19. Y. ¡ACCIÓN!
Y... ¡ACCIÓN!
Delilah
—Es grave, Delilah —me explicó Jane—. Varios medios han contactado conmigo para preguntar si harás declaraciones, asumen que ya lo sabes. Y todos dicen lo mismo.
—¿Dónde está? ¿En Los Ángeles? —Mi amiga asintió, apenada—. ¿Con quién?
—Con sus amigos de siempre y... —con ojos fieros, le rogué que continuara— con varias chicas.
Estábamos dentro de mi tráiler personal, frente al tocador, caracterizada como Catherine y a punto de dar comienzo al primer día de rodaje de Heights , y las piernas se me bloquearon sobre el suelo de aquel módulo tan pequeño.
La compasión que surcaba el rostro de Jane me carcomía aún más que las propias circunstancias de mi vida.
El gran Alan Jones siendo infiel a una de las actrices más cotizadas de Hollywood.
Una humillación. Algo que destrozaría por completo los cimientos que intentaba construir para volver a lanzar mi carrera como actriz.
Ese fue el instante exacto en el que oí un cerrojo de hierro alrededor de mi corazón.
—¿Se han publicado ya?
—No, la agencia las ha parado, Alan ha amenazado con denunciar —contestó ella, aferrándose al montón de papeles que sostenía en una mano—. Pero ya sabes cómo es esto, al final se filtrarán. Es cuestión de semanas, Del. Quizá dos o tres... Tienes que estar mentalizada.
Fenomenal. Todo saltaría por los aires mientras yo estaba rodando, y eso me dejaba sin margen de maniobra.
—No puedo hacerlo. —Mi voz se escapó de mi boca sin permiso—. Sabes que siempre que estoy en un proyecto me separo del móvil. Y esta vez no voy a poder lidiar con toda la incertidumbre de no saber qué está pasando. Es demasiado.
Desde bien pequeña, mi madre me había enseñado que mostrar debilidad suponía una herejía.
Porque lo que veíamos frágil solo nos generaba rechazo.
En ese momento el mundo se me había venido encima y yo no podía reaccionar.
Estaba paralizada. Al menos Jane estaría a mi lado, como la hermana que no tenía.
—Sí que puedes, Lilah —me aseguró mi amiga abrazándome—. Alan no te merece.
Bufé y di media vuelta hasta estar delante del espejo del tocador.
—Él se quedó, Jane. Él me quiere. No me dio la espalda cuando todo se puso difícil.
Aún no podía creer que aceptar hacer esta película hubiera supuesto el final de nuestra relación. Me sentía culpable, pero ni siquiera sabía por qué.
—Lo sé. Pero ahora te está haciendo daño —dijo intentando esconder su frustración—. ¿Es que no lo ves?
—Yo me alejé para venir a rodar a otro continente. Fue culpa mía.
—Oye, ya basta. Estás haciendo tu trabajo, estás centrada en tu carrera, al igual que él.
—Pero...
—Pero nada, Delilah.
—Me duele. No sé si esta vez podré salir a flote. Sin él.
—Podrás —declaró Jane—. Mírate en el espejo, observa a la Catherine que has construido con tanto empeño e ilusión. Eliza ha confiado en ti cuando todo estaba en tu contra. Toda esa gente de ahí fuera te necesita. Y lo que es más importante: tú te necesitas a ti misma, Lilah.
La mirada de tristeza que Jane me dedicó fue como el picotazo de una abeja. Una punzada dolorosa.
—Voy a ganar un poco más de tiempo en el set, ¿vale? Ya vamos con retraso.
Cuando Jane salió del remolque, me derrumbé frente al espejo.
Me habían oscurecido el pelo para encajar aún más con el personaje y llevaba uno de esos vestidos encorsetados con una falda larga de color marrón.
Al mirarme, me sentí atrapada. El azul de mis ojos destacaba sobre la masa oscura que era yo.
Era Catherine Earnshaw.
Ella también estaba rota. Su dolor no era el mismo, no.
Catherine no escuchaba por las noches la voz de su madre susurrándole que todo el mundo desaparecería de su lado si lo hacía mal.
Que dejarían de llamarla para aparecer en las películas.
En su caso, era el fantasma de la mismísima Catherine el que a veces regresaba a su antigua habitación para susurrar cosas en plena noche de tormenta.
Pero, a decir verdad, a las dos nos unían las ganas de gritar y compartíamos el hondo precipicio al que nos enfrentábamos cada vez que atravesábamos los confines de nuestras mentes.
Una lágrima se deslizó con rebeldía por mi mejilla. Y, como si el mismísimo personaje que interpretaba cobrara vida dentro de mí, la sequé enfurecida con el dorso de la mano. Me eché un último vistazo y agarré la falda para levantarla del suelo antes de dirigirme hacia la salida.
Tres auxiliares de Producción me esperaban fuera, claramente nerviosos.
Los seguí hasta que llegamos al set mientras uno de ellos se ocupaba de que mi falda no tocara el suelo en ningún momento.
Al entrar, todas las cabezas giraron en mi dirección.
Y yo continué con mi mirada concentrada en el horizonte cambiante frente a mí.
Hasta que las luces me colorearon el rostro desde diferentes ángulos y varias voces empezaron a gritar indicaciones a mi alrededor.
¿Cuánto tardaba un corazón roto en desangrarse sin que hubiera vuelta atrás?
No lo sabía. Pero me descubrí allí, en medio de toda esa gente, queriendo poner remedio a mi tristeza.
Así que desafié el vacío que había florecido en mi interior.
Me coloqué diligentemente en mi marca delante de la cámara y cerré los ojos.
Cuando los abrí de nuevo, solo me quedaba fingir.
Una vez más. Olvidar mi propia vida y proyectar en otra todo mi dolor.