Un amor inventado 14. LAS BOTAS ROJAS
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14. LAS BOTAS ROJAS

LAS BOTAS ROJAS

Ronan

La voz de Delilah era como escuchar cantar a un ruiseñor después de una lluvia de primavera.

Me había bastado leer el texto con ella a solas para saber que no existía nadie mejor para interpretar a Catherine Earnshaw.

Tenía interiorizados sus comportamientos, sus aristas, incluso los silencios que plagaban aquel guion.

Unos días atrás, estaba convencido de que ella no era la indicada.

Pero ahora aquellas razones me parecieron banales.

Prejuicios sin sentido que cada día ella se empeñaba en derribar.

Sí. Delilah era americana, sofisticada y con unos modales impolutos.

Lo contrario a un personaje como Cathy. Pero también era la mejor actriz de su generación.

Al menos, para mí lo era. Lo había sido siempre.

Y supongo que me obligué a olvidarlo cuando, al conocerla, quedé relegado a su total indiferencia.

Al ver peligrar aquel sueño que de momento había cumplido y por el que no iba a dejar de luchar.

El mundo tenía una idea de ella. Yo tenía una idea de ella.

Y, en los últimos tiempos, ella se había retorcido contra esa imagen.

Pero seguía siendo Delilah Williams, la chica dorada de Hollywood, emparejada con Alan, el roquero rebelde de San Francisco que había nacido en una cuna de oro al igual que ella.

Sin embargo, ahora, y ante mis propios ojos, aquella mujer se salía del molde.

Hacía tan solo unos minutos, me había quedado impresionado porque, a medida que avanzábamos por la trama mediante diálogos, hizo algo que ayudó a que nuestra dramatización creciera aún más.

Empezó a trenzarse el cabello mientras continuaba exponiendo sus líneas.

Me fue imposible salir de ese gesto tan sencillo en apariencia, pero a la vez tan tierno e íntimo para un personaje explosivo como lo era el de Catherine.

Era el riesgo, el contraste, y también la excelencia.

Y precisamente ese fue el momento en el que Delilah se me clavó.

Esa misma mañana ya había empezado a verla de otra manera.

Bajaba por las escaleras a las seis de la mañana, preparado para mi carrera matutina, cuando me quedé paralizado al escuchar esa voz.

Alcancé a observar sus papeles esparcidos por la mesa frente a la ventana, antes de que sus palabras me obligaran a quedarme quieto en el sitio.

—Hola, Alan. —Tenía el móvil colocado cerca de la boca, para que el micrófono captara bien su voz—.

Me he quedado toda la noche trabajando para intentar salvar la diferencia horaria.

Pero, cuando te he llamado, tampoco me has contestado.

—Subió las piernas a la silla y pegó las rodillas a su pecho, un poco abatida—.

Sé que la última vez discutimos, que no querías que aceptara este trabajo, pero necesitaba hacerlo.

Esto me hace feliz. Pero no quiero perderte, porque me encuentro muy sola sin ti —confesó—.

Supongo que querrás saber que por aquí todo va bien, aunque el tiempo sea un fastidio y no me gusten mucho los británicos.

—Soltó una risa bajita mientras cerraba el guion encuadernado—.

Y he descubierto que tampoco soporto a los irlandeses.

Me reí, sin más. Y el sonido le hizo agitar todo su cuerpo, asustada. Estaba realmente jodido si me parecía tan divertido que una chica le dijera a su pareja en un mensaje de voz que no me soportaba.

—Vale, no te robo más tiempo —reculó ella rápidamente—. Llámame, por favor.

Pulsó la pantalla y dejó el móvil encima de la mesa.

—Buenos días —la saludé bajando los últimos escalones en dirección a la puerta.

—¿No te enseñaron que es de mala educación espiar a la gente? —Se mostró sorprendida, pero no demasiado molesta.

—En realidad, no —contesté sonriendo—. A los irlandeses nos encanta escuchar detrás de las puertas.

Después de aquello, Delilah se convirtió en un acertijo para mí.

Un problema que quería resolver. Un juego al que quería ganar.

¿Por qué una de las actrices más famosas del mundo parecía tan sola y tan desamparada?

¿Por qué Alan Jones no quería que aceptase este proyecto?

¿Por qué cojones no le respondía las llamadas?

Desde fuera, aquella relación era un auténtico carrusel dorado.

Pero por dentro... No tenía ni puta idea de lo que pasaba por dentro.

No pude dejar de pensar en ello mientras corría y expulsaba vaho por la boca. La piel expuesta al frío dolía. La mayor parte del camino estaba enfangado por la intensa lluvia que había caído de madrugada, y tuve que volver caminando a la casa.

Lo primero que hice cuando llegué fue ir a buscar unas botas de agua rojas que había visto en uno de los zapateros. Me paré delante de su habitación y las dejé junto a la puerta, acompañada de una breve nota:

Todos los irlandeses tienen un par de estas.

Me lo agradecerás cuando pasees por los alrededores.