6. NO SÉ SI ES EL ADECUADO
NO SÉ SI ES EL ADECUADO
Ronan
Llevaba un par de horas en un camerino enorme, frente a un espejo con los bordes repletos de notas y fotografías con los conjuntos que habíamos elegido, cuando el séquito de Delilah Williams cruzó la puerta y arrasó con todo.
Lizzie, mi asistente de vestuario, y yo despegamos la vista de la camisa de manga abullonada que en ese momento me estaba probando, y solo pudimos observar la escena con la boca abierta.
La estrella estaba rodeada por varias personas que sujetaban walkie-talkies por los que susurraban palabras que no llegábamos a oír.
Pero alguien destacaba por encima de todos ellos: una mujer alta vestida completamente de negro, elegante, con la melena lisa como la seda y los ojos rasgados, que se movía por la habitación como si esta le perteneciera, a medida que inspeccionaba cada elemento con el que se cruzaba.
A Delilah apenas se la veía, rodeada como estaba por todas esas personas que, como auténticas hienas, le hablaban y exigían respuestas de manera ininterrumpida.
—¿Quién es toda esta gente? —logré decir por fin abrochándome el último botón.
—Su equipo de estilismo al completo.
—¿Por qué son tantos?
—Porque es Delilah Williams —contestó Lizzie como si aquella respuesta lo aclarase todo.
Y tal vez lo hiciera. Ensimismado como estaba contemplando aquel circo mientras la ayudante de vestuario me sacaba fotos, no me percaté de que alguien se paraba a mi lado. Era la líder de la manada: hombros rectos y barbilla alzada. Todo en ella gritaba que me estaba perdonando la vida.
—¿Nos despejáis el espejo? —gruñó.
Observé en silencio cómo el rostro de Lizzie palidecía.
—Eh... —La chica no sabía qué demonios contestar, y me sentí mal por ella al instante—. Nos dijeron que este espejo le corresponde a Ronan y ese de allí, el más grande, a la señorita Williams.
—Necesitamos los dos, a poder ser dentro de un minuto. Gracias.
La mujer no dio tiempo a réplica y se dirigió al corro de individuos que no hacían más que levitar alrededor de la actriz. Levanté una ceja cuando me percaté de que Lizzie, que llevaba toda la tarde trabajando en mis estilismos, empezaba a despejar fotografías del espejo que teníamos delante.
—¿Qué estás haciendo, Lizzie? No vamos a movernos.
—No pasa nada, Ronan. Nos darán otra sala y lo colocaré todo de nuevo allí. En realidad, hemos avanzado mucho hoy.
Su sonrisa resignada me hizo saber que ni de lejos estaba tan indignada como yo.
—Este es mi día a día —explicó.
Me negaba a dejar las cosas así. Por eso mis piernas empezaron a caminar directamente hacia la boca del lobo.
—Perdona —me disculpé a la nada mientras sorteaba cuerpos para llegar a mi objetivo—. ¿Cómo te llamas?
La mujer de mirada gélida me observó de arriba abajo antes de decir:
—¿Te refieres a mí?
—Sí.
La habitación enmudeció de repente y ladeé la cabeza para observar de reojo a una Lizzie que se estaba tapando la boca de la impresión.
—¿Tú sabes quién soy yo?
Si yo no hubiera sido un chico que se había criado en la calle, su tono pasivo-agresivo me habría intimidado.
—¿Alguien que es incapaz de respetar el trabajo de los demás?
Un tenso silencio inundó la habitación y la mujer dio un paso hacia delante. Luego otro. Hasta que estuvo frente a mí.
—Soy Georgia De Luca. Puedes buscarme en Google y aprender algo más sobre este mundo.
—Tengo mejores cosas que hacer.
—Que alguien le explique a este novato cómo funcionan las cosas conmigo, por favor —levantó la voz dirigiéndose a toda su troupe .
Estaba punto de mandarla a la mierda cuando una mirada clara, casi transparente, se cruzó en mi dirección.
Delilah estaba observando toda la escena a través del reflejo de su espejo y sus ojos asustados me suplicaron que cerrara la boca.
Que diera media vuelta y acatara las normas.
Le sostuve aquella mirada hasta que una mano se cerró sobre mi muñeca y me obligó a retirarme de allí. Era Lizzie.
Unas horas más tarde, volví en busca de mi mochila, la había dejado olvidada en la sala. Justo cuando estaba a punto de entrar, escuché unas voces que me dejaron clavado en mi sitio. Reconocí, de inmediato, la voz de Eliza y agudicé el oído detrás de la puerta entornada.
—Confía en mí —pedía ella—. Si no os hubiera visto esta misma mañana juntos... Quizá... No, tampoco entonces. Ronan O’Connell tiene un talento innato y un futuro prometedor, y necesito que estemos en el mismo barco en esta película.
—No sé si es el adecuado para un proyecto así de grande —escuché responder a Delilah.
Y sentí un mazazo en el pecho—. Hemos coincidido dos veces y las dos ha causado problemas.
Se comporta como un crío, me mira con recelo, me rehúye cuando entro donde él está.
Creo que no entiende muy bien cómo funciona este mundo.
—Es normal..., teniendo en cuenta que nunca ha estado en un proyecto de este tipo.
—Eliza, se ha pasado toda la tarde fulminando con la mirada a Georgia De Luca porque le ha pedido que le despejara un espejo para nuestras cosas.
Es evidente que tiene un problema con las jerarquías.
Y esto va de actuar, sí, pero también entran en juego otras cosas, ¿no?
En fin..., creo que deberíamos atajar el problema de raíz.
Mi respiración se había acelerado y sabía que tenía que salir de allí cuanto antes. Porque era probable que, si escuchaba otro ataque más hacia mi trabajo, se me iba a pirar la cabeza sin remedio alguno.
—Delilah, Ronan es perfecto para el papel, estoy convencida. Al igual que lo estoy contigo. Y me fío de su forma de actuar. Al cien por cien.
Delilah Williams no confiaba en mí como actor.
Ella no me había visto trabajar y ya me había condenado. Intentaba arrebatarme la oportunidad por la que tanto había luchado. Yo necesitaba ese papel porque era mi billete a una vida con la que soñaba, y porque amaba ese guion, pero sobre todo porque la actuación me había salvado.
Y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por meterme en la piel de Heathcliff.
Seguía perdido en mis divagaciones rabiosas cuando la puerta se abrió por completo y apareció ella, con el cansancio reflejado en los ojos y el pelo tan brillante como siempre.
Levantando la cabeza con cierto orgullo, la encaré, porque a partir de ese momento no iba a volver a huir jamás.
Me dije que, si quería que aquello funcionase, tenía que mandar bien lejos mi complejo de inferioridad.
Delilah se sorprendió al comprender que yo había estado escuchando la conversación, pero no bajó la cabeza. Me miró, de nuevo desafiante, esperando a que yo dijera algo. Y le di el gusto. Por supuesto que sí.
—Si tienes algún problema conmigo, me lo puedes decir a la cara.
Di media vuelta y desaparecí por el pasillo con el corazón latiéndome en las sienes y dispuesto a entregar todo lo que tenía.