13. AVANZAR JUNTOS
AVANZAR JUNTOS
Delilah
Dos días después, el sol por fin salió y brillaba con fuerza por encima del horizonte.
Jane y yo estábamos sentadas a la mesa de forja que presidía el porche, ante nuestro desayuno y cubiertas con dos mantas de pelo que habíamos rescatado de un altillo.
La concentración de mi amiga residía por entero en su portátil, que gozaba de mejor ubicación en la mesa que su propio plato.
—Se te va a enfriar el café —la avisé.
—No te preocupes, estoy acostumbrada —respondió ella con tono sarcástico sin despegar la vista de la pantalla—. Al final terminaré pidiendo que me lo pongan con hielo.
Un escalofrío me invadió y me temblaron las manos cuando empecé a mezclar la fruta en mi bol de yogur con copos de avena.
—Nada más pensar en una bebida fría en este lugar me da repelús.
Por muy hermoso y bucólico que me resultara aquel paisaje, echaba de menos Los Ángeles.
Esos días dorados y de gafas de sol de los que Alan y yo habíamos gozado los últimos meses.
Pero en aquellos días también había añorado abrir un guion y sumergirme en él hasta olvidarme de todo lo demás.
Y ahora tenía delante uno. Prometedor y certero, al que me aferraba para no pensar en los problemas que tarde o temprano tendría que afrontar.
Cogí el manuscrito encuadernado y lo coloqué en mi regazo.
—¿Ya te has aprendido todo el texto? —quiso saber Jane tecleando en rachas breves pero intensas.
—Me queda un poco. —Lo abrí por la mitad, justo donde me había quedado la noche anterior—. En los ensayos vamos un poco por libre.
—¿Qué quieres decir?
—Que huimos del texto para no tenerlo dentro ni pensar en él, creo. Y ya sabes que yo soy metódica.
—La mujer más metódica y profesional que conozco, sí —concordó Jane—. Y la mejor actriz, también.
—La verdad es que tengo un poco de miedo.
Por fin mis palabras atrajeron su atención. Alzó la vista del portátil y, con ese gesto tan suyo de comprensión, me instó a seguir.
—Tú nunca tienes miedo, Lilah —me aseguró ella—. Y aún no has descubierto todo tu potencial. Este proyecto te va a hacer florecer aún más.
En ese momento, Ronan hizo su aparición.
Salió de la casa con una bandeja en la mano y vestido con un pantalón de chándal, sus deportivas y un jersey oscuro de lana.
Nunca pensé que esa combinación de prendas tan dispar pudiera parecerme atractiva.
Sin embargo, algunas cosas que yo daba por sentadas estaban comenzando a cambiar.
Como que no pudiera sentir cierta fascinación por la inexperiencia.
—Hola, chicas —saludó él antes de tomar asiento frente a mí y al lado de Jane—. Me siento a desayunar con vosotras.
—Claro. —Mi amiga le dio la bienvenida.
Comencé a comer mi desayuno y Ronan empezó a devorar el suyo.
Unos huevos revueltos con beicon que acompañaba con una tostada.
Era bastante evidente que no queríamos encontrar nuestras miradas, cosa que en cierto modo se debía a que el día anterior Eliza no pudo trabajar con nosotros porque había estado reunida durante horas.
Ronan y yo apenas nos habíamos visto más allá de saludarnos desde la lejanía cuando él regresaba de correr por el bosque y yo observaba el paisaje por el enorme ventanal de una de las salas.
Por cómo se movía por la pradera, con una cierta rudeza y distanciamiento, entendí que estaba trabajando el personaje internamente.
Yo evitaba cruzarme con él después de lo último que me había dicho en el ensayo, pues había revuelto cosas dentro de mí que me habían hecho sentir expuesta.
Así que me había pasado el día sentada ante esa ventana preparándome el texto.
Un móvil vibró sobre la mesa perturbando la paz silenciosa de aquel desayuno. Era el de Jane. Tan pronto como mi amiga se percató, se levantó arrastrando la silla, alcanzó el teléfono y desapareció dentro de la casa.
Cuando terminamos, no nos quedó más remedio que levantar la cabeza para encontrarnos.
Y desafiarnos, como hacíamos siempre. Sin embargo, su expresión estaba relajada y me puso nerviosa que no recogiera su bandeja y se marchara.
Subí las piernas a la silla y me acerqué las rodillas al pecho antes de zambullirme de nuevo en el guion. Necesitaba huir de su atención, pero...
—¿Pasamos el texto juntos? —preguntó en un intento de integrarse en mi dinámica de trabajo—. Creo que nos puede venir bien.
—Vale. —Me asustó un poco la rapidez con la que contesté.
Y es que quizá aquella cabaña en la nada más apartada de Yorkshire me hacía sentir aún más sola. Siempre era mejor leer un guion con otra persona que te diera la réplica, más aún si se trataba del otro protagonista de la historia. Así que empecé a pasar las hojas hacia el principio.
—Voy adentro a por mi guion y mis libretas. —Ronan se levantó y se apresuró a entrar en la casa.
Preparé los bolígrafos y los subrayadores y miré al frente, hacia donde el paisaje era verde, marrón y azul.
Una nada silenciosa donde parecía que el ser humano aún no había pisado tierra.
Pensé que quizá la vida era eso: una persona en medio del vacío sin el ruido exterior y bajo un cielo despejado de nubes.
Un montón de libretas impactaron sobre la mesa antes de que Ronan tomara asiento frente a mí otra vez.
—¿Para qué son todas esas libretas? —pregunté con curiosidad.
—Bueno, me gusta escribir biografías de los personajes que interpreto.
—¿Biografías? ¿En plural? —Abrí mucho los ojos y su boca se cubrió con un intento de sonrisa.
—Sí, en plural —contestó mientras abría el guion y empezaba a pasar las páginas.
—¿No te sabes la novela de memoria?
—Siempre existen huecos en blanco que me gusta rellenar.
Aquella idea, a pesar de venir de él, me resultó interesante.
Cuando solo cuentas con la información que te ofrece el texto para interpretar a un personaje, hay escenas que se te escapan.
Y era cierto que su método abría posibilidades interesantes.
De todos modos, no iba a confesarle aquello y, al final, solo pregunté:
—¿Te parece bien que comencemos directamente pasando los diálogos de nuestras escenas?
Ronan levantó la cabeza y, por primera vez desde que lo había conocido en aquella cafetería de Londres, me dedicó una sonrisa de verdad.
Luciendo la casi inexistente separación entre sus dos incisivos centrales.
Era mínima, pero ahí estaba, y eso le hacía parecer peligroso como un gánster y tierno como un niño. Todo al mismo tiempo.
Durante el siguiente par de horas, nos ceñimos a leer e interpretar el texto en voz alta.
Ambos tomábamos anotaciones cada tanto y resoplábamos cuando sobrevolábamos las escenas importantes.
Ambos amábamos aquello. A ambos nos sobraba el mundo en ese instante en el que el reloj se detenía en nuestras palabras recitadas.
Él tenía una voz gruesa, impactante, de esas que se intensifican cuando cierras los ojos.
Y yo tenía un absoluto control sobre la mía.
Años y años de formación, de experiencias, de directores y también de mi madre susurrándome al oído acotaciones infinitas sobre el tono que era adecuado para cada escena.
Al terminar, los dos apoyamos la espalda sobre el respaldo de la silla y observamos el cielo. Empezaba a conectar aquella historia con esas tierras y algo dentro del proceso simplemente encajó.
—¿Cuándo fue la primera vez que sentiste que actuaste en algo de verdad? —Sus palabras acompañaron la brisa que se levantó en el porche.
—La primera vez que pisé un set fue para un anuncio de un chicle con pinta de ser cancerígeno —le conté mientras me arrebujaba más en la manta antes de continuar—.
Pero supongo que la primera vez que sentí que participaba en algo verdaderamente importante fue en Al final del sendero .
Todo aquello resultaba enorme para una niña de diez años...
Cuando hice el monólogo final donde terminaba llorando, todo el set enmudeció y luego estalló en aplausos.
A partir de entonces, empecé a ser la niña de las lágrimas .
—¿Cómo lo hacías? Eras muy pequeña.
—Aprendí la técnica. Pensaba en el último recuerdo que tenía con mi padre y las lágrimas acudían a mis ojos. Después, tuve que sustituir recuerdos porque ni siquiera era capaz de acordarme bien de aquella sensación.
Mi compañero asintió y empezó a recoger las libretas y los papeles que había desperdigados por toda la mesa.
—¿Y tú? ¿Cuál fue tu primera vez de verdad? —pregunté poco después.
—Serie nacional adolescente —masculló—. Yo soy un chico de teatro...
Seguro que se me nota. —Solo me quedó asentir con ahínco—.
Pero hace un par de años me presenté a un casting y me seleccionaron.
Fue para interpretar a un personaje secundario.
El amigo un poco pasado de rosca del protagonista.
Apenas tenía unas líneas de diálogo, pero escribí tres cuadernos como estos sobre aquel personaje.
Una carcajada espontánea emergió de mi boca, libre, y sanó un pelín el vacío. ¿Cuánto hacía que no me reía de verdad? Atisbé cómo Ronan se quedaba prendado con el movimiento de mis labios antes de continuar con su relato.
—Me lo tomé muy en serio, porque actuar siempre ha sido mi pasión y poder ganarme la vida con ello me permitiría dedicarme a lo que más me gusta.
Así que lo di todo. El director se quedó tan satisfecho con mi actuación que en la segunda temporada me dio más protagonismo.
Fue todo un éxito. Y después Eliza Grey se fijó en mí.
—Y el resto es historia.
—El resto es historia.
—Es bueno recordar que hay gente que elige la actuación.
—¿Qué quieres decir? —Su ceño se frunció como si se hubiera perdido algo de la conversación.
—Que a veces no tienes otra opción. Yo nací destinada a posar para una cámara.