27. ESO ERA LA DEVOCIÓN
ESO ERA LA DEVOCIÓN
Delilah
Llegó un momento en que perdí la cuenta.
Nunca antes nadie me había preguntado tantas veces si me encontraba bien.
Cada vez que la cámara cortaba, cada vez que cambiábamos a un nuevo plano, cada vez que Lucy aportaba algo más a aquella coreografía, cada vez que su aliento se posaba sobre mis labios...
aparecían esas palabras, teñidas de un matiz preocupado y grave, escapando de la boca de Ronan.
Era cierto que al principio había tenido miedo de volver a enfrentarme a una escena de esa índole.
La última vez que había estado en la misma situación, el poco tacto por parte del director empañó la profesionalidad con que yo siempre abordaba mi trabajo.
Después de aquello, tenía miedo a exponerme.
Miedo a que me evaluaran, a que pudieran verme desnuda.
Cada vez sentía el disfraz más pesado, como un vestido encorsetado y asfixiante.
Y todo había empeorado cuando la película que contenía aquella escena se estrenó y se me hizo responsable de su fracaso.
Era la actriz, la cara visible, y eso me convertía en una diana pública a la que podían humillar.
Pero este proyecto era diferente. Confiaba en el equipo. Confiaba en Eliza. Y confiaba en Ronan. Lo hacía. Por alguna razón aún desconocida, sabía con certeza que sus manos no se sentirían incómodas sobre mi cuerpo.
Y así fue.
Cuando estábamos dentro de la toma, él me acariciaba, yo lo devoraba con la mirada.
Él me exploraba aquellas zonas en las que la sensibilidad se imponía.
Y yo solo aguantaba la respiración. Tan solo veía su rostro, los mechones de pelo espeso cayéndole por la frente, la noche despejada que eran sus ojos, las montañas en las que se convertían sus labios al susurrar un «¿Sigues bien?
». Su voz ronca me provocaba destellos en el estómago.
Algo que amenazaba con convertirse en algo más.
Algo por lo que se podría alcanzar la locura.
La mirada de Ronan me abrazaba llena de deseo. Él estaba actuando. Y yo, en ese momento, estaba perdida. Perdida y en paz. Hacía tantísimo tiempo que no experimentaba esa sensación de placidez que me dejé mecer. Dejé que me tocaran. Confié en esas manos como se confía en el amor de una madre.
Creía muy dentro de mí que había descubierto el verdadero significado de la devoción.
En medio de un rodaje, sí. Pero se palpaba real, igual que el latido de un corazón.
Imparable ante todo lo demás. Que te tocaran así, que el respeto mudo se convirtiera en admiración, no se podía comparar con nada en el mundo.
No existía ningún lujo como aquel. Encontrar la fuerza, la calma y el paraíso en los ojos de alguien.