Un amor inventado 17. SOLO BAILAR
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17. SOLO BAILAR

SOLO BAILAR

Delilah

Eran las dos menos cuarto de la madrugada y no conseguía dormir.

Aún mantenía la esperanza de que Alan contestara a mi mensaje, pero, a medida que las horas iban pasando, la habitación parecía tragarse todo el aire que necesitaba para respirar.

Metida en la cama, tapada con varias mantas hasta el cuello y ataviada con un pijama de satén que había sido una de las peores elecciones de mi vida, suspiré con frustración.

Encima, ese día tampoco estaba Jane. Y había pasado las últimas doce horas atendiendo a las directrices finales de Eliza para que llegáramos al rodaje con todo encaminado.

Aquella era la última noche que pasaríamos en la cabaña.

Estaba claro que no la iba a echar de menos.

Ni el frío, ni los suelos que crujían en plena noche, ni la niebla que aparecía al amanecer y que empañaba las ventanas.

Sin embargo, algo dentro de mí se resistía a volver a ser el centro de todas las miradas.

Aún quedaban varias semanas en las que pensaba dar todo de mí para que ese proyecto saliera a flote.

Para que mi reputación volviera al mismo lugar de antes de la tragedia.

Para que esa película se convirtiera en algo importante.

Porque lo que era sólido y se cuidaba hasta el más mínimo detalle siempre merecía triunfar.

El instinto que había desarrollado a lo largo de años sumergida en el mundo del espectáculo me gritaba que Eliza Grey tenía el talento necesario para dejar su sello como autora.

También sabía que Ronan O’Connell se convertiría en una de esas estrellas rebeldes y enigmáticas, repletas de secretos, que todos amarían por el sencillo hecho de que nunca encajaría en los cánones.

El aire seguía sin llenar del todo mis pulmones e intenté cerrar los ojos y no pensar en nada.

Pero un latigazo de imágenes de la tarde que habíamos pasado visitando los páramos me atravesó la mente.

Recordé los dedos de Ronan repletos de anillos pulsando el disparador de la cámara.

Y también volví a la imperante necesidad que me había atravesado de correr y sentirme libre.

En plena noche, me descubrí deseando salir de esa cama y regresar al páramo yo sola.

Tumbarme allí y preguntarle al cielo: «¿Y ahora qué? ¿Por qué nada es suficiente?».

Salí de la cama descalza, bajé las escaleras hasta la cocina para beber un vaso de agua fría, pero terminé por desviarme hacia la salida.

Me daba igual que el frío volviera a paralizar mi cuerpo, simplemente quería respirar.

Pero al girar me percaté de la pequeña luz que iluminaba la zona de los sofás junto a la chimenea.

Ronan, tumbado sobre la alfombra, me taladró con sus ojos por encima del libro que sujetaba entre las manos.

El retrato de Dorian Gray lucía un aspecto igual de desgastado que las demás novelas con las que se había paseado por la casa todos esos días.

Esa era una de las pocas cosas que había descubierto de él.

Era un apasionado de la literatura clásica.

Y habíamos existido entre sus silencios introspectivos cuando leía y mi capacidad de concentración mientras volvía una y otra vez a un guion que ya estaba más que aprendido.

—¿No puedes dormir? —Fue él quien rompió el silencio de la madrugada.

Negué con la cabeza.

—Veo que tú tampoco.

—Tengo una bola de nervios en el estómago —dijo incorporándose y sentándose sobre la alfombra—. Soy nuevo en todo esto y... no quiero cagarla. Eliza ha confiado tanto en mí que no quiero decepcionarla. ¿Algún consejo?

—No sueltes nunca al personaje.

—Eso puedo hacerlo.

—No lo dudes. No sueltas al personaje ni para ir al baño...

Sonrió como si se enfadara. Y tuve la impresión de que Heath­cliff seguía cargado sobre su espalda a pesar de que era Ronan el que me estaba observando, con el pelo despeinado debido a las horas y vestido con un pantalón de chándal a juego con una camiseta ajustada.

La comodidad también resultaba atractiva en él.

Como la pequeña sombra que se le había acentuado bajo los ojos.

Posé mi atención en el frasco que Eliza nos había dejado y que aún contenía dentro un papelito.

El primer día, la directora nos había regalado un recipiente de cristal que guardaba en su interior pequeñas notas de papel en las que había escritas diferentes situaciones para que Ronan y yo improvisáramos basándonos en ellas.

Todos esos días atrás habíamos trabajado sacando papelitos y más papelitos.

—Todavía queda un papel —anuncié mientras iba hacia la mesa y metía la mano dentro del frasco—. ¿Te apetece una última improvisación antes de que nos marchemos?

—Siempre me va a apetecer una última improvisación. —Ronan recogió las piernas hasta quedar sentado con las rodillas cerca del pecho. Se las rodeó con los brazos y me clavó la mirada—. Sobre todo, si es contigo. Aunque sea de madrugada, haga un frío horrible y la chimenea esté en las últimas.

—Allá vamos.

Abrí el papelito que tenía en la mano y lo leí.

—Somos dos viejos amantes que, a pesar del tiempo, del destino y de la distancia, todavía se desean. —Remarqué la última palabra porque Eliza la había subrayado con ahínco al escribirla—. Aún morirían el uno por el otro sin importar las consecuencias para los demás.

—Parece algo sacado de Cumbres Borrascosas —apuntó él, y luego se puso de pie.

—¿Tú crees? —pregunté teniendo de pronto delante su alta y definida figura—. Yo diría que la historia de Catherine y Heath­cliff no es una historia de amor.

Ronan abrió la boca en una sonrisa y me resbalé en esa minúscula separación de sus dientes. Me quedé ahí y otra vez me faltó el aire como en la habitación.

—Pues yo creo que, en el fondo, todas las historias hablan del amor —declaró.

Ronan respiró hondo, sorteó mi cuerpo y caminó hacia el fondo de la estancia en una danza callada que yo ya sabía que era su preparación para entrar en el papel.

Atravesó el salón que ya se sabía de memoria de extremo a extremo, con los ojos cerrados y estirando el cuello de un lado a otro.

Luego, observé cómo se colocaba de nuevo frente a mí.

Y, cuando abrió los ojos, el negro pantanoso de su mirada me indicó que él ya había buceado dentro del personaje.

Esa fue mi señal para que yo hiciera lo mismo un segundo antes de que él hablara.

—¿No hace demasiado frío para ese pijama, Delilah? —quiso saber, con la voz arrastrada por un huracán.

Bajé la vista mientras la sonrisa se dibujaba en mis labios. El satén era frío. Pero más fríos me parecieron sus anillos cuando me habían acariciado la mejilla en una de aquellas improvisaciones. Al subir la mirada, la posé en aquella plata que adornaba dos manos grandes y elegantes.

—Tus anillos —solté, notando como el aliento que provenía de su exhalación llenaba el espacio libre entre nosotros—. Aún conservas los anillos.

—Sí. Me recuerdan a ti.

—¿Cómo un águila de plata puede recordarte a mí? —pregunté, consciente de que ahora tenía que acabar de alzar la cabeza para encontrarme con su rostro.

Ya lo había visto así de cerca. Ya había descubierto el pequeño lunar encima de su ceja derecha. Las curvas suaves de sus labios que contrastaban con las duras facciones de su rostro. Lo armónico que parecía cada rasgo dibujado en su cara.

—Me diste un picotazo en el corazón y me heriste para siempre.

Me reí, sorprendida y saliendo por un segundo de mi personaje. Ronan era el mejor improvisando y quise ponerme a su altura. Incluso superarlo. La rivalidad entre nosotros, ese odio naciente que no había ido a más, me insuflaba ganas. Una motivación poderosa que no pensaba rechazar.

—Yo creo que el águila eres tú. Todo altivo, presumiendo de plumas y de realeza. Eres un hedonista, Ronan. Como ese Dorian Gray amigo tuyo.

Ahora fue él el que curvó sus labios en un destello fugaz que desapareció.

—Si soy un águila es solo porque son aves que vuelan en solitario. No necesitan a nadie y su determinación es incomparable —razonó—. ¿Sabes qué hacen las águilas cuando alcanzan cierta edad?

—¿Qué?

—Cuando sus garras se vuelven débiles, su pico se dobla hacia abajo y no pueden planear por el pesado grosor de sus plumas. Esa es la señal para que el animal tome una decisión. Tiene que elegir entre dejarse morir o volar hacia el pico de una montaña para reconstruirse por completo.

Di un par de pasos y tomé asiento en el sofá, al lado de la chimenea. Me acomodé entre las mantas.

—¿Y cómo se supone que hace eso?

—Es algo difícil de escuchar, ¿seguro que puedes con ello?

—Sé que piensas que me he pasado toda la vida entre algodones, pero...

—Exacto, eso es lo que pienso. —Su condescendencia logró crisparme los nervios—. ¿Acaso me equivoco?

—¿Puedes decirme de una vez qué es lo que hacen las águilas?

—Se retiran a la montaña más alta y comienzan a golpear su pico contra las rocas hasta que se lo arrancan.

—Tragué saliva mientras fingía que aquello no me afectaba—.

Después, con el nuevo pico que ya les ha crecido, empiezan a desprenderse de las uñas una por una.

Y, cuando ya tienen todas las nuevas garras fortalecidas, las utilizan para arrancarse las plumas pesadas que no les dejan volar.

—Concluyó su relato y yo entorné mucho los ojos—.

Ya ves. Un proceso largo y doloroso. Pero, después de eso, el águila vuelve a alzar el vuelo en solitario para vivir una nueva vida.

—Eso suena más a un mito que a cualquier otra cosa —farfullé.

—Bueno. —Ronan se acercó y se puso de rodillas frente a mí—. ¿Quién puede diferenciar hoy en día lo que es un cuento inventado de la realidad, Delilah?

La proximidad de su cuerpo me intimidaba. Para buscar alguna distracción, posé la vista en su clavícula, que se le marcaba bajo la camiseta ajustada. ¿Cómo sería tocarlo ahí?

—Lo que realmente quiero decirte es que estoy hecho de persistencia. Y deseo volver a tenerte.