Un amor inventado 25. UNA NOCHE EN UN BALCÓN
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25. UNA NOCHE EN UN BALCÓN

UNA NOCHE EN UN BALCÓN

Delilah

La tristeza era más honda a esas horas de la noche.

Asomada a una pequeña terraza de mármol, observaba la oscuridad de un gran jardín iluminado por pequeñas farolas y por la poca luz que se filtraba de la luna.

El aire era frío y traía consigo el olor que la lluvia dejaba sobre la tierra y las hojas.

Ese día había sido uno de los más intensos de mi vida como actriz.

Aún me hormigueaban las plantas de los pies por la exaltación emocional que habían requerido mis escenas.

Al llegar al hotel, había tenido que tomar un baño caliente para aliviar la tensión.

Pero no había funcionado. Así que, un rato después, había salido de mi suite para dar un paseo por el edificio.

Hasta que había llegado a aquel balcón solitario y la noche me había reclamado con su letargo.

Me arropé con la bata de satén al percibir la corriente de una puerta que se abría. Y, justo después, lo sentí. Ronan y yo podíamos no encajar del todo, pero habíamos desarrollado un sexto sentido que nos hacía percibir la presencia del otro.

—Estás aquí —saludó él a la vez que se colocaba a mi lado.

—Estoy aquí.

Ronan se encendió un cigarrillo con una calma brutal y lo envidié al instante.

—¿Quieres uno? —preguntó, más por educación que por otra cosa.

—Sí, gracias. No sabía que fumaras, solo te he visto masticar menta.

—En realidad, no fumo. Pero ahora mismo me apetece un cigarrillo.

Ladeé la cabeza y me lo encontré mirándome con unos ojos que amenazaban con colarse dentro y descubrirlo todo. Me ofreció el cigarrillo y, cuando me lo coloqué entre los labios, él lo encendió con su mechero de metal.

—¿Eres consciente de lo que has hecho hoy? —quiso saber al cabo de un minuto.

—Es lo que hago siempre...

—Entiendo que estés acostumbrada, pero ha sido impresionante —soltó, y yo me encogí de hombros para restarle importancia—. Te lo digo en serio.

—No es para tanto.

—Todo el equipo ha estado aplaudiéndote durante quince minutos, sin parar.

Creía que había perdido ese rubor natural tan característico de la vergüenza, pero me descubrí allí, al lado de Ronan, recuperándolo de sus cenizas.

—Era un texto inmejorable. Solo tenía que sentirlo y sacarlo de dentro. La mayoría de las veces la magia sucede justo después del peor momento —le expliqué antes de dar una larga calada a mi cigarrillo.

El silencio se posó entre nosotros. El cielo descargaba su oscuridad sobre York. Y Ronan mascaba menta mientras fumaba a mi lado.

—He sido un puto incordio estos días... —comenzó a decir, casi empujando las palabras—, así que siento haberte sacado de quicio con mi método, Delilah. Solo soy un principiante.

—Hace falta mucho más que eso para derribarme, Ronan.

—Ya lo veo.

Él se aguantó la risa y dio una calada lenta que pareció detener el avance de las nubes. Luego, nos limitamos a compartir aquel frío espacio, con el cuerpo del otro como único acompañante. Porque había algo incuestionable. Nos sentíamos en confianza cuando estábamos cerca.

—¿Estás bien? —preguntó cuando pasó un rato y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Mis ojos buscaron los suyos, que estaban entrecerrados a la espera de mi respuesta.

—Sí —mentí, temblando ante el inminente viaje a mi cama. Ante otra noche de soledad.

Entonces Ronan asintió y me observó de un modo que me dio a entender que quizá él sí sabía que yo estaba fingiendo.