Un amor inventado 22. UNA VENTANA A LOS MONSTRUOS
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22. UNA VENTANA A LOS MONSTRUOS

UNA VENTANA A LOS MONSTRUOS

Delilah

Los días fueron pasando y dejaban tras de sí un poso de agotamiento al que estaba acostumbrada.

Los rodajes eran duros. Más aún si las condiciones meteorológicas eran adversas y el guion estaba plagado de secuencias exteriores.

Todavía más si tu coprotagonista iniciaba una batalla antes de que empezáramos cada nueva escena.

A veces, incluso en medio de ellas. Me resultaba exasperante, sí.

Pero, aunque jamás lo reconocería ante Ronan, aquel tira y afloja también nos servía para retarnos artísticamente y elevar nuestras escenas a algo más.

A pesar de toda la lucha diaria a la que estaba sometida, mis ojos se abrían de par en par cuando llegaba la hora de meterme en la cama. Y el techo se convertía en un lienzo en blanco donde ilustraba cada una de mis preocupaciones.

El mensaje de Alan había llegado tres noches atrás.

Tú y yo ya no estamos juntos, Delilah. Recuerda que fuiste tú quien tomó la decisión.

Una grieta profunda se había abierto bajo mis pies desde entonces y tenía que hacer auténticos malabares para meterme en mi disfraz de actriz reputada cada mañana.

«Sonríe y finge ser feliz».

La verdad era que yo estaba feliz de estar allí, en medio de algo que se sentía importante.

En un lugar en el que me querían y me valoraban.

Pero tenía miedo al después. A estar sola de nuevo, a que Alan no me esperara al otro lado para que los monstruos no aparecieran.

Jane, mi única confidente, me aseguraba una y otra vez que nada duraba para siempre.

El problema era que en ese momento me encontraba en ese espacio de tiempo en el que el puñal estaba clavado y la sangre goteaba.

Mi mente intentó viajar a la jornada de grabación de ese mismo día y, sin previo aviso, una sonrisa se me escapó de entre los labios.

Recordé cómo el cuerpo de Ronan se había estremecido al montarse en un caballo.

Y cómo, tan solo dos minutos después, el propio personaje había tomado las riendas ante mi exigente mirada, que se convirtió en mitad asombro, mitad admiración.

En medio de aquellos pensamientos, el móvil sonó, rompiendo el silencio de la noche.

Era el tono que indicaba que había llegado un nuevo email a la bandeja de entrada.

Pensé que sería un mensaje de Jane para avisarme de cualquier modificación en el rodaje.

Pero no era ella. El corazón se saltó un par de latidos cuando empecé a leer.

De: Rose Andersen ([email protected])

Para: Delilah Williams ([email protected])

Enviado el: 21 de abril, 23:06

Asunto: Enhorabuena por estar rodando de nuevo

Hola, hija:

Sé que la última vez que nos vimos la cosa no terminó muy bien...

Espero que no me sigas guardando rencor por no apoyar que te metieras en esa película horrible.

Te avisé de que no era una buena idea, intenté impedírtelo.

Ojalá me hubiera equivocado, pero pasó exactamente lo que dije que pasaría.

Incluso tuviste que renunciar a tu trabajo, con todo lo que habíamos peleado para llegar hasta ahí...

Nunca olvides que la reputación lo es todo. No somos nada sin ella.

Quiero que volvamos a trabajar juntas, Delilah.

Ya te he pedido perdón. No eres una niña, pero a veces te comportas como si lo fueras.

Estoy segura de que podemos arreglar las cosas y marcar un nuevo rumbo en tu carrera.

Heights es un buen proyecto, yo también lo habría escogido; sigamos en esa dirección.

Por cierto, cariño, te vi un poco hinchada en unas fotos que han compartido de la producción.

Recuerda seguir durante los rodajes esa dieta antiinflamatoria que siempre te ha ido tan bien.

Ya sabes, intenta no comer nada antes de las doce del mediodía.

Y tómate esas pastillas para dormir. Se te marcan mucho las líneas de las ojeras si no descansas bien.

Llámame pronto, no está bien apartar a una madre que te lo ha dado todo y que te ha convertido en la estrella que eres.

Como siempre te digo: sonríe y finge ser feliz.

Lancé el móvil lejos y cayó sobre un sofá situado a un lado de la habitación.

La rabia y todo el peso de sus palabras me calaron tan hondo que me incorporé en la cama buscando el aire que me faltaba.

Me llevé las manos a la cara y me tapé los ojos, atemorizada, porque las paredes se estrechaban mientras mi respiración se hacía grande y pesada.

Los latidos acelerados de mi corazón eran lo único palpable, una prisión de la que no podía escapar.

Me arrastré por la cama hasta la mesita de noche y, con manos temblorosas, alcancé el blíster de pastillas.

Permanecí un segundo contemplando aquellas píldoras pequeñas, odiándome a mí misma por obedecer una vez más otra de sus órdenes.

Pero necesitaba calmarme después de su mensaje y esa era la única forma que conocía.

Saqué una pastilla y me la puse bajo la lengua mientras me tumbaba en la cama y cerraba los ojos con fuerza.

La humedad de las lágrimas pronto me empapó las mejillas.

Debía salir del agujero en el que me encontraba, pero no tenía nada a mano más que mi mente enferma.

Por un momento, deseé morir. Pero al siguiente, simplemente busqué una vía de escape.

Y esa fue rememorar todos los momentos que Ronan y yo habíamos compartido esa misma mañana montando por los páramos.

En medio de aquel ataque, pude calmarme poco a poco pensando en él.

En la rebeldía de su propia existencia. En sus manos nerviosas aferrando las riendas.

En sus ojos fieros sobre los míos. Al final, me dormí con un solo pensamiento rondando mi mente: la mejor forma de evadirme ante aquel paraíso oscuro era recrearme en la rabia que me despertaba actuar junto a Ronan O’Connell.

Al menos, eso me permitía vivir.