15. HACIA LOS PÁRAMOS
HACIA LOS PÁRAMOS
Delilah
Los últimos días habíamos trabajado hasta la extenuación a las órdenes de Eliza.
Más escenas de improvisación, más marcajes de coreografías de las secuencias más complicadas, más debate sobre las acciones y los comportamientos de los personajes.
Sin duda, aquello había sido una labor a fondo que no podía comparar con ninguno de mis trabajos anteriores.
Incluso habíamos acudido a una clase de hípica en la que tuve que sacar mi faceta de profesora.
Yo poseía una experiencia más que remarcable con caballos, pero Ronan nunca se había subido a uno.
Así que le propuse orientarlo con las lecciones más básicas.
Al principio, su orgullo le había impedido pedirme ayuda, pero, cuando el caballo hizo un pequeño amago de encabritarse, perdió la paciencia y los nervios tomaron el control.
Al final terminó por aceptar mis consejos con un tierno entusiasmo que rivalizaba con su empeño por dar lo mejor de sí mismo.
Lo que proponía Eliza era una forma exhaustiva y desbordante de encarnar una actuación.
Y, a cada día que pasaba, Ronan y yo nos sentíamos más conectados en torno a aquella historia.
Al oír la puerta principal cerrarse sentí curiosidad, así que di un último sorbo a mi café y corrí hasta el salón para calzarme las botas de agua y enfundarme en mi abrigo de tweed .
Me encaminé a la salida y abrí la puerta.
Por el sendero de entrada de la casa, Ronan se dirigía hacia su coche aparcado.
Llevaba puesto un gorro de lana, sus zapatillas desgastadas y una cámara de fotos colgada del hombro.
Cerré la puerta y avancé hacia él con enormes zancadas hasta que conseguí alcanzar su espalda.
—Ey —lo llamé al tiempo que el frío me impactaba en la piel de la cara.
Él giró la cabeza y me miró por encima del hombro.
—Ey.
—¿Vas a salir?
—Sí —contestó—. Como hoy nos lo montamos por nuestra cuenta, quiero ir a visitar los páramos —añadió frunciendo el entrecejo y observando el campo a nuestro alrededor.
Los pájaros cantaban melodías que se replicaban por el todo el valle.
—¿Vas a visitar el lugar en el que Emily Brontë se inspiró para su novela?
Recordé que más de una vez había mencionado que Haworth, la ciudad donde vivieron las hermanas Brontë, no estaba muy lejos de nuestro cottage . Así que los páramos que recorrió la autora durante su vida también se encontrarían cerca.
—Así es. Creo que nuestros personajes no existirían sin esta ambientación. Al final es todo lo que mueve la historia... —argumentó mientras se quitaba el gorro y la bufanda y los tiraba en la parte de atrás del vehículo.
La tarde anterior la habíamos pasado analizando diferentes escenas, y siempre terminábamos debatiendo sobre cómo la atmósfera visual y sonora iba a contar exactamente lo mismo que la trama y los personajes, así que era tan importante como ellos.
Miré hacia el cielo repleto de nubes que se deslizaban a paso lento por encima de nuestras cabezas y me invadió un impulso.
—¿Puedo acompañarte?
Ronan se quedó tan quieto que temí que algún músculo se le hubiera agarrotado en la espalda.
—¿Quieres acompañarme?
Asentí.
A pesar de que intentaba disimular su sorpresa, yo ya conocía algunas de sus expresiones. No solo estaba sorprendido, sino que intentaba desbloquear un temor naciente.
—Necesito despejar la cabeza —le dije.
—Vale. Sube al coche entonces.
Lo primero que sentí al bajar del vehículo fue el viento salvaje.
Me golpeó en la cara e invitó a mi cabello a bailar frenético sobre mi rostro.
El silencio había reinado entre nosotros en todo el trayecto, solo perturbado por el sonido de los intermitentes cuando nos incorporábamos o girábamos hacia una nueva salida.
Ahora el ruido del viento era casi ensordecedor.
Mientras caminaba hacia la cima de una colina cercana, oí a Ronan cerrar la puerta del coche. Cuando me detuve ante aquel horizonte, un paisaje colosal y redentor se abrió frente a mí.
Ante nosotros se extendía un terreno yermo de un verdor apagado y húmedo surcado por algunos caminos naturales y salpicado, a lo lejos, por un par de aldeas.
Las fuertes rachas de aire balanceaban los helechos y los brezos, y a mí me pareció que el cielo se había quedado a vivir allí para siempre.
Un halcón solitario sobrevolaba el valle planeando con un lento y cautivador dominio.
Tuve la sensación de que aquellos páramos, de que todo lo que me envolvía, estaban cubiertos por un manto hostil, al igual que la historia de Catherine y Heathcliff.
De que había cierta violencia en cómo el viento racheaba a un par de árboles que se erguían solitarios en un extremo.
En cómo la humedad hacía brillar las grandes piedras negras apostadas en la tierra.
Había cierta belleza inmortal en las raíces que permanecían ancladas bajo la superficie.
Como aquel lugar viejo, importante y fiero.
Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies.
—Ten —oí que me decía Ronan a mi espalda—. Ponte la bufanda y el gorro.
Me tendió las prendas y luego se colocó a mi lado listo para capturar la primera instantánea.
—¿No las necesitas tú? —pregunté, incomodada por parecer que de un momento a otro podía sucumbir al envite de la naturaleza más hostil.
—No. —Negó con la cabeza sin dejar de mirar por el objetivo—. Vengo mejor preparado que tú.
Me cubrí el cuello con la bufanda de lana y me enfundé el gorro en la cabeza. Me quedaba enorme, pero lo encontré cálido y desprendía un agradable aroma a limpio.
—Espero que no nos llueva, porque te vas a calar entera con ese abrigo de paño.
—Es de tweed .
—¿No es lo mismo?
Nos quedamos mirándonos unos segundos con el viento silbando entre los rincones que creaban nuestros cuerpos, hasta que Ronan dio media vuelta y empezó a caminar páramo adentro.
—¡Vamos! —gritó cuando estaba más adelantado—. No quiero que se nos haga tarde y tengamos que volver de noche por esas carreteras.
—¿Adónde quieres ir exactamente? —vociferé yo mientras intentaba alcanzarlo sin éxito.
—A las ruinas de Top Withens. Es una granja cerca de Haworth que inspiró la casona de Cumbres Borrascosas .
—¿Está muy lejos? —El viento embestía contra mi cuerpo sin piedad.
—Qué va —contestó, aún varios centímetros por delante—. Ya me parecía que eras demasiado sofisticada para caminar por estos lares...
Mientras atravesábamos aquella tierra, el silencio imperó entre nosotros.
Las rachas de viento se debilitaron y los únicos sonidos que nos rodeaban emanaban del propio ecosistema que nos envolvía.
Algunos pájaros solitarios danzando en la tarde, la brisa atravesando las laderas, los cardos temblando.
También el clic del obturador de la cámara de mi compañero de reparto.
Ese sonido solía ponerme alerta, justo en la línea del disparadero, pero allí fue diferente.
Todo el ruido mediático junto al que había crecido y el gran estruendo público que era mi vida parecían desaparecer junto a Ronan.
Era alguien callado, introspectivo, que no se había achantado ante una estrella de talla mundial como yo.
Y, en aquel momento, lo agradecí. Me sentía abrazada por su serenidad.
Dando pisadas que se hundían en la tierra, me internaba en aquella inmensidad rural y austera.
Mientras mi pelo danzaba con violencia contra el paisaje, tuve una certeza.
Allí no había nadie a quien agradar. No había nada que esconder.
No había espectadores, ni focos, ni la máscara del maquillaje.
No tenía que mostrarme perfecta. No había nada que corregir ni nada que esconder.
Mi madre no me susurraba al oído indicaciones para mejorar.
No había que sonreír y fingir ser feliz.
Allí podía olvidarme del texto sin que hubiera consecuencias.
No tenía que esperar un mensaje de Alan para sentirme completa.
Podía existir sin el mundo. Y el mundo podía continuar sin mí.
En ese páramo plagado de humedad y cielos plomizos, Delilah Williams podía desaparecer.
Sentí cómo las cadenas, que me anulaban desde que tenía memoria, allí no tenían poder.
Allí era libre.
Y, entonces, cuando por fin comprendí todo aquello, me entraron unas ganas inmensas de correr.
Así que lo hice.
Me fundí con el horizonte del valle y el viento se introdujo en mí.