29. JAQUE MATE
JAQUE MATE
Delilah
—Jaque mate —anuncié ante el tablero de ajedrez y el entrecejo arrugado de Mikel.
El pertiguista observaba a su rey como si le hubieran crecido tres cabezas y, en alguna de ellas, se vislumbrara una solución.
—¡Eh! ¡Ronan! —gritó aún sin levantar la vista—. ¿Puedes venir aquí un momento? Necesito una ayudita.
Ladeé la cabeza con una sonrisa triunfal y me encontré con los ojos de mi compañero de reparto detrás de sus gafas redondas de intelectual. Tenía el guion abierto sobre una mesa, y todas sus libretas alrededor.
—¿Hablas en serio? —gruñó Ronan—. ¡Antes he perdido dos partidas!
Estábamos en la sala del comedor del plató base, adonde se había movido toda la producción para el tramo final del rodaje.
Lo del ajedrez había surgido dos días atrás, cuando la ayudante de arte encontró un tablero antiguo en una de las cajas.
No se estaba utilizando para nada, así que decidimos usarlo durante la hora de la comida.
Y lo demás era historia. Mi abuela, además de buena actriz, también era una excelente jugadora de ajedrez.
Las buenas lenguas decían que ese rasgo robaba incluso más corazones que ser una de las intérpretes más deseadas del Hollywood de los setenta.
Ella fue quien me enseñó a jugar cuando apenas era una niña.
Ronan tiró la libreta sobre la mesa y se levantó maldiciendo entre dientes.
Cuando llegó, apoyó las manos sobre los hombros de Mikel y fijó su mirada en la partida.
Luego levantó la cabeza hacia mí y su aspecto me golpeó.
Dudaba que él mismo fuera consciente del atractivo que poseía, pues aún no se había percatado de las numerosas indirectas que la actriz que interpretaba a la virginal Isabella le lanzaba tarde sí y tarde también.
—Siento decirte que no hay nada que hacer, tío. Te ha apaleado pero bien.
—¡¿Y para eso vienes?! —preguntó el otro con toda la cara roja antes de arrastrar la silla hacia atrás.
Mikel se levantó y se marchó murmurando maldiciones. Ronan negó con la cabeza y me tuve que reír cuando se despeinó el pelo con las manos y me miró con pinta de acabar de salir de la cama después de una noche de fiesta.
—¿Ya has terminado de volverte aún más tarumba repasando tus anotaciones una y otra vez? —le pregunté con guasa mientras señalaba con la cabeza hacia el lugar donde descansaban sus libretas.
—Solo quiero hacerlo lo mejor posible, Delilah. —Ronan apoyó las manos sobre el respaldo de la silla y se acercó a mí—. Ya sabes que me gusta ir mucho más allá del texto.
—Interesante. —Fingí un bostezo en señal de aburrimiento.
Él sonrió, travieso.
—Solo quiero estar preparado por si se te ocurre darme otro mordisco.
Lo dijo mientras se llevaba los dedos hasta ese lugar en su mejilla que yo había apretado con mis dientes.
—Me alegra que aún lo recuerdes.
—¿Cómo lo iba a olvidar?
—Ya te pedí perdón por eso.
—¿Lo hiciste?
—En realidad, no. —Sonreí con cierta superioridad, mientras él se revolvía de nuevo ese pelo oscuro con el que ya me había familiarizado.
—No importa. ¿Sabes por qué? Porque, sin duda, ese se ha convertido en mi momento favorito de todo el rodaje.
Ante mi ceja enarcada y mis labios apretados, él solo pudo enseñarme sus dientes en una sonrisa socarrona.
—Tus expectativas eran bajas, ¿eh? —logré decir para disimular el cosquilleo que empezaba a nacerme en la planta de los pies.
—Para nada.
¿Estaba más cerca ahora? ¿O es que de repente hacía cuarenta grados en el norte de Inglaterra? Tumbé el rey en el tablero con un sonido sordo y me levanté de mi asiento intentando mantener la calma.
A mí, el corazón estaba a punto de salírseme del pecho, mientras que él no daba ninguna muestra de nerviosismo. Y quise darle la vuelta a la situación.
—Voy a buscar a Mary —dije entre tanto aturdimiento—. Me toca entrar en maquillaje y peluquería dentro de cinco minutos.