Un amor inventado 12. LA TÉCNICA MEISNER
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12. LA TÉCNICA MEISNER

LA TÉCNICA MEISNER

Ronan

El ejercicio consistía en poner el corazón sobre la mesa.

Pero, por encima de todo, en dar rienda suelta al instinto.

Eliza nos había confesado que lo que más le interesaba era trabajar en nuestra química, en nuestra confianza y en las reacciones de nuestro instinto.

Así que íbamos a hacer una improvisación utilizando la técnica Meisner.

Según Sanford Meisner, al que había estudiado en mis años en el teatro, «actuar era hacer».

Resultaba evidente que yo estaba exultante con la forma de funcionar que nos había propuesto Eliza: profundizar en nuestro propio interior para afrontar unos personajes tan complejos como aquellos.

Unirnos a base de improvisación e ir engrandeciendo el guion.

Aunque imaginaba que Delilah debía de pensar de forma completamente diferente.

Sentados en dos sillas y frente a frente como estábamos, podía sentir la tensión en su espalda.

Ella era una actriz fiel a su texto y a las escenas meticulosamente estudiadas.

A seguir lo marcado. Aun así, la fuerza escénica y visual que era capaz de conjurar de un segundo a otro era algo de otra galaxia.

Un instante, Delilah dudaba. Al siguiente, era la viva heredera de Helena de Troya, enfrentándose ella sola a todo un reino.

Otro instante, Delilah temblaba de incertidumbre con el primer atisbo de mi contacto.

Y, al siguiente, deseaba con cierta agonía que posara mis dedos sobre esas cumbres rosadas que poseía por labios.

Si Eliza no nos hubiera interrumpido, yo habría conocido la textura exacta de sus labios en la yema de mis dedos.

Me habría recreado en ellos, sobre ellos.

—Si os parece, vamos a realizar una actividad de repetición —nos hizo saber Eliza mientras se alejaba de nosotros—.

Me interesa ver cómo reaccionáis y buscáis la verdad en el momento.

Como imagino que ya sabéis, el ejercicio se basa en escuchar al otro, en repetiros una frase una y otra vez.

En conectar con lo que sintáis en el ahora, en bucear en las emociones.

Centraos por completo en el otro y, por favor, nunca os olvidéis de jugar.

Cuando puse mi atención en ella, descubrí que Delilah tenía la mirada perdida en el paisaje plomizo que enmarcaba la ventana. El viento barría las ramas de los árboles que cercaban el jardín y el sol entraba taimado debido a las nubes que lo cubrían.

—Ey —la llamé para volver a atraer su interés.

Tan pronto como giró la cabeza, me atravesó con unos ojos que vaticinaban un desafío y el vello se me puso de punta.

Porque hacía mucho tiempo, quizá meses, quizá años, tal vez toda una vida, que yo no sentía el tipo de emoción que te dejaba exhausto y sin saber muy bien cómo vivir después de experimentarla.

Así que me concentré en su cuerpo, en la pulcra camisa blanca que vestía, en las ondas doradas de su cabello, que yo había observado en el pasado en cada una de sus fotografías.

Y empecé por ahí.

—Te brilla el pelo.

—Me brilla el pelo.

—Te brilla el pelo.

—Me brilla el pelo —repitió por segunda vez con un tono envuelto en cierta condescendencia.

—Te brilla el pelo.

—Me brilla el pelo.

Delilah adoptó una postura en la silla que expresaba que estaba haciéndole perder el tiempo. Así que empecé a jugar de verdad. Porque a mí me encantaba jugar.

—Creo que me odias.

La sorpresa surcó su rostro y entornó esos dos diamantes aguamarina tan suyos.

—Creo que te odio.

—Creo que me odias —afirmé, absolutamente convencido y acompañando aquella afirmación con un asentimiento de cabeza.

—Creo que te odio. —Delilah respondió con rudeza.

Y yo me abandoné a aquella danza verbal.

—Creo que me odias y que, además, te divierte.

—Creo que te odio y... me divierte.

Su boca sonrió, y yo me sentí caer por un puto precipicio ante ese gesto tan hermoso.

—Me odias y... ni siquiera sabes por qué.

—Sé muy bien por qué.

—Sabes muy bien por qué, ¿eh?

—Sé muy bien por qué.

—Quizá es porque no conoces a nadie como yo.

—¿Que no conozco a nadie como tú? —Su carcajada se le atascó en la garganta y cruzó las piernas, bastante segura de sí misma.

—No conoces a nadie como yo.

—¿Estás seguro?

—Lo estoy.

—Estás seguro.

—Lo estoy.

—¿Y de qué más estás seguro?

—¿De qué más estoy seguro...?

—Sí. ¿De qué más estás seguro?

La batalla acontecía en el espacio vacío entre nuestros cuerpos, así que, antes de responder, me incliné hacia delante y pude ver con certeza el tobogán perfecto que era el tabique de su nariz.

—De que estás rota.

En cuanto solté aquello, observé cómo el castillo de cristal de la reina de Nueva York se derrumbaba.

Lo supe por cómo cerró los ojos para salir de aquella actividad que ni siquiera soportaba.

Al momento me arrepentí. Esa frase era mi intento de conseguir un resultado auténtico, de conectar profundamente con ella, pero no había medido las posibles consecuencias.

Había sido cruel. Poco a poco, el ruido del exterior penetró en nuestra atmósfera cargada, y al observar a nuestro alrededor, nos dimos cuenta de que Eliza no estaba en la habitación.

Ni siquiera nos habíamos percatado de que se había marchado.

Su voz nos llegó a través de la puerta entornada de la entrada, pues estaba hablando por teléfono.

Volví mi atención a Delilah y vi que se frotaba los hombros con ahínco, como si tuviera frío.

Me preocupó que su mirada estuviera perdida en el vacío; era evidente que había alzado sus murallas de nuevo dejándome fuera.

Y la posibilidad de haberla herido y el hecho de que ahora ella se encontrara más lejos de mí que antes se me hizo de pronto insoportable.

Sin embargo, lo que había sentido hacía tan solo unos minutos cuando habíamos interactuado había sido mágico. Actuar junto a Delilah me hizo creer en la magia.

Hinqué un codo en una rodilla y apoyé la barbilla sobre mi puño, pensativo.

Por primera vez, tuve la certeza de que esto iba a funcionar.

Sencillamente lo percibía dentro de mí. Muy dentro.

Lo haríamos. Aún faltaba todo un sendero por recorrer, pero la chispa que resultaba imprescindible estaba ahí. Al alcance de nuestras manos.

El salón se sumió en un silencio incómodo y pesado.

Volví a posar mis ojos en ella, otra vez imperturbable.

Otra vez inaccesible. Deseé volver a jugar para decirle que parecía tan sacudida por la vida como yo, a pesar de todas sus circunstancias brillantes y privilegiadas.

A pesar de su posición en la torre más alta de Hollywood.

A pesar del oro que rezumaba por sus poros.

Quise confesarle que yo también estaba roto y que, mirándola a ella, actuando con ella, jugando con ella, había fantaseado con encontrar los pedazos.