9. UNA CABAÑA EN MEDIO DE LA NADA, YORKSHIRE
UNA CABAÑA EN MEDIO DE LA NADA, YORKSHIRE
Delilah
Lo había intentado. Me había resistido hasta el final para no estar donde me encontraba ahora mismo.
Dentro de un jeep alquilado que Jane conducía torpemente mientras transitábamos por carreteras secundarias infinitas de un solo carril y caminos de tierra embarrados.
Hacía bastante rato que la civilización había quedado atrás para dar paso a paisajes propios de una naturaleza virgen, rodeada por todos los lados de bosques, arbustos y páramos.
Yo estaba intranquila. No solo porque parecía que cada vez nos alejábamos más de la seguridad del hotel, sino porque aquel paisaje encapotado nos iba a acompañar durante algo más de una semana.
El cottage , así lo había llamado Eliza, estaba cada vez más cerca. Y mi malestar se iba intensificando con cada bache en la carretera que lográbamos superar.
—¿Estás bien? —preguntó Jane desviando un segundo la atención del frente para posarla en mí.
—No mucho.
Jane esbozó una minúscula sonrisa que me hizo encogerme.
—Será divertido —aseguró.
—Esto no es un juego. Es un trabajo —repliqué—. Y ya sabes que mi modo de trabajar se aleja bastante de esta parafernalia.
—Solo vais a trasladar los ensayos preliminares a una casa en el campo alejada de cualquier distracción.
Observé cómo su mirada recaía en los matorrales que íbamos dejando atrás, en los laterales de la carretera.
—Jane.
—¿Qué?
—Vamos a convivir durante días, días enteros, con un actor que parece tener un problema con acatar las normas...
Me hundí en el asiento soñando con que el latido de mi sien no se convirtiera en una migraña insufrible. Ronan me provocaba dolores intensos de cabeza. Tampoco podía soportar la superioridad moral que, en ciertas ocasiones, acompañaba a los actores de método.
—Recuerda que estaré contigo.
Esa había sido la única condición que le había puesto a Eliza cuando, en medio de una reunión de última hora, nos comunicó paso a paso el plan que tenía en mente.
Habían alquilado una casa de campo perdida en un páramo de Yorkshire.
Querían que Ronan y yo ofreciéramos el máximo en esa película, pues habían apostado por todo lo alto contando conmigo para el papel principal.
Querían que esa animadversión que habíamos desarrollado durante los primeros días se evaporara como por arte de magia, como si el canto de los pájaros pudiera embrujarnos para que no nos odiáramos.
Querían que la convivencia entre nosotros diera lugar a la confianza sin la que este proyecto estaría destinado al fracaso.
Estuvimos debatiendo más de una hora de reloj acerca de por qué aquello me parecía la peor idea del mundo. Pero éramos uno contra tres, a pesar de que mi opinión fuera la más valiosa, debido al caché, de los que estábamos sentados a la mesa.
Eliza estaba convencida de que su plan iba a funcionar.
Buster, el productor ejecutivo, la secundaba sin pestañear y con los brazos cruzados.
Y Ronan...
A Ronan sencillamente le parecía un plan maestro.
¿Cómo no iba a ser así? Para él, un actor de método que necesitaba hurgar en sus personajes el mayor tiempo posible durante el día, aquello era el paraíso. Un auténtico caramelo que saborear mientras mis nervios me arrancaban la poca cordura que me quedaba.
Una cabaña en medio de la nada en Yorkshire.
Siete días de convivencia.
Y un arduo trabajo por delante.
El coche se detuvo con un frenazo seco en medio de una bifurcación.
—Creo que es por la izquierda —dudó Jane girando la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro.
—¿Crees? —pregunté, demasiado cansada ya de la situación—. Lo que yo creo es que vamos a dar media vuelta. No va a funcionar.
—Vale, voy por la izquierda —decidió un segundo antes de avanzar por un camino forestal tan estrecho que las ramas de los árboles rozaban los cristales del jeep.
Varios minutos después, aparcamos frente a una casa de piedra con un tejado a dos aguas rodeada por completo de vegetación.
Algunas hiedras de diferentes colores se adherían a la parte alta de la fachada.
En uno de los lados había una mesa de forja con varias sillas que ocupaban todo lo que era el porche delantero.
La casa era pequeña, pero rebosaba encanto a raudales.
La propiedad habría parecido sacada de una de esas postales hechas en un día soleado que invitan a los turistas a viajar a la zona si no hubiese sido por la llovizna que caía sin descanso de unos imponentes nubarrones.
Bajo ese manto gris, la casa era más bien aterradora, inhóspita.
Nos apeamos del coche y, nada más posar un pie en el suelo, el tacón de la bota se me hundió en el barro. Ahí tenía la señal que estaba esperando de que aquello iba a ser aún peor de lo que imaginaba. Me abotoné el abrigo de tweed cuando el ambiente helador me impactó en la cara.
—Para colmo me he quedado atrapada —anuncié, intentando sostenerme en pie a medida que el tacón se hundía cada vez más.
—Te avisé de que esas botas no eran adecuadas para un lugar así.
Jane caminó con brío hasta el maletero y comenzó a sacar nuestro equipaje.
—Para empezar, lo que no me parece adecuado es esta situación —solté enfurruñada—. Y, para terminar, ¿quién diablos piensa que con este tiempo vamos a poder trabajar a gusto?
—Solo es un poco de lluvia.
Abrí la puerta trasera del vehículo y alcancé mi bolso.
Sabía que para Eliza era importante que trabajáramos en desarrollar una confianza ciega entre nosotros de cara a facilitar las cosas en el rodaje.
Y también para que todo lo que ella había imaginado sobre su película viera la luz.
Una de las primeras cosas que aprendemos los actores es a debernos al director (directora, en este caso), pues siempre es el guía que capitanea un barco enorme y desafiante.
Por eso, finalmente, había aceptado su propuesta.
También porque tenía una carrera como actriz que reavivar. Una vida a la que regresar.
Cuando cerré la puerta del coche, observé que Jane ya caminaba hacia la entrada arrastrando nuestras maletas.
Dispuesta a seguirla, emprendí el camino justo cuando la puerta de la cabaña se abrió.
Ronan apareció tras ella y se apresuró a ayudar a mi amiga.
Me quedé clavada en el barro, con los tacones hundidos e incapaz de saber qué hacer.
Mi compañero de reparto volvió a salir para quedarse con el hombro apoyado en el marco de la puerta.
Nos miramos desde la distancia a medida que la lluvia me empapaba el cabello.
Él iba vestido con un anorak negro y unas botas de goma, y tuve que reconocer que su atuendo era mucho más adecuado para ese lugar que el mío.
Se metió una mano en el bolsillo, del que sacó una cajita pequeña de metal para llevarse algo a la boca.
Su mandíbula empezó a mascar una hoja de menta mientras me observaba con atención.
Apenas nos separaban diez metros, pero yo sentía aquella distancia como un gran océano que debía atravesar.
Saqué un pie, después el otro. Los hundí en el barro.
A todas luces, era como ver moverse a un pato mareado.
Y él estaba en la primera fila de aquel espectáculo.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó cuando tardé más de lo normal en desenterrar el tacón de aquella húmeda tierra inglesa.
No contesté. Solo alcé la cabeza con orgullo y me concentré en llegar dignamente hasta la zona pavimentada frente a la puerta principal. Volví a mirarlo fijamente a los ojos. Dos pozos oscuros bajo unas cejas cinceladas.
—Ronan —lo saludé con sequedad.
Él alzó una de las comisuras de la boca un puñetero centímetro.
—Delilah —respondió, y un ligero rastro de olor a menta me rozó la nariz.
Después, desaparecí dentro de aquella cabaña infernal.