16. SU SONRISA SALPICADA DE TIERRA
SU SONRISA SALPICADA DE TIERRA
Ronan
Delilah salió corriendo por la llanura y yo no pude hacer otra cosa que seguirla.
—¡Delilah! ¡Para! —grité tras ella, sin llegar aún a alcanzarla—. Vas a hacerte daño. No podemos poner en peligro el rodaje...
Entonces nos cayó la primera gota y el cielo se estremeció.
Tendría que haberlo previsto cuando el viento se detuvo de golpe.
Era la calma antes de la tormenta. Al sonido de la lluvia lo acompañó de pronto el de la risa de mi compañera mientras corría.
Apreté el paso a medida que el agua me empapaba y, justo cuando iba a alcanzarla, Delilah se detuvo en medio del páramo.
Así que nuestro choque fue inevitable, y terminamos por caernos sobre la hierba mojada.
—Mierda —bufé en el momento en que me incorporaba para comprobar el desastre.
El rostro de aquella actriz, tendida sobre los helechos a mi lado, solo daba muestras de diversión.
Y de travesura. Nos miramos en medio de la suave lluvia.
Las gotas caían sobre nuestros cuerpos y a nuestro alrededor.
Delilah tenía el pelo empapado y, en algún instante de la caída, la tierra mojada le había salpicado un par de motas en la comisura del labio.
Me sonrió. Fue algo involuntario que le nació de las tripas.
Y pensé que tal vez yo solo había venido al mundo para contemplar aquello.
Para apreciar ese rostro rociado de aguamarina y de tierra cuando la máscara caía.
La mano en la que sostenía la cámara de fotos me empezó a arder, así que no me quedó más remedio que alzarla, ponerla ante mis ojos y disparar.
Capturé una fotografía de Delilah Williams frente al paisaje, con el cabello azotado por el viento y con esa sonrisa que yo aún no conocía manchada de barro. E inmortalicé para siempre el momento en el que Heathcliff se enamoró de Catherine en mitad de los páramos.
Pero, cuando bajé la cámara y la protegí dentro de la chaqueta, su sonrisa había muerto y sus ojos me observaban entornados.
—No es momento para cámaras, Ronan.
—Tienes razón, tenemos que irnos. —Me levanté y luego le tendí una mano que ella no aceptó.
—No —soltó en el instante en el que se dejó caer de espaldas sobre la hierba—. Ya ha parado un poco. Túmbate un rato conmigo.
—No sé si es buena idea, ni siquiera tienes un abrigo en condiciones. Seguro que te has calado hasta los huesos.
—No seas carca. Tengo gorro y bufanda. —Su morro arrugado provocó que quisiera retratarla de nuevo; pero, en vez de hacerlo, terminé echándome a su lado.
Era verdad que ahora solo lloviznaba, pero estábamos empapados por el chaparrón de minutos atrás.
—Tan solo quiero quedarme aquí tumbada un momento, existir en este trocito de mundo y nada más —murmuró a mi lado.
Clavé la mirada en las nubes grises que nos acechaban desde las alturas y me impregné de los sonidos calmos que nos rodeaban y del suave olor de algo parecido a la canela que se desprendía del cabello húmedo de Delilah.
Respiré. Y pensé en la película. En el sueño que iba a cumplir.
En qué hubiera pensado, de saberlo, ese chico que se había quedado sin nadie en el mundo y sin esperanza.
En medio de aquel paisaje, me visualicé en la puerta de cada casa de acogida.
En cada expectativa que no logré superar para alcanzar la llave que te hacía pertenecer a algo.
En la soledad que yo mismo había forjado a mi alrededor y que dudaba mucho que desapareciera algún día.
Desde hacía mucho tiempo, tan solo éramos las historias y yo.
Su voz me arrancó de mis recuerdos y se fundió con el ambiente cuando dijo:
—Estoy sin aliento.
—Yo también —respondí, consciente de que nuestras respiraciones aleteaban en el aire por culpa de nuestra carrera.
—¿Así es como se sentían Cathy y Heathcliff cuando solo eran unos críos?
Admito que provocó algo en mi interior que se acordara de ellos. Yo también pensaba a menudo, quizá demasiado tiempo para mi propio bien, en esos dos amigos que crecieron entrelazados.
—Supongo que sí. Echaron raíces aquí.
Con el siguiente silencio que nos sobrevino, mi mente divagó sobre aquello.
Las raíces. Tan importantes y determinantes en la vida de un ser humano.
A veces, las raíces lo eran todo. Y yo era consciente de que no tenía raíces.
Mi única raíz había sido mi madre y hacía ya demasiado tiempo que había desaparecido de mi vida.
Siempre terminaba por preguntarme... ¿podía una persona sobrevivir sin raíces?
Yo aún estaba vivo, ¿no? La actuación me mantenía con vida.
—¿Lo echas de menos? —pregunté de pronto.
—¿A qué te refieres?
—A la actuación. Llevas mucho sin rodar.
—¿Qué esperabas después del fracaso de mi última película?
Caí en la cuenta y recordé la rabia que me invadió al ver aquellas críticas injustas hacia ella tiempo atrás.
—Los medios, el director, toda esa gente... Fueron muy injustos contigo. Tu interpretación fue increíble. Pero, por muy buena que sea la protagonista, una película sin visión y sin dirección no funciona. Con lo que tenías hiciste un trabajo excelente, Delilah.
—Ajá —concordó conmigo sarcásticamente—. Por eso me vi obligada a dejarlo un tiempo.
Joder. No quería meter el dedo en la llaga, pero eso era justamente lo que acababa de hacer.
—Y contestando a tu pregunta... —volvió a hablar para mi alivio—. Fue duro alejarse de esto de actuar durante un tiempo. En realidad, al principio no lo fue, no del todo. Alan y yo estábamos empezando, y ya sabes...
—¿Ya sé el qué? —Me di un puñetazo mental por interrumpirla.
—Me sentía justo en medio de esa explosión de amor, cuando conoces a alguien y todo lo demás pasa a no importarte.
—Ah. —La verdad es que no tenía ni pajolera idea de lo que hablaba, nunca había experimentado algo así.
—Pero luego... —Suspiró antes de que un trueno sonara a lo lejos—. Luego echaba de menos el set. Los personajes en los que habitaba. Las indicaciones del director. Las lecturas de guion... Incluso echaba en falta las horas y horas que pasaba en cada sala de caracterización.
Ella amaba aquel arte tanto como yo. Y había sido un completo inútil por pensar lo contrario.
—Quiero decirte algo. —Me descubrí abriendo la boca de nuevo. Giré la cabeza y observé su perfil—. No sé si el otro día en la primera improvisación que hicimos te incomodé o algo, pero necesito que sepas que no hay nadie en este mundo que no esté roto. Nadie, Delilah.
Delilah ladeó la cabeza y se encontró con mi mirada.
Joder, esos ojos imposibles existiendo en medio de todo el gris del condado de York.
Le bastó con curvar una de las comisuras de los labios para ponerme el estómago del revés.
Ninguna fotografía, ninguna película, nada, absolutamente nada le hacía justicia a ese puto rostro.
Era la belleza de lo clásico, de lo que perduraba en el tiempo.
—Y yo no creo que haya nadie mejor que tú para interpretar a Heathcliff.
Pues exactamente eso: el estómago del revés.