4. EL DÍA QUE CONOCÍ A LA GRAN DELILAH WILLIAMS
EL DÍA QUE CONOCÍ A LA GRAN DELILAH WILLIAMS
Ronan
No recuerdo qué era lo que esperaba de Delilah Williams. Pero no imaginaba que llegaría el día en que, al entrar en una cafetería de un Londres gris y acuoso, algo me dejara sin palabras.
No imaginaba que toda ella, tan fuera de lugar y directamente aterrizada de Nueva York, afectara tanto a la belleza de aquel local.
Era una escultura preciosa en medio de un lugar terrenal, esa canción con forma de embrujo que te arrastraba hasta un limbo en el que quedabas atrapado para siempre.
No imaginaba que no fuera amable. ¿Cómo no iba a ser encantador un rostro como ese? Ondas del color del trigo rodeando el rostro más clásico y simétrico que yo había tenido el placer de observar. Me sabía todas sus sonrisas de memoria, y no me dedicó ninguna.
Ese primer día comprendí que se trataba de una criatura mitológica.
No solo porque la había visto a través de la televisión todos esos años atrás, sino porque en ese momento, frente a mí, dándole un sorbo a su café con un movimiento condenadamente elegante, la encontraba mucho más inalcanzable que cuando solo se componía de miles de fotogramas animados.
Durante toda mi vida, Delilah Williams había sido una fantasía en mi austera realidad.
Por ese motivo, no esperaba que la fuera a odiar a primera vista con una pulsión incontrolable.
Pero eso fue justo lo pasó, porque con cada gesto, con cada palabra que soltaba, lograba constatar la gran diferencia que nos unía.
Y yo no era inmune a sus aires de superioridad ni a las miradas altivas que tenía el placer de regalarme.
Tampoco imaginaba que la aguamarina de sus ojos me arrastraría hacia un lugar desconocido para mí. Pero lo hizo. Y ya no logré salir de allí jamás.