Un amor inventado 32. UN ÁNGEL ESCULPIDO EN MÁRMOL
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32. UN ÁNGEL ESCULPIDO EN MÁRMOL

UN ÁNGEL ESCULPIDO EN MÁRMOL

Ronan

La celebración del final de rodaje de Heights era la primera fiesta del mundillo a la que asistía.

El lujo se respiraba en cada rincón del gigantesco porche cubierto por cristaleras de la mansión de uno de los productores, a las afueras de Londres.

A nadie le faltaba una copa de champán en la mano y los canapés volaban de un lado a otro en bandejas que portaban camareros bien uniformados.

La música sonaba a un volumen aceptable para permitir que toda la gente congregada en aquel evento pudiera participar en conversaciones animadas.

Al principio, me había sentido intimidado.

Pero, mientras deambulaba en busca de rostros conocidos, intenté tranquilizarme pensando que aquella era la fiesta de fin de rodaje de la que iba a ser mi película.

El sueño estaba a mi alcance.

Y todo el trabajo con el que había soñado un día, en los archivos grabados y custodiados por el equipo de Eliza Grey.

Justo en el centro de aquel lugar rodeado por una vegetación colorida y tropical que nada tenía que ver con el país en el que estábamos, había una piscina iluminada de la que brotaba vapor.

Un vapor que serpenteaba entre los nenúfares artificiales que se posaban sobre aquel manto de agua turquesa.

Caminé por el borde con la intención de encontrar una cara familiar entre toda aquella gente vestida con elegancia y opulencia.

Localicé a mi equipo en un extremo, justo al lado de una cristalera por la que se avistaba la última luz de la tarde coloreando el cielo.

Caminé hacia allí con el estómago burbujeándome por el inminente reencuentro con Delilah.

Yo tenía una misión. La más importante de todas.

Despedirme de ella y dedicarle unas palabras de sincero agradecimiento.

Me sentía feliz, me sentía pletórico, lleno.

Pero al día siguiente el bajón iba a ser descomunal.

No iba a engañarme pensando que mantendría el contacto con una de las mayores estrellas de Hol­lywood.

Por mucho que hubiéramos congeniado en un rodaje, veníamos de mundos muy distintos.

Por eso deseaba aprovechar lo que quedaba de noche. Con ella.

Pero cuando llegué, Delilah no estaba por ninguna parte.

—¡Hola, Ronan! —me saludó Helen, la actriz que interpretaba al personaje de Isabella—. Estás cambiadísimo, ¿qué te has hecho?

Sonreí mientras mi mirada se perdía entre otro grupo de gente con la única intención de encontrarla.

—Solo me he puesto mi ropa y me he quitado la mugre que Heathcliff llevaba encima —solté—. También me he peinado un poco.

Helen se rio y Austin, otro de los actores, apareció a su lado.

—Un negroni para ti —me ofreció tendiéndome un vaso lleno hasta el borde.

—Gracias.

—Estábamos hablando de que no conocemos al noventa por ciento de toda esta gente —cacareó Helen con su entusiasmo acaparador—. Y que justo al lado de aquella fuente de champán está Joseph Wells, el productor más conocido del Reino Unido.

Ese hecho debería haberme interesado, puesto que era información necesaria si quería hacerme un hueco en aquel sector. Pero mi mente ese día tenía una resaca emocional de mil pares de cojones, por lo que mi boca solo logró formular una única pregunta.

—¿Dónde está Delilah?

—¿Es que acaso esperas que nos honre con su presencia? —La pregunta de Austin retumbó entre los demás miembros del grupo, que pronto comenzaron a cuchichear en voz baja—. No creo que precisamente hoy haga su aparición estelar.

—¿Y eso por qué? —La gente parecía saber algo que yo desconocía.

—¡No importa, Ronan! —exclamó Helen levantando la copa—. Me prometiste que en la fiesta me sacarías a bailar.

No pude objetar nada cuando me cogió de la mano y me condujo hasta la pista que se encontraba al lado de la mesa del DJ. Era cierto que se lo había prometido. Una de esas promesas que no te apetecían cumplir ni entonces ni más tarde...

Aun así, me pasé la siguiente hora bebiendo y bailando al lado de Helen y de varias chicas que se unieron a nosotros.

Saludando a personas que se acercaban a interesarse por nuestra película.

Desarrollando el don de gentes que me habían aconsejado cultivar en este tipo de situaciones.

Y la verdad era que no se me daba mal esa danza de halagos fortuitos, amistades fugaces y disfrute instantáneo.

Todo iba sucediendo con un tempo de naturalidad, hasta que la masa congregada enmudeció al completo.

Giré la cabeza en la misma dirección que los demás y la vi abrirse paso entre la gente hacia la mesa de los cócteles.

Parecía que un foco que en realidad no existía proyectaba su luz dorada sobre su rostro, iluminándola y haciéndola resaltar por encima de los demás mortales.

O quizá fuera sencillamente su imagen. Había vuelto a su melena dorada y ondulada de siempre.

Lucía un vestido corto blanco con un escote que le caía por los hombros y dejaba su cuello al descubierto.

Subida a unos larguísimos tacones, pisaba con decisión y elegancia, a pesar de que algunas personas tenían el valor de volverse hacia ella y murmurar a su paso.

¿Qué tenían que decir? Tal vez todos estuvieran pensando lo mismo que yo.

Que era uno de esos ángeles esculpidos en mármol que decoraban los museos.

O una de esas divas de los cincuenta con un ojo cubierto por una onda de cabello y el otro libre y preparado para apuntar en cualquier dirección.

Y a mí, el disparo que fue su mirada me alcanzó el corazón.