Un amor inventado 2. EL ODIO DE CATHERINE EARNSHAW
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2. EL ODIO DE CATHERINE EARNSHAW

EL ODIO DE CATHERINE EARNSHAW

Ronan

Desde que había entrado en la sala, su presencia me oprimía el pecho.

Sentía que mi cuerpo contenía un remolino de nervios que era incapaz de dominar.

Estaba ante la gran oportunidad de mi vida.

Este equipo. Esta película. Esta directora.

Y, en última instancia, esta compañera de reparto.

Me sentía intimidado por ella y, debido a eso, intentaba buscar un resquicio de alivio.

Pensaba que Delilah Williams era una de las mejores actrices de su generación.

Por supuesto que sí. Había estado nominada a un óscar con tan solo once años, y su carrera había sido estelar.

Pero no podía evitar preguntarme si era la indicada para interpretar a Catherine Earnshaw.

Si Delilah era una chica old money que veraneaba en su mansión familiar de los Hamptons, Catherine retozaba en el fango de su establo.

Delilah era una americana de pura cepa, Catherine había nacido cosida a las raíces británicas.

Delilah era la sonrisa más radiante de Hollywood, Catherine rara vez sonreía a lo largo de la historia...

Al empezar la lectura, se abrió ante mí un grandioso mecanismo de escape.

Concentrarme en mi trabajo, sumergirme en ese guion y transitar por la atmósfera de ese libro que no hacía mucho tiempo me había ayudado a abstraerme de mi propia realidad me hizo por fin respirar.

Nada más sentir el peso de su mirada en mi mejilla ya no pude apartar los ojos de aquellas hojas.

A medida que pasaban los minutos, me adentré por completo en la trama y me mimeticé tanto con mi personaje que, cuando llegamos a una de mis partes favoritas, la cagué.

En ese contexto de presión y exposición en el que me encontraba, la gran no declaración de matrimonio de Cathy en la que degradaba a Heathcliff me caló de un modo distinto.

Y solo me concentré en escuchar su siguiente diálogo.

—Quiero engañarme a mí misma y pensar que Heathcliff no tiene ni idea de estas cosas. ¿Verdad que no sabrá lo que es estar enamorado?

Juro que intenté tragarme la carcajada socarrona que se fraguó dentro de mí, pero fracasé, se me escapó un resoplido por la nariz. Menos de un segundo después, todas las cabezas de la sala apuntaron en mi dirección y el silencio se vio sustituido por un murmullo de fondo.

—Perdona, ¿pasa algo? —El tono de Delilah fue mucho más beligerante que mi gruñido.

—Eh..., no —logré decir mientras levantaba la cabeza para encontrarme con su simétrico rostro. Tenía un ojo cubierto por una de sus ondas de cabello dorado—. Solo que... es tan evidente que lo odia...

—Ella no lo odia.

—Ah, ¿no?

—Quizá un poco, pero por todo lo que le hace sentir. Culpa a Heathcliff por esas emociones intensas e incontrolables.

Indignado, me moví en mi silla y orienté todo mi cuerpo hacia ella; ahora nos mirábamos de frente. Más cerca que antes. Y, cuando respiré, me choqué con el suave olor a canela que desprendía su cuello.

—Ella lo odia por ser inferior, tan inferior que ni siquiera puede brindarle la vida que cree que merece —repliqué con el ceño arrugado.

La sala enmudeció de nuevo, atentos todos a nuestra pequeña disputa.

—Chicos —quiso mediar Eliza—, lo cierto es que las dos interpretaciones son válidas. Por eso esta historia es tan interesante. Y eso es lo bonito de este guion, las partes que claramente se dejan abiertas...

—Pero hay cosas que están claras dentro de la novela —solté—. El odio que arrastra a Catherine es una de ellas. La obra de Emily Brontë merece ser pensada y reflexionada, para eso está escrita.

De pronto, observé cómo la expresión de Delilah cambiaba. Un mínimo movimiento de la comisura de su boca, un leve surco de su garganta al tragar. Y mis ojos se achicaron para inspeccionarla mejor.

—¿No has leído Cumbres Borrascosas ? —pregunté.

—No.

—¿En serio?

—Sí.

Debí cerrar la boca, pero su manera de desafiarme hizo que perdiera el control.

—Creo que puedes tener un problema si no sabes nada más del personaje que lo que pone en el guion.

—¿Por qué no te centras en tus propios asuntos?

—¡Eh! ¡Chicos! —nos llamó Eliza—. ¿Podemos continuar? Estamos en el camino correcto, todos perfectamente alineados y, aunque no lo creáis, estas pequeñas discrepancias son tan necesarias para llegar al lugar donde quiero que estéis que me detendría más en ellas, pero este no es el momento.

De nuevo, aquel intenso sentimiento de inferioridad se me atrancó en el puto esternón. Por eso al final murmuré más para mí que para ella:

—Pues buena suerte, Delilah.

Me arrepentí nada más decirlo. ¿Quién era yo para hablarle de ese modo?

—No necesito suerte, Ronan. Todo lo que necesito está en este guion.

Su respuesta fue tan soberbia que caí preso de la perplejidad durante el resto de la lectura. No podía entender que se creyera tan brillante como para presentarse allí sin haber leído la novela en la que se basaba la película.

Cuando por fin llegamos a la última página, lo único que atisbé con claridad fue la sonrisa ladeada de Eliza mientras paseaba su mirada entre mi compañera de reparto y yo. Al igual que había hecho la primera vez que nos vio juntos en aquella cafetería.