30. DAME LA MANO
DAME LA MANO
Ronan
Llevaba días pensando en Delilah. Me levantaba por las noches con el corazón atropellado sintiendo mis manos sobre su piel.
Tampoco ayudaba la ansiedad que me generaba el paso de los días, porque no quería que la grabación de aquella película, que se había convertido en todo para mí, terminara.
Intentaba engañarme asegurándome que ese sentimiento tenía que ver con despedirme de la familia que habíamos creado, y no con que una vez que acabáramos la secuencia final, Delilah desaparecería de mi vida.
Solo me consolaba pensar que, si el público llegara a experimentar una pequeña parte de lo que yo había sentido al interpretar junto a ella, todo estaría bien.
Heights se convertiría en un éxito rotundo.
La relación que habíamos establecido a lo largo del rodaje era tan sólida que incluso había ocasiones en que se referían a nosotros como un pack.
Al igual que Heathcliff y Catherine. Cuando estábamos en el set nos preguntaban: «Ey, chicos, ¿queréis agua?
», «Ey, chicos, ¿os hace falta otro abrigo?
», o en los últimos días, lo más repetido: «Ey, chicos, concentraos y sacadlo a la primera; tenemos que seguir con el torneo de ajedrez».
La cuestión era que Delilah se había relajado a mi alrededor, y yo ya no era tan tocanarices como antes.
Así que existíamos como si el tiempo que habíamos compartido todas esas semanas atrás hubiera creado por fin un cordón invisible que nos unía en nuestro cometido.
Por aquel entonces, ya imaginaba que nunca me compenetraría con nadie de la forma en la que me compenetraba con ella.
Su manera de moverse, la lentitud en su parpadeo o el modo en que fruncía con suavidad el labio superior me revelaban cosas sin que mi compañera las expresara.
Era un trabajo de fondo que irónicamente había comenzado el fatídico día que la conocí, cuando impacté de frente con el mito que había idealizado durante tantos años.
Deshacerme de la idea preconcebida que tenía de ella era también parte del proceso para conocerla de verdad.
Estaba convencido de que nunca encontraría a una compañera con la que conectara de esa forma tan profunda. Era una corazonada. Y existía algo que un actor debía tener más desarrollado que el resto de los mortales: su intuición.
Terminaron de limpiarme el maquillaje de la cara y salí de mi ensimismamiento al verme de nuevo reflejado como Ronan en el espejo.
Ya no quedaba ni rastro de Heathcliff. Suspiré, cansado por el peso de las horas, y me despedí de la maquilladora dándole las gracias.
Me giré y reparé en la silla de al lado, donde vi sobre el cojín el guion de Delilah, que parecía más grueso de lo que en realidad era por el desgaste de las hojas.
«Se lo habrá olvidado», pensé. Y luego, sin más, decidí cogerlo y llevárselo hasta su tráiler.
«Un buen compañero hace exactamente eso», me iba repitiendo una y otra vez a medida que me acercaba a mi destino. Pero mi subconsciente se empeñaba en echar leña al fuego, contestándole a mi mente: «Lo que ocurre es que hoy no has compartido escenas con ella y te mueres por verla».
Llegué a la puerta con la respiración avivada por los pensamientos. Llamé con dos golpes fuertes y no tuve que esperar mucho para oír su contestación.
—¿Sí? —Su voz se alzó al otro a lado.
—¡Soy Ronan! —respondí pegando mi boca a la rendija de la puerta.
—¡Pasa! ¡Está abierta!
Abrí y me adentré en su morada al mismo tiempo que un aroma a canela me advertía también de su presencia.
Delilah estaba sentada frente al espejo, vestida con su ropa y cepillándose la melena.
Nuestras miradas se encontraron en el reflejo del cristal y yo levanté el brazo en el que llevaba su guion.
—Te lo has dejado en el camerino —dije para romper el hielo a modo de explicación.
Cerré la puerta, eché el pestillo y caminé hasta el lugar donde Delilah se relajaba después de pasar todo el día rodeada de luces y cámaras.
—¿Acabas de cerrar con pestillo? —Su expresión cambió por completo y en la aguamarina de sus ojos apareció un pálpito de terror.
Así que desanduve mis pasos y quité el pestillo, que emitió un chasquido extraño.
—Perdona, ha sido por la costumbre, siempre lo hago en el mío —le expliqué mientras me acercaba para tenderle el cuaderno.
Al ver que no reaccionaba, la observé de nuevo con más detenimiento. Su tez, ya pálida de por sí, había perdido todo color. En el momento en el que se percató de que la estaba mirando se llevó una mano al cuello, como si buscara aliviar alguna molestia invisible. La cuestión era que me acojoné.
—¿Delilah? —Ella no contestó.
Estaba paralizada. Lo sabía porque la conocía. Porque la había observado durante demasiado tiempo. Porque estaba familiarizado con ella como nunca lo había estado con otro compañero. Era mi Catherine.
—¿Delilah? —pregunté de nuevo, con más suavidad esta vez—. ¿Estás bien?
Ella parpadeó y entornó esos ojos preciosos. Los apartó de mí, como si estuviera avergonzada.
—Ronan... —empezó a decir con una voz insegura que nunca le había escuchado—. Solo es que... —Se quebró de nuevo y se levantó de su silla, inquieta—. Necesito que abras.
—Claro, perdona, ahora mismo —me disculpé dirigiéndome a la puerta.
Seguro que a ella también le había sonado extraño el ruido que había emitido la cerradura.
Intenté abrir, pero estaba atrancada. Probé a echar el pestillo y no se movía; algo estaba roto.
Le di un empujón suave que tampoco sirvió de nada.
Miré a Delilah para dirigirle una sonrisa tranquilizadora, pero su mirada de terror me impactó tanto que empecé a sacudir la puerta con violencia.
—Vale. Va a sonar raro, pero es que se ha quedado atrancada y no puedo abrir. —Jamás en toda mi puta vida me había sentido tan condenadamente mal.
—¡¿Qué?! —Su alarido fue estremecedor.
Me asusté de verdad y reaccioné lo más deprisa que pude.
Me puse frente a la puerta intentando por todos los medios que cediera.
Incluso le di una patada para abrirla con fuerza bruta.
Pero no funcionó. Cuando me di la vuelta y la vi, el mundo se balanceó bajo mis pies.
El cuerpo de Delilah temblaba tanto que parecía que estaba luchando contra un ataque de fiebre.
Se tapaba la cara con las manos, como queriéndose esconder, y jadeaba como si acabara de esprintar tres kilómetros del tirón.
Lo supe. Supe lo que le estaba pasando, porque me acordé de repente de algunos de los niños con los que había compartido habitación en el centro de acogida. Ellos se habían despertado así muchas veces en medio de la noche.
Delilah estaba sufriendo un ataque de pánico y, por un momento, al verla así, a mí también me faltó el aire.
Tenía que reaccionar.
—Voy a llamar a Jane para que venga a abrirnos; no va a pasar nada, será solo un minuto. —No sé si quería tranquilizarla a ella o a mí mismo—. ¿Recuerdas dónde has dejado el teléfono?
Delilah apoyó la cabeza contra la pared con ahínco mientras hiperventilaba, pero se las ingenió para señalarme la mesa. Volé hacia allí y se lo acerqué.
—¿Puedes decirme la clave?
—Siete, cinco, siete, cinco —escupió como una autómata mientras yo desbloqueaba su móvil.
Entonces empezó a llorar y escondió el rostro entre las manos. Y el fuego de la venganza se encendió dentro de mí. Pero... ¿contra quién cojones había que luchar? Ni siquiera lo sabía, joder.
—Jane —dije cuando su amiga respondió con celeridad—. Es Delilah, estamos en su tráiler y nos hemos quedado encerrados. Necesi...
El sonido de la línea al cortarse me interrumpió.
—Ya viene para acá.
No tenía ni pajolera idea de si Jane venía, si me había escuchado o no, pero tenía que calmarla como fuera.
—¿Delilah? Voy a acercarme, ¿vale?
Gracias a los dioses, ella asintió muy levemente con la cabeza sin dejar de temblar.
Se derrumbó en el suelo y se sentó con la espalda empujando contra la pared.
Joder. Me senté frente a ella. Algo que no había experimentado jamás y que me sabía amargo en el cielo de la boca me golpeó justo cuando se apartó las manos de la cara y vi sus lágrimas.
—Mierda... —solté sin poder evitarlo—. ¿Qué pasa, Delilah? Quiero ayudarte, pero tengo miedo de empeorarlo...
—No es por ti, no es por ti, no es por ti —repitió como un mantra mientras su cuerpo se sacudía—. Me estoy ahogando.
—Tranquila —le dije, tratando de tomar el control de la situación—. Es solo un ataque de pánico, va a pasar.
—Lo-o-sé —tartamudeó—. Pero-me-e as-fi-xio.
—No vas a quedarte sin aire —le aseguré—. Si hace falta yo te doy el mío —intenté bromear, y algo cálido le cruzo la cara. Después, cerró los ojos—. Tan solo respira... —le susurré—. La respiración se va a calmar sola... ¿Puedo ponerte una mano en la rodilla?
Ella asintió. Me miró con sus ojos de acuarela y me quise bañar en ellos para llevarme todo su sufrimiento. Cuando le toqué la rodilla, le di un suave apretón para que sintiera mi apoyo.
—Estoy aquí contigo, todo va a ir bien, te lo prometo.
Quería abrazarla. Abrazarla muy fuerte y que se sintiera a salvo entre mis brazos.
Pero no debía hacerlo, porque eso podía agobiarla aún más.
En su lugar, tendí una mano entre nosotros y recé durante unos segundos para que la aceptara.
Lo hizo. Colocó la suya sobre la mía y yo envolví sus dedos fríos con devoción.
Y tan solo lo comprendí. Ese fue el momento en que todo me golpeó con la intensidad de una ola traicionera.
—No te voy a soltar, Delilah. Concéntrate en nuestras manos y respira.
Mi corazón empezó a tranquilizarse cuando comprobé que posaba su mirada en ellas y su respiración comenzaba a calmarse un poco.
Pasaron un par de minutos antes de que escucháramos el sonido de una llave entrando en la cerradura y la puerta abriéndose.
Delilah miró por encima de mi hombro y suspiró, con un alivio inmenso, pero todavía temblando sentada en el suelo.
Seguía sosteniendo mi mano cuando Jane se puso delante de ella y le tendió una botella de agua.
—Ya estoy aquí y la puerta está abierta, Lilah —anunció—. ¿Me oyes?
Delilah cerró los ojos y se derrumbó, abatida, con la derrota supurando por todos los poros de su cuerpo.
No quería soltarle la mano. Ni en un millón de años.
Pero la mirada que Jane me dedicó me advirtió de que ya era hora de que me fuera y les dejase algo de intimidad.
Me levanté con cuidado y le eché una última ojeada a mi compañera antes de salir en completo silencio.
La certeza me sacudió tan fuerte que empecé a sentir los latidos del corazón en las sienes.
Porque en ese momento me quedó claro que Delilah Williams no era la imperturbable estrella de eterna sonrisa que mostraba al mundo.
Esa solo era su máscara. Un disfraz perfecto diseñado para complacer a todos.
Detrás de esa intérprete maravillosa que era, existía algo más profundo que sufría, anhelaba y se rompía.