Un amor inventado 17. SOLO BAILAR #2
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17. SOLO BAILAR #2

Sus ojos oscuros reclamaron los míos, que empezaron a empañarse por el calor sofocante que palpitaba en mis mejillas.

Necesitaba respirar, otra vez, porque, aunque estaba dentro de mi propio personaje, me tambaleaba hacia un extremo en el que perdería el rumbo.

Un lugar en el que algo similar al murmullo del deseo levitaba bajo mi vientre.

Entonces, vi en su rostro las ganas de jugar, de fundirnos en la realidad alternativa que era la actuación.

De existir en un mundo que no fuese este.

Ni ninguno. Un planeta que habíamos creado al sacar un papel de un frasco de cristal.

Ahí teníamos la libertad de solo ser , sin padecer .

Así que salté sin saber si el agua llenaba aquella piscina.

—Entonces, ¿me deseas? —La sensualidad que contenía mi pregunta lo pilló desprevenido.

Entrecerró los ojos como si se hubiera convertido en esa águila renovada, lista para atacar. Comenzó a acercar su rostro al mío y, cuando su aliento casi tocaba mi respiración, ladeó la cabeza y acercó su boca a mi oreja.

—¿Quieres acercarte más y comprobar por ti misma lo que me provocas?

Su olor a menta me embriagó y apreté los muslos contra mi asiento.

Nunca habíamos llegado tan lejos en eso de improvisar.

Y sentí que una barrera caía entre nosotros.

El peligro de dos cuerpos que se anhelaban.

Porque sí, mi cuerpo anhelaba el calor del suyo.

Y había sido así desde que entró en la cafetería en la que nos conocimos.

La tensión que flotaba entre nosotros provocaba la envidia del fuego que crepitaba en la chimenea.

Ronan cogió mi mano y la posó con delicadeza sobre su pecho, justo encima del corazón, que danzaba a un ritmo maniaco.

Yo ya sabía que Eliza decía la verdad. Que nuestra química era inigualable, extraordinaria e inclasificable. Aunque ahora estaba comprobando que era imposible huir de algo así.

—¿Todavía? —Esa vez fui yo la que se acercó a su oído para susurrar—. Han pasado diez años.

Ronan se movió hacia atrás.

—Y, ahora que te tengo delante, parece que solo han sido tres segundos.

—¿Tres segundos?

—Tres. Putos. Segundos.

Eché el cuerpo hacia delante y posé mis manos sobre sus hombros, muy cerca de aquella clavícula que tanto me atraía.

—Lo cierto es que tres segundos han sido toda una vida y ahora estoy casada —confesé, al tiempo que lo empujaba hacia atrás y me alzaba para apoyarme en la pared al lado de la chime­nea.

El calor me envolvió el cuerpo como un manto mientras observaba a Ronan levantarse del suelo con un movimiento felino dispuesto a acorralar a su presa. A mí. Lo vi aproximarse y pensé en una pantera en medio de la selva.

—¿ Tú te has casado? —preguntó con los ojos brillando de intensidad.

—¿Tan raro te parece?

—Odiabas las bodas tanto como a los irlandeses —canturreó poniendo una mano sobre la pared por encima de mi cabeza.

No pude evitar soltar una carcajada real. Demasiado real. ¿Había dicho ya que Ronan era el mejor improvisando? ¿Y que guardaba en su baúl de actor cualquier información, por pequeña y por falsa que fuera, que pudiera ponerte del revés en cualquier momento?

—Bueno... —comencé a decir, buscando en mi mente una réplica que estuviera a la altura—. Todo el mundo odia cosas con cierta pasión desmedida hasta que se hace mayor.

Colocó la otra mano en la pared, apresándome dentro de su cuerpo.

Ya no podía huir de él, ni de su olor a jabón y a ropa limpia.

Ni de sus ojos animales. Alcé la mirada y contemplé su boca.

Recuerdo pensar que aquellos labios habían sido creados por la mismísima locura y que a él lo habían tirado en la Tierra para que perdiéramos la cabeza intentando poseerlos.

Ronan se percató y los abrió para suspirar cerca de mi frente.

—¿Y a mí, Delilah...? —susurró con una voz cargada de las peores intenciones—. ¿Ya has dejado de odiarme?

—Apenas.

—Puedo escuchar tu corazón desde aquí.

—Es que estás muy cerca.

—Está descontrolado porque tú también me deseas —susurró él acercando su boca a la mía—. Todavía.

En ese momento, en el que todo el calor se concentraba en un beso imaginario, Ronan separó sus manos de la pared alzándose hacia atrás.

El aire frío volvió a rodearme y la sensación de ahogo que me había provocado su cuerpo casi desapareció, porque justo entonces aquel actor me tendió una mano amigable desde su nueva posición.

—Solo quiero bailar contigo —musitó con la voz ronca—. Solo una canción.

—¿Solo una canción?

Ladeé la cabeza apoyada en la pared, intentando adivinar si iba de farol.

—Solo una canción —prometió.

—Las canciones terminan, Ronan.

—Como todo lo bueno.

Decidí lanzarme y aceptar su mano. Y, de pronto, me vi envuelta en sus brazos.

—¿Y la música?

—Vamos a bailar sin música.

—Eso es imposible.

Ronan se separó un poco de mi cuerpo, pero continuó con una mano agarrada a la mía y la otra apoyada en mi cadera.

—Pues entonces inventémosla, Delilah.

Nos acercamos y empezamos a movernos lentamente por aquel salón, encontrándonos en cada respiración, adentrándonos cada vez más hondo en una atmósfera que era absorbente.

Dejando existir la piel en la piel del otro.

Dos manos unidas, dos cuerpos acercándose y un par de dedos que dibujaban delicadamente una calle en mi cintura.

A veces, la química podía confundirse con la necesidad.

Otras veces, la química solo se trataba de bailar con alguien en silencio en medio de la madrugada mientras los troncos de leña se consumían en una chimenea.