8. LAS DUDAS ME COMEN
LAS DUDAS ME COMEN
Ronan
Cuando entré en el bar del hotel, Finn me estaba esperando sentado a una mesa al fondo.
Mientras me acercaba a él, mi amigo me sonrió con toda la cara, tal como acostumbraba hacer.
Nunca había conocido a nadie tan alegre, a pesar de las cartas que la vida le había repartido.
Jamás le había oído quejarse. Jamás faltaba esa sonrisa que le dibujaba pronunciadas patas de gallo.
—No hacía falta que vinieras, tío —le dije cuando nos fundimos en un abrazo que no sabía que necesitara tanto.
—¿Cómo no iba a venir a darte mi bendición? —me rebatió él—. Eres mi amigo, Ronan, y estás a punto de hacer historia.
—Solo voy a ser el protagonista de una película.
—Lo que te decía, joder. ¿Eres consciente de lo que tienes entre manos?
—Sí —admití.
Sin embargo, la mueca insegura que esbocé lo convenció de lo contrario. El camarero apareció y dejó dos pintas frente a nosotros.
—He pedido lo de siempre —confirmó él.
Asentí y luego eché una ojeada a mi alrededor por si acaso me encontraba con la famosísima actriz con la que compartía aquel lujoso hotel. Era mi día de suerte: no estaba allí.
—¿Qué es lo que pasa? —quiso saber Finn—. ¿Es que ya han descubierto el carácter amargo y machacón de alguien que no descansa frente a las injusticias?
—Peor.
—¿Qué puede ser peor que que te acusen de ser un pesado insoportable?
—Que Delilah Williams quiera que te eliminen de cuajo de la ecuación. Y que hable con la directora de la película para animarla a hacerlo.
Mi amigo se llevó la mano al pecho y tosió un par de veces antes de poder contemplarme de nuevo.
—¿Delilah Williams? —preguntó alucinado—. ¿Rubia, irresistible y una de las tías más deseadas del planeta? ¿Esa Delilah? ¿Esa con la que te acojonaba trabajar porque según tú era una de las...?
—Sí, esa misma.
Nos miramos un momento a los ojos, disfrutando de nuestra cerveza fría en silencio. Aquello era bochornoso. Me había pasado toda la tarde trabajando en las partes del guion que aún no tenía memorizadas, pero mi mente siempre se las apañaba para rememorar, una y otra vez, aquella frase.
«No sé si es el adecuado para un proyecto así de grande».
—Ronan —me llamó Finn para que volviera a la conversación.
—¿Qué?
—Eres la persona más talentosa que conozco, tío —anunció, haciendo desaparecer esa sonrisa eterna—. Sé lo que has luchado por estar aquí, sé todo el sacrificio que hay detrás y sé que todo pasa por algo. Esto es para ti.
—¿Y si no es suficiente?
—Lo vas a hacer bien, confía en ti. —Finn soltó la pinta, se acercó y me puso la mano en la nuca. Aproximó su frente a la mía—. Y si no sale bien tan solo tienes que volver; Erin y yo te estaremos esperando.
Por estúpido que pareciese, aquellas palabras me quitaron un peso enorme de encima. Me aterraba no estar a la altura, pero esperaba que aquella película no fuera la única oportunidad que se me presentara por el camino.
—Gracias por venir hasta aquí. Sé que Dublín no está cerca precisamente, así que te lo agradezco, tío.
—Tienes suerte de que Erin me diera el día libre en el pub sin rechistar. Todo para hacer feliz a su camarero favorito —alzó las cejas, sonriendo—, que, por supuesto, no soy yo, sino tú. Por si todavía no te había quedado claro.
—Lo sé.
—Y también quiero que sepas que eres mucho mejor actor que camarero, y eso que eres un camarero increíble. Eso te tiene que llenar de confianza, ¿no?
Negué con la cabeza sin poder evitar reírme de su ocurrencia. Fue entonces cuando comprendí que aquel era un espacio seguro para desahogarme. Tal vez el único que tenía.
—Quiero hacerlo bien. Necesito sentir que me merezco esto —murmuré fijando la mirada en mi mano, que tenía apoyada en la mesa.
—Que nadie te haga pensar nunca que no te mereces algo. Ni siquiera esa tal Delilah.
Justo en ese momento, mi móvil vibró. Era un mensaje de Eliza. Y me citaba para una reunión urgente en media hora.