Un amor inventado 10. ES MÁS FÁCIL JUZGAR QUE COMPRENDER
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10. ES MÁS FÁCIL JUZGAR QUE COMPRENDER

ES MÁS FÁCIL JUZGAR QUE COMPRENDER

Ronan

Estaría mintiendo si dijera que toda aquella situación no me divertía hasta la médula. Sí. Ver a Delilah Williams con sus botas caras de tacón hundirse en el barro me había hecho reír. Pero tan solo por dentro, pues de cara al exterior mi fachada de tipo imperturbable continuaba intacta.

La seguí cuando entró en la casa porque no quería perderme la primera impresión de alguien que venía de tener a su disposición trescientos metros cuadrados de suite.

A mí esa casa me parecía un sueño. Totalmente alejada del ruido, con una zona de estar acogedora que incluía dos sofás de pana mullida enfrentados junto a la chimenea, y el suficiente espacio libre para que dos actores pudieran ensayar cómodamente.

La cocina se comunicaba con el salón por un lateral.

Era independiente, pero no tenía puerta, y estaba totalmente equipada, con una estantería solo para las tazas y demás menaje y una ventana sobre el fregadero que daba directamente al jardín.

Sin embargo, la joya de la corona era una pequeña estancia al lado de las escaleras que conducían a los dormitorios en el piso superior.

En aquella sala había una mesa redonda junto a un gran ventanal por el que se vislumbraba una impresionante llanura verde.

A lo lejos se podían apreciar los páramos.

Y veías cómo el cielo se cernía, poderoso, sobre aquella tierra.

Nunca me había sentido más cerca de una inmensidad tan demoledora que ante aquella ventana repleta de paz.

Mientras esperaba a que Delilah y Jane aparecieran, me había sentado allí, rindiéndome a observar.

Nada más que eso. A capturar aquella naturaleza existiendo, lejos de todo, con la intención de llevarme ese lugar para siempre en mi memoria.

Un ruido me sacó de mis pensamientos y puse toda mi atención en Delilah, que caminaba por aquel salón a la vez que inspeccionaba todo en silencio. Fijó sus ojos en las llamas de la chimenea, que yo había encendido un rato antes.

—¿Dónde está la cocina? —preguntó con la boca pequeña.

—Por aquí —dije antes de dirigirme hacia allí.

Ella me siguió y, ya dentro, nos quedamos frente a frente y nos miramos a la cara por primera vez. Si íbamos a ser Catherine y Heathcliff, tendríamos que romper el hielo en algún momento.

—La cocina tiene de todo, igual que los dormitorios y los baños —le comenté. Delilah me observó en silencio—. Mi dormitorio, quiero decir. No es que haya entrado en el tuyo ni nada parecido. Hay un cartel en la puerta.

La actriz recorrió la estancia con la mirada y se detuvo en un frutero que decoraba una mesa pegada a la pared.

—¿Hay cerezas? —preguntó, desabrochándose un abrigo que tenía pinta de ser muy caro.

—Eh... —Aquello me cogió de improvisto—. Creo que no.

—Lo suponía.

—Es que no es época de cerezas.

—Tampoco es época de estar en medio del monte con este frío y míranos.

Delilah deambuló por la cocina hasta pararse frente a la ventana. Abrió el grifo, se mojó la palma de una mano y se la llevó a la frente. Sus ojos se cerraron en respuesta al alivio que la inundó.

—Respecto a eso... —comencé a hablar. Ella abrió los ojos y observó el jardín a través de la ventana.

Aún lloviznaba—. Sé que no hemos comenzado con buen pie.

Sé que somos diferentes. Sé que piensas que no soy la mejor opción para este proyecto, pero quiero que sepas, más bien necesito que sepas, que no hay nada más importante para mí que actuar.

Sus hombros se tensaron tras mi discurso y agachó la cabeza.

Me había pasado toda la tarde pensando qué palabras utilizaría.

Eliza había tramado ese plan con la intención de obligarnos a establecer un vínculo necesario para que confiásemos el uno en el otro dentro del set.

Y yo estaba dispuesto a todo por conseguirlo.

A tragarme mi orgullo y olvidar que había intentado echarme del proyecto.

Incluso a construir puentes blancos y delicados, repletos de lirios y palomas blancas, que me condujeran hasta Delilah Williams.

Solo eran unos meses.

Solo era una película.

Y la puñetera oportunidad de mi vida.

—Te aseguro que voy a darlo todo —puntualicé—. ¿Podrás tú hacer lo mismo?

Observé cómo giraba la cabeza lentamente hasta que su mirada se encontró con la mía. Creo que esa fue la primera vez que me perdí en sus ojos color aguamarina.

—Yo siempre doy lo mejor de mí —recalcó, con la voz dura y el ceño fruncido.

—Hay algo más importante que nosotros, y es la película que vamos a rodar.

—Estoy de acuerdo. Ahora, si me disculpas...

Delilah se secó la mano con un trapo y caminó hacia la salida, donde yo aún permanecía apoyado en la pared.

Y desapareció. Claro que lo hizo. Se encerró en su habitación y no supe nada de ella en toda la tarde.

Paseé por los alrededores con mi chubasquero, crucé un par de palabras cordiales con Jane y me volví a sentar a la mesa redonda junto a aquel ventanal con vistas a los campos infinitos.

Me pasé toda la tarde estudiando el guion y llenando mis libretas de apuntes mientras la luz menguaba y las gotas de lluvia decoraban el cristal de la ventana.

Esa noche, sentado a la mesa de la cocina, ante un plato de verduras salteadas con pollo que yo mismo había cocinado, por fin le pregunté a Jane:

—¿Delilah no va a cenar? ¿Tiene alguna dieta especial?

—Qué va —respondió ella, pinchando un trozo de zanahoria con el tenedor—. A veces le dan crisis de migrañas.

—Ah. Como es tan tiquismiquis para algunas cosas...

Jane, que era menuda y bastante mona, sonrió mientras asentía.

—Todos lo somos.

—¿Cuánto hace que trabajas con ella?

—Algo más de cinco años.

Resoplé y alcancé mi vaso de agua para dar un trago. Jane era agradable y práctica. Una persona organizada y eficiente que llevaba a la perfección todo el entramado en el que consistía la vida de Delilah Williams. Pronto me compadecí de ella.

—Ha debido de ser duro. —Mi tono bromista la hizo sonreír de nuevo.

—Supongo que siempre ha sido más fácil juzgarla antes que comprenderla —contestó ella mientras masticaba su comida. Cuando tragó, continuó hablando—: Gracias por la cena, Ronan. Está muy buena.

Y así fue como entendí que Jane consideraba a Delilah una amiga, alguien a quien defender.

Cambié de tema de inmediato y conversamos durante un buen rato sobre la zona, el encanto que poseía y también los pormenores del clima.

Ante nuestros platos de comida vacíos, pensé que, muchas veces, detrás de una gran actriz había una persona interesante como asistente que velaba por su bienestar. Y quise preguntarle por su vida.

Al terminar, Jane me convenció de que ella se ocuparía de fregar los platos y recoger la cocina.

Y yo no pude más que complacerla subiendo a mi habitación.

Antes de entrar, pasé por delante de la puerta tras la que se encontraba la hermética actriz.

Esa chica a la que, según Jane, nadie se había dignado a comprender.

Detrás de las paredes se oía una canción que hablaba de escuchar a los pájaros en la brisa del verano.

Y recuerdo que pensé que quizá Delilah quería huir.