Un amor inventado 5. EL LAZO BLANCO
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5. EL LAZO BLANCO

EL LAZO BLANCO

Delilah

Era evidente que encajábamos. Al menos si hablábamos de lo que se transmitía a través de la pantalla.

Una chica con el pelo dorado rodeando un rostro de piel clara como la viva imagen de la inocencia, al lado de un chico con mechones negros cayéndole por la frente, unos aros pequeños adornando sus orejas y unos marcados rasgos repletos de oscuridad.

Y, entre nosotros, una intensa mirada que nos conectaba, que nos hacía existir por y para el otro, mientras caminábamos de manera improvisada por esa sala vacía y desprovista de calidez.

Todo era neutro para que así destacáramos mucho más, había comentado Eliza al llegar.

Los contrastes eran bellos. Gran parte de la armonía de la vida se sustentaba en ellos.

Un tigre en la nieve tendido ante una presa, desgarrando su carne ensangrentada y caliente para alimentarse.

O ese gorrión diminuto que se posaba en la azotea de un gran edificio.

La vida estaba repleta de antítesis. Y la cámara también amaba aquellas diferencias acentuadas que presentábamos Ronan y yo.

Un rato antes, cuando él había entrado en la sala, me había desestabilizado comprobar que llegaba con su personaje sobre los hombros.

No conocía a Ronan, pero sabía que probablemente Heathcliff fruncía el ceño constantemente y evitaba mirar a la gente a los ojos.

Los estiramientos que había comenzado a ejecutar poco después fueron la prueba definitiva de que Ronan era uno de esos actores de método que tenían que crear un ambiente y un estado corporal y mental concretos para poder desarrollar su trabajo.

Exactamente todo lo contrario a lo que yo era: una actriz intuitiva que se mimetizaba con el personaje tan solo un momento antes de que gritaran «acción» dentro de un set.

Eliza nos perseguía por toda la habitación con su cámara en la mano.

Buscándonos, dejándonos existir por primera vez juntos, observando con atención toda nuestra dinámica en silencio, mandando directamente la señal de aquellas imágenes a una pantalla anclada a una de las paredes, adonde yo dirigía la mirada ocasionalmente.

De nuevo, había estado en aquella misma situación miles de veces.

Las pruebas de cámara eran rutinas que el director llevaba a cabo semanas antes del rodaje para ver, entre muchas otras cosas, cuál era la imagen que los actores proyectaban a través del objetivo.

El problema era que, en esta ocasión, me sentía más expuesta que nunca, deambulando por una intensidad que nada tenía que envidiar a los días de rodaje... Y todo se debía a él.

Desde el principio habíamos iniciado un juego en el que el gato perseguía al ratón, por lo que yo danzaba con paso indeciso mientras que Ronan se limitaba a pisarme los talones y a obstaculizar con su propio cuerpo mis movimientos.

Hasta que me vi encajada entre su pecho y la pared, y no pude hacer nada más que subir la cabeza para encontrarme con su férrea mirada.

Comprobé que él estaba entregado al personaje cuando observé la potencia con la que me recorría el rostro, el aire enrareciéndose a nuestro alrededor.

Era como un lobo después de la medianoche.

Y noté cómo Eliza tomaba posiciones a nuestro alrededor para capturar un detalladísimo primer plano de aquello.

Fue ahí cuando lo miré a los ojos por primera vez.

Y no eran del todo negros, sino de un tono muy oscuro que tenía cierta similitud con las aguas turbias de un pantano.

Quizá verde, quizá marrón, tal vez un gris gastado y poco definido.

El cuerpo se me tensó cuando lo observé levantar una mano frente a mí con suavidad, para luego retroceder un poco ante la mirada de advertencia que le dediqué.

—Cathy... —susurró acercándose aún más y acorralándome contra la pared.

Ahí estaba la gran evidencia de que había decidido tomarse aquella prueba como algo más. Estaba sintiendo a su personaje, y yo también, hipnotizada por aquel Heathcliff salvaje. La respiración de Eliza apenas era un murmullo lejano entre el silencio espeso que nos rodeaba.

—No quiero que me toques —solté yo a media voz sin dejar de mirarlo.

—Está bien. —Ladeó la cabeza—. Pero creo que me gustas más con el pelo suelto.

Y entonces Ronan hizo lo único que podía sacarme de aquel trance por el que levitábamos.

Alzó su mano de nuevo, pasó a un lado de mi mejilla y cerró dos dedos en torno al lazo que me recogía el cabello.

Tiró de él y liberó aquella capa de mechones.

Ante su sonrisa triunfal, alcé el mentón amenazante y le lancé una advertencia.

¿Quería ver a su Cathy? Casualidad que era su día de suerte.

—No vuelvas a hacer eso. Nunca más —grazné.

Cerré la mano sobre su muñeca y le arranqué el lazo de los dedos.

Aquel accesorio de seda blanca era lo único que me quedaba de mi padre.

Un regalo que me llevaba a una infancia cada vez más lejana y borrosa.

Y siempre, siempre, me recogía el pelo con él el primer día de trabajo en un proyecto, como si se tratara de un talismán.

No soportaba que nadie tocara aquel tesoro irremplazable y no iba a explicarle por qué.

No iba a mostrarme vulnerable frente a alguien que me había tratado como él lo hizo en la lectura de guion.

La tensión se volvió tan insoportable entre nosotros que Eliza no tardó en intervenir:

—Y ahí está Catherine —celebró al tiempo que bajaba la cámara y permanecía a nuestro lado—.

Muy bien, chicos, genial. A ver..., es evidente que tenemos que trabajar la confianza.

Vuestros personajes chocan de muchas maneras.

A veces se odian, otras se quieren... Pero hay algo que nunca cambia entre ellos, y eso es la confianza que se profesan.

Y esa confianza irrompible tiene que traspasar la pantalla porque, precisamente, es el foco principal en esta película.

—Estoy convencida de que lo haremos —me atreví a decir, porque de algún modo sentía que había sido yo la que había estado insegura todo el tiempo—. Esto es solo una prueba de cámara.

—Exacto —convino Eliza dedicándome una cálida sonrisa—. Ya tengo todo lo que necesitaba, así que podéis seguir con vuestra agenda. En la sala de vestuario os esperan desde hace un rato.

—Bien —soltó Ronan recogiendo la mochila que había dejado olvidada en una esquina—. Muchas gracias.

Lo observé caminar sin ningún tipo de vacilación hacia la puerta y lo seguí. Fuera, todo el mundo estaba pendiente de mí. La rueda empezaba a girar de nuevo.

—Delilah. Ronan —nos llamó Eliza antes de que cruzáramos el umbral—. Sois algo increíble juntos. Pura dinamita. Sois la Catherine y el Heathcliff con los que siempre he soñado y confío plenamente en vosotros.