Un amor inventado 33. UNA DESPEDIDA
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33. UNA DESPEDIDA

UNA DESPEDIDA

Delilah

Todo había salido a la luz. Esa misma tarde, después de conectar el móvil, me había dedicado durante horas a envenenarme con los cientos de fotografías, artículos y reacciones que inundaban internet.

Tuve que recurrir a la botella de champán guardada en el minibar.

Repasé desde todos los ángulos de cámara posibles la infidelidad en una playa de California del que había sido mi novio.

Estudiaba cada foto acompañada de una elegante copa. Luego de otra. Y de otra.

Lo malo de los rumores era que en la mayoría de las ocasiones eran ciertos.

Sobre todo, cuando apuntaban en una misma y clara dirección.

En el caso de Alan, esa dirección era una tarde de excesos en un yate en un rincón del Pacífico, en compañía de una chica rubia que no era yo.

Llegó un momento en el que asumí que mi propósito era torturarme.

Observaba una y otra vez cómo Alan la había abrazado, cómo sus manos estaban encima de una de las nalgas de la chica.

Cómo, al caer el atardecer, compartían un apasionado beso antes de conducirla al interior del barco.

Había fotografías.

Pero también había vídeos.

Los vi todos. Varias veces.

Y, cuando Jane vino a buscarme al cabo de un rato para informarme de lo que estaban contando los medios, su cara me dio a entender que las cosas iban realmente mal.

Quizá la mejor opción sería comprar una pistola y pegarme un tiro en la sien antes que enfrentarme a aquel esperpento.

Había quedado como la cornuda de América.

Y el odio tan hiriente hacia mí que se respiraba en los rincones de cualquier red social se contradecía con lo que había en el otro extremo, bajo el abanico de lo público: solo una chica con un corazón hecho pedazos.

—Ya sabes lo que pienso, Lilah —comentó Jane, colgando el vestido en el armario—. No tienes por qué acudir a la fiesta. Vamos a enfrentarnos a esto, como siempre lo hacemos, pero quizá hoy no es el día más adecuado. Estás en primera línea de fuego.

—¿Y qué? —pregunté al aire mientras me terminaba otra copa de champán—. ¿No es ese mi trabajo? ¿Dar la cara cuando todos opinan con la libertad de creerse jueces y condenarte a algo peor que la muerte?

—No, Delilah. —Jane se colocó frente a la cama—. Ese no es tu trabajo, para nada.

—Ya no sé qué más hacer para que me tomen en serio.

—Lo entiendo. Y no pasa nada si hoy no vas a la fiesta, Lilah.

—Es mi deber.

—Tu deber no es sufrir humillaciones mediáticas constantes.

—Estoy en la cima y la fama exige estas cosas.

—No cuando los derechos de una persona se ven violados una y otra vez —alegó ella con una seriedad que hizo que me encogiese—. Y, por cierto, sé que no es el mejor momento para informarte de esto, pero...

—¿Qué?

—Las fotos y los vídeos eran pactados. Alan nunca quiso que no se publicaran, solo que salieran cuando más daño te pudieran hacer. Es decir, hoy. Por eso no debes ir a esa fiesta.

El único resquicio de esperanza que me quedaba dentro se esfumó.

Él me había hundido a conciencia, y la gente nunca se enteraría.

Él era el que me había sido infiel, pero para todas esas personas la culpa recaía sobre mí.

Siempre había sido así. A lo largo de los años, la opinión mediática se había inclinado a señalarme.

Era una mujer joven que había crecido y se había transformado ante los ojos del mundo.

Y cada una de esas personas que estaban detrás de sus pantallas esperaban el mínimo desliz para atacarme sin piedad.

Crecer ante las cámaras había tenido la consecuencia de que todos se creyeran con el derecho de opinar sobre mi vida.

De criticar cualquier tropiezo. De tergiversar la realidad y modificarla según sus deseos.

Y el odio había ido a más, sobre todo después de aparecer en la película que hundió mi reputación.

Alan me había sido infiel, había traicionado mi confianza y me había faltado al respeto, pero para esas personas yo era la culpable.

Por no ser lo suficientemente buena para él, porque la imagen de Alan raras veces se veía comprometida.

A él, una estrella del rock, se le permitía todo.

Y yo solo era una actriz insufrible y desafiante que lo había atrapado entre sus redes.

Y ya no tenía fuerzas para enfrentarme a ello.

No hice caso a los ruegos de Jane. Por la noche, la maquinaria se puso en funcionamiento y el maquillaje y la ropa de firma tomaron el control para que pudiera acudir a aquella fiesta con la cabeza bien alta.

Y es que una cabeza bien alta podía esconder una herida del tamaño de un meteorito.

Yo era la prueba. La gente murmuraba a mi alrededor, cuchicheaban sin atreverse a cruzar la mirada conmigo y yo me limitaba a sonreír y fingir que era feliz.

Cuando me quedé sola en la barra, con Jane encargándose de miles de asuntos a mi alrededor, capturé la cereza hundida en mi manhattan , me la metí en la boca y busqué a Ronan por la casa.

Mi mente me pedía verlo a gritos, distraerme centrándome simplemente en observarlo, como había hecho las semanas anteriores dentro del set.

Y también fuera, a pesar de que no lo admitiría en voz alta.

Lo encontré segundos más tarde, dentro de la zona que habían acotado como pista de baile.

Había vuelto al negro en su vestimenta, a su cazadora y a esos anillos plateados que le decoraban los dedos.

Mantenía esa actitud rebelde tan arrolladora y a toda Irlanda encerrada en su sonrisa orgullosa.

Ronan poseía un carisma natural del que todavía no era consciente.

A pesar de que Helen le estuviera dando muestras más que suficientes de ello.

Se pegaba a su cuerpo con el propósito de acaparar toda su atención.

Me llevé la copa coupé a los labios y, al volver a posar los ojos en el lugar de antes, me estrellé con su mirada.

El negro que encontré allí me pellizcó la nuca y, de repente, saboreé el miedo.

Un nuevo pavor que provenía de que él, que había sido mi escape secreto lejos de mi vida real, se hubiera enterado de todo y como tantos otros me viera solo como la pieza central de un cotilleo.

Algo pequeño se fracturó dentro de mí al pensar que ahora su atención la tenía Helen, y no yo.

La película se había acabado y nuestra relación, esa que en muchas ocasiones había sido difícil de gestionar, también había llegado a su fin.

Aparté la mirada, deprimida porque el reloj no se parase justo ahí, en el momento exacto en el que apuraba todo el whisky mezclado con el vermut rojo, y me dispuse a marcharme.

El alcohol bajó por mi garganta provocando en mí una falsa confianza de la que me aproveché para alejarme de la barra y mezclarme entre la gente.

Muchas personas me reclamaron entre conversaciones triviales y promesas efímeras.

Durante lo que me pareció una eternidad, sonreí con los dientes al descubierto y fingí que me estaba divirtiendo.

Todos me colmaban de halagos y la mayoría querían enterarse en primicia de cuál era exactamente mi situación sentimental.

Y yo solo quería gritar. Pero sonreía. Seguía sonriendo.

Seguía fingiendo, todo el rato. Así que llegó un momento en que mis piernas se desconectaron de mi mente y empezaron a deambular hasta llegar al lugar donde la música sonaba de manera más estridente.

Cerré los ojos, comencé a mover mi cuerpo con lánguidas y despreocupadas sacudidas y me fundí en mi propia oscuridad.

Eso era mucho mejor que aquella lluvia de atención insoportable.

Vagué sin rumbo con la esperanza de no chocar con nadie y me sumergí en la música, que latía al compás de mi corazón.

No recuerdo el tiempo que pasé así, pero sí que cuando abrí los ojos tenía el cabello alborotado sobre la cara y nadie parecía estar mirando.

La adrenalina del baile me sumió en una sensación poderosa y suspiré de alivio cuando cambiaron de canción.

Y luego, sentí que una mano se cerraba en torno a mi brazo.

Al girarme, aún con la respiración agitada, me lo encontré de frente.

Ronan había emergido de entre la gente con su halo de oscuridad para recordarme lo que ya no iba a tener más.

—Delilah —dijo mi nombre por encima de la música.

—Ronan.

—Me gustaría hablar contigo antes de que te vayas —comentó él acercando su boca a mi oído.

Con profundas líneas dibujadas en su ceño, mi compañero esperaba una respuesta.

Pero, en lugar de hablar, le agarré del brazo como él había hecho conmigo y comencé a abrirme paso entre la gente.

Podía sentir su cuerpo caliente rozando el mío, sin dejar un resquicio de espacio entre mi espalda y su torso.

Cuando llegamos a la caseta de la piscina, en la parte trasera del porche, no me permití pensar.

Arrastré a Ronan hacia allí y abrí la puerta para que pudiéramos entrar.

El olor a algodón fresco y a suavizante fue lo que primero nos sacudió.

El pequeño habitáculo solo contenía estanterías repartidas por las cuatro paredes con centenares de toallas de rayas blancas y azul marino.

Me encontré con su cara de sorpresa cuando di media vuelta para comprobar que la cerradura se abría desde dentro.

Cerré la puerta sin echar el pestillo, y nos quedamos solos en medio del silencio.

Él me había dicho que necesitaba hablar y yo solo había buscado una forma de hacerlo, ¿verdad?

—¿Mejor aquí? —pregunté para romper el hielo—. Más vale que sea importante.

—Es importante.

Empecé a deambular alrededor de las estanterías para terminar comprobando que cada toalla estaba doblada de la misma manera, en un orden impoluto.

Quería darle un poco de espacio a Ronan porque lo notaba incómodo, un poco falto de palabras.

El rodaje había terminado y sentía que su aversión hacia mí de nuestros encuentros previos empezaba a florecer de nuevo.