Un amor inventado 7. SUMERGIR LA CABEZA
6%

7. SUMERGIR LA CABEZA

SUMERGIR LA CABEZA

Delilah

Imaginé que estaba en una playa de los Hamptons, a lomos de Hepburn y frente a un atardecer del color del fuego.

Y entonces tuve que sacar la cabeza del agua cuando me faltó el oxígeno.

Abrí los ojos y observé mi alrededor. La estancia era enorme, como solo podían serlo los baños de las mejores suites de los hoteles.

Pero me sentía más fuera de lugar que nunca, rodeada de aquella decoración que parecía sacada de otra época y de esa luz gris que se colaba por las ventanas.

Una hora atrás, me había sumergido en una bañera de agua caliente después de un larguísimo día de trabajo.

Esas jornadas previas eran tan agotadoras como el rodaje en sí.

Mis músculos me lo agradecieron al instante.

Pero ya había pasado más de una hora, el agua estaba tibia y sentía un hueco en el pecho que no se cerraba.

La falta de ritmo me estaba pasando factura, pues llevaba más de un año sin participar en ningún proyecto.

Sin actuar. Habían sido varias las circunstancias que me habían conducido hasta esa situación.

Lo primero había sido aceptar aquella película alternativa y alejada de los papeles que normalmente mi madre me aconsejaba interpretar.

Lo que nadie sabía era que, en realidad, lo había hecho por mera supervivencia.

Después, llegaron las críticas. Cuando la niña dorada de Hollywood se salió del camino que habían trazado para ella, su vida dio un vuelco.

Todo el amor se convirtió en un odio desmedido.

Y mi interpretación de aquel personaje desvergonzado que enseñaba mucha más piel de la que era aceptable fue recibida por la mayor parte del público como una ofensa personal.

Después la película fracasó, porque lo cierto era que no era tan buena.

Pero toda la culpa recayó en mí, en su protagonista, en la actriz de Hollywood que se había vuelto loca aceptando hacerla.

Que había mostrado una cara diferente. La opinión mediática me había obligado a recular y a mantenerme fuera del ojo público para no perder los últimos vestigios que quedaban de mi reputación.

Y, al final, los días fueron pasando, y las semanas, y los meses...

Hasta que Alan Jones llegó y me agarré a él como si fuera un salvador enviado por el mismísimo Dios.

Me enamoré, y en cierto sentido ese fue el paréntesis que necesitaba.

Un año después, Eliza Grey apareció en mi vida con su guion y su Catherine Earnshaw bajo el brazo para despertar de nuevo mi motivación y rescatarme del lugar oscuro en el que me encontraba.

Así que acepté, sin pensármelo, deseando regresar y hacer frente a todas las humillaciones que había sufrido. No quería que ellos ganaran.

Muchas cosas en mi vida habían acabado. Había otras con las que ni siquiera me atrevía a soñar.

Pero algo era seguro. Yo era actriz. Siempre lo iba a ser.

Había dado mi vida por esa profesión, y yo no existía sin ella.

La interpretación estaba cosida a mi piel con un hilo indestructible, y la amaba a mi manera.

Así que solo me quedó confiar en Eliza y en su película, y saltar al vacío.

Sin embargo, aceptar participar en Heights también había supuesto perder a Alan. En las últimas horas, lo había llamado ocho veces y, todas ellas, me había saltado el contestador. Así que, de nuevo, estiré el brazo por encima de la bañera para alcanzar el móvil y marcar su número.

Un tono.

Dos tonos.

Y, otra vez, el buzón de voz.

Sabía que aquello no tenía nada que ver con la diferencia horaria que nos separaba.

Y sí con esa última discusión en la que me prometió que, si salía de su apartamento y me subía a ese avión, las cosas iban a cambiar.

Pensé que quizá él podría haberme acompañado, como había hecho yo con él en el último año en algunas de sus interminables giras.

Pero esa posibilidad ni siquiera se había contemplado.

Mi abuela siempre me había repetido que un hombre jamás debe hacerte renunciar a nada, que esa era la máxima señal de alarma en una relación, por lo que decidí con cierto orgullo montarme en ese avión.

Pero ella no me había hablado de la tristeza que acarreaban ese tipo de decisiones.

Y comenzaba a pensar que quizá me había equivocado.

Porque estaba en un hotel en York, al norte de Inglaterra, a punto de comenzar un proyecto ilusionante, pero también agotador, con el compañero de reparto más fastidioso con el que me había cruzado nunca.

Encajábamos, sí. En el sentido estético y profesional del término.

Pero no conectábamos. Éramos diferentes, veníamos de lugares muy distintos y ninguno parecía estar dispuesto a hacer nada por remediarlo.

Y ahora necesitaba a Alan para distraerme, para que me hablara de la próxima canción que iba a publicar, de la próxima fiesta a la que iba a asistir.

Pero él no contestaba, y ese hueco en mi pecho cada vez se abría un poco más.

En ese momento, solo era una chica triste que sumergía la cabeza en bañeras ajenas para sentirse viva.

Jane entró por la puerta y captó toda mi atención.

Era mi asistente personal, la sombra que me acompañaba sin descanso desde hacía cinco años.

Cuando la mente me jugaba malas pasadas, pensaba que quizá no estaba tan sola como creía solo por el hecho de que Jane siguiera a mi lado como una fiel compañera.

Me había demostrado en más de una ocasión que no solo era una excelente asistente, sino que también era mi única amiga verdadera.

—¿Han traído por fin las cerezas? —pregunté sentándome dentro de la bañera y posando la barbilla sobre una rodilla.

—Nada de cerezas, dicen que aún no es temporada...

Enarqué una ceja.

—Pues diles que las busquen donde sea. Puedo pagar lo que pidan.

—Ya se lo he dicho.

—¿Y?

—Se han puesto a ello, pero te advierto de que el ritmo de aquí es bastante diferente al de Nueva York, para que no te hagas ilusiones y creas que vas a tenerlas para desayunar, ¿vale?

Solté una carcajada porque tenía toda la razón.

En realidad, no necesitaba cerezas. Me encantaban, pero podía vivir sin ellas.

Aunque los rumores decían lo contrario, nunca había sido una de esas actrices déspotas que pedían todo tipo de excentricidades para sus hoteles y camerinos.

Pero sí que era supersticiosa, y mis mejores proyectos siempre habían sido aquellos en los que había comido cerezas en los descansos.

O cuando llegaba al hotel por la noche. O en aquellos caterings que las incluían para el desayuno.

Jane se acercó y se quedó de pie frente a la bañera. De pronto, noté un cambio en su mirada.

—Tu madre ha vuelto a llamar —soltó sin vacilar.

Las ganas de meter la cabeza debajo del agua me invadieron de nuevo.

—¿Qué quiere?

—Lo de siempre. Que le contestes al teléfono; se ha enterado de que vas a rodar la película por la prensa.

—Ella ya no es mi representante, ni tampoco está en mi equipo.

Alcé la cabeza y alcancé a ver cómo la compasión teñía las facciones de Jane. No. No quería eso, la lástima de quien conocía la verdad. No quería ser una chica triste, sola y también humillada .

Me estiré, preparándome para sumergirme en el agua otra vez, pero, justo en ese momento, mi móvil emitió un sonido. Y, un segundo después, el de Jane también. Alcancé el teléfono con la esperanza de que fuera Alan, pero resultó ser un mensaje de Eliza.

—Parece que ha solicitado una reunión de última hora —me informó mi amiga mientras se dirigía a la puerta—. Te espero fuera dentro de quince minutos.

Por fin a solas, hundí la cabeza en la bañera. Tan solo necesitaba un minuto más sin ser consciente de mi vida.