20. ACTUAR ERA SINÓNIMO DE JUGAR
ACTUAR ERA SINÓNIMO DE JUGAR
Ronan
Cuatro días bastaron para que me adaptara a la dinámica de aquel rodaje colosal.
Al quinto me levanté más temprano de lo habitual para poder demorarme bajo el chorro de agua caliente.
Necesitaba relajarme. Teníamos la primera sesión de rodaje en exteriores, o lo que era lo mismo, una localización en medio de la nada a la intemperie.
Pero ese no era el motivo por el que mis nervios se habían descontrolado en las últimas horas, sino el hecho de que por primera vez compartiría planos, diálogos y secuencia al completo con Delilah.
Temblaba por la anticipación. También por la incertidumbre.
Por lo visto, la actriz con la que había estrechado lazos interpretativos en una cabaña en medio del campo había desaparecido cuando había puesto un pie dentro del set.
Delilah se había cruzado conmigo en un par de ocasiones en las que solo me había dedicado un «ey» como saludo.
Caminaba por las localizaciones como si fuera un robot diseñado para hacer su trabajo con la mayor de las eficiencias.
Y siempre tenía una expresión entre ausente y concentrada anclada en su rostro.
Al llegar al páramo abierto donde habían acotado la zona para la grabación, decidí meterme concienzudamente en el personaje.
Vestido con un pantalón de lino y una camisa sucia, eché un par de carreras por la llanura a la espera de encontrar la emoción idónea para enfrentarme a aquella escena.
Quería bordarla. Simple y llanamente. Porque Delilah iba a estar frente a mí.
Quería que aquello se convirtiera en un combate férreo para ver quién podía hacerlo mejor.
Comencé a danzar bajo las altas lonas que suavizaban la luz diurna y que se alzaban como un manto por encima de nuestras cabezas, fundiéndome con un viento embrujado que me despeinaba el cabello.
Entonces giré dentro de mi ruta y la vi.
Estaba en un extremo, con la vista clavada en el suelo y presa de una concentración exquisita.
Delilah llevaba unos cascos sobre las orejas y me pareció que movía los labios mínimamente.
Pensé que quizá estaba escuchando a Lana del Rey, como había hecho cada uno de los días que habíamos pasado en la cabaña.
Alzó la cabeza en mi dirección y me dedicó una de sus miradas que parecían decir: «Ah, tú, ¿quién eres?», así que decidí recordarle quién era yo y comenzar a jugar a mi propio juego, solo con el objetivo de que lleváramos nuestra actuación a un nivel superior.
Me encaminé hacia ella con grandes zancadas y, cuando estuve delante, me ignoró.
Entonces decidí jugar. Iba a retarla, a ponerla en una situación límite justo antes de entrar en escena.
Empecé a dar vueltas a su alrededor. Ella continuó ajena a todo, concentrada en su música, hasta que me vio pasar por delante de sus narices al menos cinco veces.
Al final, se quitó los auriculares y me lanzó una mirada que hasta el abominable Heathcliff habría envidiado.
—¿Se puede saber qué haces? —preguntó mientras todo el equipo resolvía los últimos detalles de la escena.
—Me has evitado todo este tiempo, pero hoy volvemos a encontrarnos, Delilah Williams.
—¿Y qué te hace pensar que no voy a seguir ignorándote?
Continué deambulando alrededor de ella. Y llegó el momento en el que tuvo que recular para que no nos chocáramos.
Las aletas de su perfecta nariz se abrieron, contrariadas.
Por fin estaba atravesando su muro de hormigón.
Necesitaba esa conexión con mi compañera, al igual que necesitaba beber agua todos los días.
—¿Quieres que llame a Eliza? —Esa vez, sus ojos me perforaron con cierta violencia contenida.
—Solo estoy dentro de mi proceso —alegué, intentando sonar convincente—. Tú también tienes el tuyo: ignorarme.
—Pero mi método no te distrae ni te incomoda —gruñó.
—Ah, ¿no?
A pesar de mi respuesta, que solo buscaba turbarla aún más, sabía que Delilah tenía un poco de razón.
Su método no era invasivo como el mío. O puede que sí.
Porque al observarla desde tan cerca supe que la mayor distracción de todas era su nuevo aspecto.
Envuelta en un vestido color borgoña, sus ojos aguamarina parecían los únicos habitantes del páramo.
Me negaba a admitir que me había quedado embobado un par de veces por cómo los mechones despeinados, ahora de color castaño, se escapaban de su recogido con cierta rebeldía.
—¡Todos a primera! ¡YA! —vociferó Eliza por encima de los demás.
De pronto, el set de rodaje se convirtió en una batalla campal en la que todos los departamentos empuñaron sus armas. Observé cómo Eliza tomaba asiento en su sillón de directora y se acercaba el megáfono a la boca para convocar a todos los implicados.
La gran mentira del cine se abrió paso a nuestro alrededor, las cámaras nos rodearon y los paneles que suavizaban la luz natural se alzaron todavía más. La pértiga de sonido sobrevoló nuestras cabezas, preparada para captar los diálogos fundidos con aquella naturaleza salvaje.
—¡Motor! —gritaron para que todos nos colocáramos en nuestros puestos.
—¿Cámara graba? —quiso saber Eliza a través de su altavoz.
—¡Cámara graba! —contestó Will, el operador de cámara, detrás de nosotros.
—¿Sonido graba?
—¡Sonido graba!
—¡Entra claqueta! —pidió Eliza.
—¡Secuencia diecinueve, plano uno, toma primera!
—¡¿Cuadro?!
—¡Cuadro! —confirmó Will cuando tuvo el plano final enmarcado en su monitor de cámara.
—Y... ¡ACCIÓN!
Y entonces solo la tenía delante a ella. Catherine Earnshaw me observaba en medio del prado, y a mi corazón no le hizo falta nada más para echar a volar.