Un amor inventado 3. EL DÍA QUE CONOCÍ A RONAN O’CONNELL
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3. EL DÍA QUE CONOCÍ A RONAN O’CONNELL

EL DÍA QUE CONOCÍ A RONAN O’CONNELL

Delilah

Llovía a cántaros en Londres.

Los clientes dispersos alrededor de las mesas de la cafetería me dedicaban miradas furtivas mientras yo me aferraba a mis auriculares rogando porque nadie se acercara a pedirme un autógrafo.

Una luz gris y tenue envolvía el ambiente por la poca claridad que se colaba por las ventanas, y el día transcurría en un blanco y negro sobrio y elegante.

Mi atención estaba puesta en la puerta cuando apareció.

Y, como si se tratase de una señal divina, la lista de música aleatoria cambió de canción.

Ronan O’Connell caminó a mi encuentro al ritmo de Music to Watch Boys To .

Lo primero que sentí fue la fuerza de su magnetismo y la manera en que su presencia atraía la atención de los comensales.

Un andar valiente.

Una chaqueta vaquera.

Anillos de plata cubriendo varios de sus dedos.

Y el cabello oscuro completamente empapado.

Un latido de corazón después, lo tuve enfrente.

Me dedicó su primera y última sonrisa, algo tan bello y cohibido que me recordó a la delicadeza de una pluma movida por el viento.

A partir de entonces todas sus miradas fueron evasivas.

Cuando arrastró la silla y tomó asiento, todo su ser me golpeó.

Incluso pude oír el sonido que precedía a una rotura. Un crac ahogado.

Apestaba a calle, a lujuria, a peligro. A alguien que no sigue las reglas y que ha creado una patria de su propia soledad.

Y, por aquel entonces, yo huía de chicos como él.