26. NO TE DEJARÉ CAER
NO TE DEJARÉ CAER
Ronan
Siempre había un instante que significaba un antes y un después para un actor.
A veces era la grabación de su primera escena íntima.
Estaba nervioso, estaba exaltado, tenía un miedo atroz a cagarla.
Aunque, al entrar en la habitación donde pasaríamos la tarde trabajando en la secuencia junto a Eliza y a Lucy, la coordinadora de intimidad, mi atención recayó solo en ella.
Y ya no pude escapar de ahí. La incomodidad de Delilah envolvía la habitación como un manto áspero.
Me percaté por cómo sus manos buscaban refugio mientras atendía a las explicaciones de Lucy.
Cuando sus dedos no se escondían en el bolsillo de su pantalón, rondaban perdidos en la periferia de su cuerpo o volaban hacia el cuello, donde apretaban la piel ante un malestar invisible.
Durante las horas siguientes, nos limitamos a ensayar coreografías con nuestros cuerpos como protagonistas.
También a sentirnos cómodos con algunos ejercicios que implicaban confiar en el otro, como aquel viejo juego de tirarnos hacia atrás para que el otro te sostuviera.
Hubo un momento, un solo segundo, en realidad, en que pensé que me desnucaría, pero me dejé llevar sin dudar y aterricé en la guarida segura de los brazos de mi compañera.
Lo cierto era que había algo que me hacía acercarme a ella cada día más.
Cuando nos marchamos para prepararnos y volvimos al set totalmente desnudos y con esos ridículos parches de color carne sobre los genitales y los pechos de Delilah, comprendí que mi compañera de reparto lo estaba pasando mal.
Sentí un disgusto tan hondo que le pedí a Eliza que me acompañara a una esquina para poder enfrentar la situación.
—No está cómoda, Eliza —solté sin más—. ¿Es buena idea seguir con lo planeado?
—Esta misma mañana he tenido una conversación con ella. Le he dicho que podríamos prescindir de esta escena. Que no habría ningún problema porque lo más importante es su comodidad, por encima de cualquier película.
—¿Y bien?
—Se ha negado en redondo y se ha enfadado muchísimo... Ahora entiendo cómo te sientes a veces, Ronan. Da un poco de miedo —bromeó con los ojos brillantes.
Días atrás, aquello me habría alegrado los oídos, pero ahora no. En ese momento tan solo quería tranquilizar a Delilah. Y, por supuesto, no quería seguir con algo que la hiciera sentir mal.
—No sé si es buena idea... —decidí ahondar más en la cuestión.
—Ronan, vamos a ver cómo se desarrolla todo. Hemos convocado solo al equipo mínimo; ya sabes, cámara, sonido, una persona de Arte, Lucy y yo. Y piensa que la coordinadora os va a indicar y acompañar en todo momento.
Al menos la escena no era un coito, pensé.
Consistía tan solo en un juego entre unos adolescentes que se desvisten por primera vez y exploran el cuerpo del otro con una pluma y con caricias que no llegan más lejos que a calentar la piel.
Eliza había creado una atmósfera y unos visuales tan potentes que requerían de una total conexión y confianza por nuestra parte...
De liberarnos de todo lo exterior y solo estar en el momento preciso frente al cuerpo desnudo del otro y al alma atormentada del personaje.
Volví a la zona donde íbamos a grabar, sobre un montón de mantas viejas en el suelo de una buhardilla. Delilah ya estaba preparada con su camisón roído sobre el cuerpo y yo me puse rápidamente el pantalón zarrapastroso con el que Heathcliff dormía.
—Ey —la llamé cuando me acerqué a ella.
—Ey.
La actriz levantó la cabeza y me escudriñó con atención. La preocupación me trepaba por el rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—¿Estás bien?
—Sí —susurró mientras posaba sus ojos en el catre improvisado que teníamos al lado.
A nuestro alrededor, las pocas personas que trabajaban concentradas continuaban sumidas en sus tareas antes de que diera comienzo la acción.
—¿Seguro? —indagué con un tono más firme—. Podemos llamar a Lucy si no estás convencida de algo. Podemos cambiar cosas o parar cuando lo necesites. Parar cuando quieras, en realidad. ¿Hay algo que te incomode, Delilah?
Ella volvió a centrar su atención en mí y negó mientras me miraba directamente a los ojos. Y recuerdo que ese día respiré por primera vez dentro de esa mirada.
—Me parece bien lo que nos han planteado Eliza y Lucy —contestó—.
La coreografía de nuestras manos, las caricias leves, los besos sobre la piel...
Es la primera vez que voy a trabajar con una coordinadora de intimidad.
Y quizá, también por primera vez en mi carrera, me siento con cierta seguridad ante una escena como esta. ¿Tú te sientes incómodo, Ronan?
—No —respondí de inmediato—. Pero para mí es importante que confiemos el uno en el otro.
Jamás había hablado más en serio como en ese momento y supuse que ella lo percibió en la contundencia de mi voz. Así que asintió y se acercó aún más a mí.
—Vale.
—¿Puedo ponerte una mano en el cuello ahora? —Movió la cabeza en un gesto afirmativo—. Es solo para probar la temperatura de tu piel y ver si tengo que calentarme las manos.
Cuando mis dedos se posaron sobre la piel de su clavícula, temblaron por el contraste. Mis manos estaban más calientes, y ella recibió ese cambio de temperatura como algo positivo, porque cerró los ojos antes de volverlos a abrir y posar en mí su mirada aguamarina.
—Esta es la escena más especial del guion, por eso quiero rodarla —aseguró Delilah, decidida—. Quiero que lo hagamos bien, Ronan. Como hasta ahora. Quiero sumergirme en la historia y sentirla. Se lo debo al personaje.
—Lo único que te debes a ti misma es no traspasar tus propios límites.
—Confío en ti. También en tus manos. —Aquello me dejó aturdido—. Ahora vamos a hacer lo que más nos gusta.
Se dio media vuelta, cogió sus auriculares de donde estaban apoyados y se los puso.
—De acuerdo —dije justo antes de que me dejara fuera de su propia mente.
Caminé por la habitación con ansias de encontrar la emoción perfecta para ese momento único que se crearía dentro del set, pero descubrí que ya la tenía.
Un calor sofocante se arremolinaba bajo las palmas de mis manos desde que la había tocado.
Tiré de esa sensación y me alineé con los sentimientos del propio Heathcliff, que quería descubrir todos los recodos de su Catherine bajo las manos.
Poco después, estábamos tirados sobre las mantas.
En el último instante antes de que la cámara grabara, Delilah y yo nos observamos desde cerca.
Ella alzando la mirada y yo bajándola para encontrarme con sus ojos.
Necesitaba que confiara en mí igual que yo confiaba en ella.
Y aquella sensación era aún más profunda que la que sentía al interpretar aquella escena. Por eso volví a preguntar:
—¿Estás bien?
Delilah asintió con una sonrisa velada que me colocó justo en el disparadero emocional.