11. EL INSTINTO
EL INSTINTO
Delilah
Esa mañana, frente a la ventana de la cocina, estaba dándole un sorbo a mi café mientras pensaba en si era demasiado joven para sentirme tan triste.
En el fondo, sabía que ese era el verdadero motivo por el que huía a otras vidas, a esos personajes que podía habitar sin que hubiera consecuencias.
Lo que deseaba era alejarme de mi tristeza y olvidarme de mi soledad.
Para mí, actuar era encontrarle una salida al dolor y poseer una herramienta para comprender el mundo que acontecía ante mis ojos.
El día anterior, al entrar en mi habitación había encontrado una nota de Eliza.
«Es importante no olvidarse del lado lúdico de la actuación», rezaba el papel, que aún descansaba sobre la mesita de noche.
Así que, en ese momento previo al primer ensayo, percibí que la emoción por buscar ese espacio de juego, igual que cuando era una niña y asistía a mis primeras clases de teatro, desbancaba ese vacío que gritaba en mi interior.
Unos pasos acercándose se colaron en mis pensamientos.
Ladeé la cabeza y observé cómo Ronan entraba en la cocina.
Llevaba el pelo húmedo y una toalla alrededor del cuello.
Supongo que no esperaba verme ahí; por eso, después de toparse con mi mirada, calculó cada paso que daba mientras alcanzaba una taza y se inclinaba sobre la cafetera.
—¿Hay café? —preguntó.
—Sí, si es que a eso se le puede llamar café.
Él giró la cabeza y me echo un vistazo por encima del hombro.
Después de unos segundos, volvió a centrar su atención en la tarea de servirse la bebida.
—¿Acaso hay algo con lo que alguna vez estés satisfecha?
Maravilloso, pensé. Primera discusión de calentamiento antes de que empecemos a pasar el texto del guion.
—Parece que no —contesté—. ¿No es así como funciona el mundo?
Ronan se dio la vuelta y se apoyó en la encimera.
—Quizá el tuyo sí que funcione así.
—En los próximos días, compartiremos un mismo mundo, el de esa historia favorita tuya...
—¿Qué te hace pensar que es mi historia favorita?
—¿El clamor con el que defiendes la novela y el rencor que me profesas por no haberla leído?
Sus labios se curvaron. Sin embargo, su sonrisa no apareció.
—No te preocupes —anuncié mientras dejaba mi taza en el fregadero—. Creo que sobrevivirás a mi insatisfacción crónica. Aunque pueda parecer lo contrario, no soy una mala compañera de convivencia.
—En eso estoy de acuerdo contigo. Ayer no te vi ni un solo cabello de esa melena —replicó él, secándose el pelo con la toalla—. ¿Qué tal está tu cabeza?
—Mejor, gracias.
Luego, me dispuse a dar un par de pasos decididos y elegantes antes de pararme a reclamar su atención de nuevo.
—Pero, Ronan...
—¿Qué?
—El rodaje será distinto. Allí me tendrás que aguantar.
Me verás, aunque no quieras hacerlo. Y tendrás que acatar las órdenes y ceder en ciertas cosas...
Una grabación de una película es algo intenso, incontrolable y que pocos están dispuestos a soportar.
Por eso hablaba el otro día con Eliza. Solo...
Estaba preocupada por el proyecto... ¿Seguro que estás preparado?
Su mandíbula se tensó. Sus hombros se cuadraron. Su nuez se movió lentamente cuando tardó más tiempo del habitual en tragar un sorbo de café. Y supe que, bajo mis palabras, Ronan había captado el tono de desafío.
—Claro que estoy preparado —contestó él.
Por cómo dijo aquella frase, pareció que tenía otro significado. Algo así como: «Por supuesto que voy a callarte la boca, Delilah».
El sonido del motor de un vehículo rebotó entre las paredes.
—Parece que Eliza ha llegado.
—Sí —contestó él, como si hubiera recuperado de golpe toda la calma de la montaña—. Ahora podemos empezar a hacer lo que de verdad nos gusta.
No se lo reconocí, pero Ronan tenía razón.
Lo que de verdad amábamos era actuar. Utilizar nuestro propio cuerpo y nuestra voz para dar vida a un personaje.
Frente a frente, como nos encontrábamos ahora, en medio del salón, ninguno podía ya huir del otro.
Así que, por primera vez, nos observamos desde una distancia de pocos centímetros.
Y solo vi determinación en sus ojos. Una pasión tan sagrada por aquel momento que casi perforó un agujero en mi capa de la experiencia.
—Lo primero que vamos a hacer es el juego del espejo —anunció Eliza, equipada con su cámara de vídeo, desde una esquina de la habitación—. Quiero que os acostumbréis el uno al otro, que os resulte natural teneros cerca, que os podáis reconocer hasta en la oscuridad.
Nosotros no apartamos la mirada del otro. Aquello era intenso. E instintivo.
—Quiero que os imitéis durante un rato antes de que empecemos con el ensayo —añadió—. Podéis comenzar cuando queráis.
La última vez que había hecho algo parecido a aquella dinámica tenía siete años. Era algo básico que aprendían los niños actores.
Entonces, él se movió primero.
Alzó una mano por encima de nuestras cabezas, a la que yo seguí con la mía al instante.
Empecé a moverme calcando sus movimientos, sin quitarle los ojos de encima ni un solo instante.
Al cabo de unos pocos minutos, nos movíamos por la habitación tan sincronizados que incluso Eliza comenzó a seguirnos con la cámara encendida.
Terminé por casi adelantarme a sus propios movimientos, pues sabía que, cuando Ronan ladeaba un pelín la cabeza a la derecha, significaba que iba a dar un paso a la izquierda.
Y viceversa. También había observado que parpadeaba de manera sosegada antes de acercar su cuerpo al mío.
Entre vaivenes, nos trasladamos junto a la pared de la chimenea, el uno frente al otro, con uno de nuestros hombros tocando la piedra. Respirábamos agitados por el esfuerzo y habíamos logrado la gran hazaña de no despegar los ojos del otro ni un solo segundo.
Como si dudara de algo, Ronan agachó la mirada solo para alzarla de nuevo y volver a posarla en mí.
Parpadeó, separó los labios y me fijé en el atisbo de dientes que asomaban por la ranura, en la ligera separación que había entre sus incisivos.
Aquello me distrajo, por lo que su siguiente movimiento me pilló desprevenida.
Posó una mano en mi mejilla y la deslizó con sumo cuidado por mi piel.
Mi columna vertebral se erizó. Su mano me pareció firme como una roca pero tan suave como la erosión que el tiempo provocaba en ella.
Leyó la sorpresa en mi cara, porque los dos sabíamos que en aquel juego tocar no estaba permitido, pero existía un desafío latente entre nosotros.
Existía el impulso de ir más allá, de explorar caminos que nos llevaran a lugares en los que brilláramos juntos.
Eliza quería que actuáramos con libertad, que experimentáramos cualquier idea. Y Ronan me estaba mostrando una.
Lo imité. Coloqué mi mano sobre su mejilla y mis dedos se deslizaron por su mandíbula, al mismo tiempo que él hacía lo mismo conmigo.
Fuimos bajando poco a poco hasta detener nuestras manos sobre el cuello del otro, en la parte superior de la clavícula.
Con una sincronía sublime, apartamos nuestras miradas a la vez.
En cuanto cerré los ojos, sentí el empuje.
Como si fuéramos dos imanes, dimos un paso adelante, y percibí el calor que emanaba de la cercanía de su cuerpo.
Su respiración brincando sobre mi sien. Yo retuve la mía un poco más en los pulmones, hasta que la solté en un suspiro cuando noté sus dedos a punto de tocar mis labios.
Mi cuerpo me incitaba hacia aquel contacto, yo deseaba saborear algo que aún no conocía, y mi boca se entreabrió sin pretenderlo.
No sabía de dónde nacía aquel anhelo, pero lo más real de ese momento era que quería que me tocara de nuevo. Deseaba que lo hiciera.
—Muy bien, chicos. —Eliza dio una palmada y me sacó de inmediato del universo paralelo con olor a menta en el que me encontraba.
Abrí los ojos para toparme con el rostro concentrado de mi compañero, presidido por esa grieta vertical formada por el modo en que fruncía el entrecejo.
—Me ha sorprendido veros tan compenetrados. Se nota que habéis avanzado un poco.
Tan pronto como Ronan fue consciente de las palabras de Eliza, su expresión se transformó, mudando a una de diversión.
Una comisura levantada en la que me sentí derrapar.
Él sabía, al igual que yo, que aquella atmósfera que se había creado había sido el resultado de la casualidad más pura, porque apenas nos habíamos cruzado por la casa.