23. LA SUERTE DE MI VIDA
LA SUERTE DE MI VIDA
Delilah
—¡Niña bella! —me saludó mi abuela con una voz de la que solo brotaba calidez.
—¡Muchas felicidades, abuela! Dime que no te he llamado muy temprano.
—Gracias, cariño. Hoy me he despertado pronto para podar el rosal porque van a venir todas mis amigas para celebrar mi cumpleaños —me contó—. Me alegra tanto escuchar tu voz. Dime, ¿por dónde andas?
Mi abuela era la gran Odessa Williams, una de las últimas divas de Hollywood.
Había comenzado su andadura en los años sesenta y había conseguido nada más y nada menos que dos premios Óscar.
Y, en su etapa como actriz protagonista de algunas de las mejores películas de su época, se ganó la fama de ser una de las primeras mujeres con esa picaresca que tanto se admiraba en los hombres pero que significaba todo lo contrario cuando se trataba de una mujer.
—Estoy en medio de una grabación en Inglaterra, trabajando para esa película que te conté.
—Espero que esté yendo todo bien y no se convierta en un suplicio. Sé por experiencia que los rodajes pueden ser un instrumento de tortura.
—Este es diferente. Me tratan muy bien, abuela. Incluso le estoy cogiendo el gusto a Europa.
—Hazme un favor, Lilah. No te olvides de disfrutar, ¿vale? —me pidió.
—Lo haré. Te lo prometo —le aseguré—. También quería contarte algo...
—Dime, cariño.
—Quizá estos días salgan unas fotografías de Alan en las que... —comencé a decir con voz titubeante— no me respeta, precisamente... Solo quiero que no hagas caso, ¿sí? Está todo controlado.
—Oh, Delilah —murmuró ella a través del teléfono—. No puedo fingir que no me entero de nada cuando te hacen daño, y menos si es culpa de alguien a quien quieres. No te lo mereces. Y si me dejas decirte algo... Nunca me ha gustado Alan Jones.
—Ya no estamos juntos.
—¿No? —Su sorpresa me encogió el corazón.
—No. Lo siento, abuela, pero tengo que volver al set. Se me acaba el descanso.
—¿Delilah? —Contesté con un sonido en la voz que la empujó a continuar—. Te quiero.
—Yo también. Estoy deseando regresar a Nueva York para hacerte una visita.
—Y yo te estaré esperando aquí, como siempre.
Mi abuela era la única persona que me había cuidado, que me había querido más allá del brillo, de la actuación y de la imagen que los demás tenían de mí.