecía sobre uno de sus párpados.

Levantó la mano y la encajó en mi cuello.

Yo le agarré con fuerza de la camiseta. Después, descubrí el deseo que brotaba de su boca cuando la abrió para hablar.

—¿Estás segura de que quieres esta despedida...?