31. EL FINAL
EL FINAL
Delilah
La semana transcurrió entre jornadas intensas, partidas esporádicas de ajedrez y charlas nocturnas antes de que todos emprendiéramos el regreso a nuestros hoteles.
Después de tantos días, nos encontrábamos tan cómodos en nuestra rutina que, en ese tramo final, la dinámica de trabajo se convirtió en algo que disfrutar y aprovechar al máximo.
Éramos como una familia numerosa en una cocina un domingo por la mañana antes de desayunar.
Hasta que llegó la última jornada de grabación y el silencio se instaló en el plató donde se iba a llevar a cabo la última escena.
El cansancio del mes y medio que llevábamos trabajando pesaba sobre todos nosotros, sí, pero también existía un halo de tristeza por lo que íbamos a perder.
En un rodaje siempre se establecía una intensa conexión que, sin embargo, quedaba cruelmente amputada cuando este llegaba a su fin.
A partir de entonces, a esas relaciones con un factor común ahora ya no las unía nada.
Y lo más seguro era que no volvieras a encontrarte con esas personas con las que llegaste a compartir incluso más que con algunos miembros de tu familia.
Así sucedía siempre. Y así iba a ser también en esta ocasión.
Cuando pensé que todo aquello que habíamos construido ya no estaría al día siguiente, sentí un poso en el estómago, un vacío que me subía por la garganta.
Entonces lo busqué por el set. Tuve que hacerlo porque quería observarlo por última vez.
Sabía que Ronan O’Connell se iba a convertir en un fenómeno mundial, era algo que profetizábamos todos los que le habíamos visto actuar.
Pero aún podía disfrutar de observarlo solo para mí.
Enfundado en su disfraz de Heathcliff, deambulado de una esquina a otra, deseando aprender y empaparse de todo su alrededor.
Los últimos días lo había tenido pegado a mi espalda, mientras que yo me empeñaba en llevar a cabo el mejor papel de mi vida: pretender que no había sufrido un ataque de pánico delante de mi compañero.
Gracias a los ángeles, él no me había preguntado nada.
Pero lo había visto conversando con Jane a la hora de la comida.
Y, cuando se daban cuenta de que los miraba, intentaban disimular que no estaban hablando sobre mí.
Yo ya había avisado a Jane para que la información que le revelara no fuera más que una parte del todo: que padecía claustrofobia severa y, en ocasiones, cuando me quedaba encerrada en espacios pequeños, el ataque de pánico sobrevenía con la misma facilidad que pulsar un botón. Ronan no necesitaba saber nada más.
No sabía si él también estaba melancólico por el final de aquella aventura.
Aunque, cuando lo tuve delante en la última toma, su mirada me atravesó y me expresó cosas que iban más allá de todo lo que existía en ese momento dentro del set.
Eliza había dejado para el final una escena sencilla.
Catherine y Heathcliff se veían en la granja de los Linton por primera vez después de varios años; él había regresado siendo rico y ella se había casado con otro.
Teníamos que ahondar en esa mirada, en esos sentimientos que ya jamás desaparecerían.
No había diálogo. Solo los ojos de uno sobre los del otro.
Y todo lo que nunca nadie comprendería entre ellos.
Quizá lo mismo que jamás comprenderían entre Ronan y yo.
Que éramos uno. Que llegábamos al otro de un modo irremediable.
En esa mirada, sentí que Ronan me gritaba un ruego.
«Espero que sigas bien cuando yo ya no esté cerca».
Juro que sentí cómo lo decía dentro de mi corazón.
Entonces Eliza gritó un «corten» emocionado y los demás empezaron a aplaudir y a vitorear.
La primera que me abrazó fue Jane, y luego todo el equipo se fundió en un abrazo conjunto.
Cuando la directora apareció delante de mí y observé sus lágrimas, supe que lo habíamos logrado.
Que hacía unas semanas teníamos demasiado miedo y una confianza ciega, pero ahora ya por fin teníamos la certeza.
El jefe de Producción apareció con un enorme ramo de rosas blancas y vino a mi encuentro.
Sonreí mientras alcanzaba el ramo y daba las gracias a todos.
Y luego, Ronan estaba frente a mí.
Con su elegante atuendo y el pelo peinado hacia atrás. La segunda vida que tuvo Heathcliff y que, a pesar del lujo, también fue desgraciada y violenta.
—Conque rosas blancas, ¿eh? —Su deslumbrante sonrisa eclipsó toda la felicidad reinante.
—Son mis preferidas.
—Debí imaginármelo —confesó—. ¿Puedo abrazarte?
No le contesté. Fui yo quien apreté el ramo contra mi cuerpo y rodeé a Ronan con el brazo que tenía libre.
Sentí su cuerpo envolviendo el mío y un beso fugaz en la coronilla.
Era la mejor de las despedidas. En los brazos en los que me había sentido segura, libre y protegida de todo aquello a lo que tenía que enfrentarme al día siguiente.
—Nunca antes me he sentido tan pleno como cuando actúo contigo —me susurró al oído mientras yo me estremecía con su cálido aliento olor a menta.